domingo, 14 de mayo de 2017

LOS CÍNICOS NO SIRVEN PARA ESTE OFICIO, RYSZARD KAPUSCINSKI


Los libros están por todas partes, nos persiguen con la paciencia de una trampa dormida, aguardan nuestra llegada con la seguridad de una amante consciente de su belleza y sus secretos, y anidan en cualquier lugar atravesando mágicos portales de tiempo y espacio. Los libros están por todas partes, ocultando celosos nuestro destino.

Buscando la Edad Media, sus castillos, los crímenes y traiciones reales y la feroz servidumbre al señorío y al poder de la cruz, cabalgamos desde Valladolid hasta Urueña. Entramos en la villa fortificada por la puerta sur, no sin antes descansar bajo la cruz de la ermita de la Anunciada, ejemplo del románico lombardo y de la imposible atadura del arte en el espacio y en el tiempo, sin cadenas que lo retengan ni muros posibles que lo aislen: hoy para entender dónde vamos no hace falta fijarse en la política, sino en el arte el que, con gran anticipación y claridad ha indicado qué rumbo estaba tomando el mundo y las grandes transformaciones que se preparaban. Es más útil entrar en un museo que hablar con cien políticos profesionales. Como el arte postmoderno nos enseña, quizá podríamos darnos cuenta de que hay espacio para todos y que nadie tiene más derecho de ciudadanía que los demás.

Entramos a Urueña por la puerta de la villa, que se alimenta del viento norte, buscando ese tiempo medieval, oscuro, de clases y estamentos injustos, que en el presente se oculta entre murallas dormidas, torreones, saeteras y rastrillos; sabiendo que ni la pobreza ni la opresión pertenecen al orden natural de las cosas, pero nada más entrar comprobamos que las palabras, que circulan libremente, palabras clandestinas, rebeldes, palabras que no van vestidas de uniforme de gala, desprovistas del sello oficial, terror de los tiranos, instrumento de revuelta y de lucha contra las cuales las armas del poder se revelan de repente completamente ineficaces, esas palabras, en Urueña, estaban pintadas en las paredes de sus casas, y en los libros que se asomaban vivos y eficaces por todas las librerías que respiraban conciencia y palabra en cada calle de Urueña.

Como las palabras estaban por todas partes, más vivas que las piedras, decidimos, antes de viajar a la Edad Media atravesando fuertes y fronteras, entrar en las librerías que emboscadas entre las paredes de mampostería de las viejas casas, de trecho en trecho y en silencio, enseñaban discretamente algunos de sus brillos, de repente observé que la Primera Página me estaba esperando. Primera Página es una librería especializada en Periodismo, con dos pasillos muy estrechos llenos de libros que te asediaban sin tregua. Anduve hojeando esa clase de libros que saltan de las estanterías a las manos, sin consideración ni pausa, hasta que me tropecé, sobre una vieja máquina de escribir, con un antiguo conocido de mis viajes por África y por Oriente Medio, Ryszard Kapucinski, ese periodista incómodo que sabe que no hay periodismo posible al margen de la relación con otros seres humanos, y que para ejercer el periodismo hay que ser un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos, la única forma de comprender a los demás.

Cuando veo un libro de Kapucinski, es tal la tentación de leerlo que no puedo evitar hacerme con él, así que lo compré. Al fondo, escribiendo sobre una mesa, la dueña de la librería me atendió. Al cobrármelo, me dio como propina la pequeña historia de todos aquellos libros: sí, yo soy periodista, soy de Bilbao y mi marido y yo decidimos venirnos aquí a montar esta librería; hacemos también el periódico, escribimos, todo alrededor del libro y del periodismo. El periodismo..., pienso, y releo a Kapucinski: En la segunda mitad del siglo XX en estos últimos años, tras el fin de la guerra fría, con la revolución de la electrónica y la comunicación, el mundo de los negocios descubre de repente que la verdad no es importante, y que ni siquiera la lucha política es importante: que lo que cuenta en la información es el espectáculo. Y una vez que hemos creado la información espectáculo, podemos vender esta información en cualquier parte. Cuanto más espectacular es la información, más dinero podemos ganar con ella. Tal vez el verdadero periodismo viva tras las murallas de Urueña.

Seguimos andando y descubrimos más librerías, tantas, que creímos que la Biblioteca de Alejandría no fue incendiada tras la conquista de César sino que ligeras naves Tartessas de velas triangulares que ceñían los vientos por ambos costados trajeron todos sus volúmenes hasta las costas gaditanas y lentos carros tirados por bueyes los pusieron a buen recaudo en la meseta. En algunas librerías podías leer como si estuvieras en tu casa; en otras soñabas con afrutados vinos y manjares; en otras te sumergías en el juego de la caligrafía y de sus mágicas formas que renacerá cuando volvamos a abrazar la paleografía y sus secretos; en otras soñabas y soñabas; sabiendo que también se escribe por razones éticas: sobre todo porque los pobres suelen ser silenciosos. La pobreza no llora. La pobreza no tiene voz. La pobreza sufre, pero sufre en silencio. encontraréis situaciones de rebeldía sólo cuando la gente pobre alberga alguna esperanza. Entonces se rebela. Pero el componente de la esperanza es fundamental para que la gente reaccione. En las situaciones de pobreza perenne, la característica principal es la falta de esperanza. Si eres un pobre agricultor en un pueblo perdido de la India, para ti no hay esperanza. La gente lo sabe perfectamente. Lo sabe desde tiempos inmemoriales.

Seguimos andando y visitando las librerías, como si fueran nuestra casa, leyendo en sus ventanas y en sus paredes; de las que brotaban palabras e historias; que para eso se descubrió la piedra, el papiro, el pergamino, el papel o el ordenador para llenarlos de palabras y de vida; tal como encontramos las librerías de Urueña: Primera Página, Páramo, El Rincón del Ábrego, La Boutique del Cuento, Alcaraván, Efímeros Pluscuam(Im)perfectos, Alcuino Caligrafía & Arte, El Grifilm, Librería Enoteca Museo del Vino, Más Libros & Libros, TF Librería y el Taller de Encuadernación, llenas de palabras y de vida; y de murallas y de Edad Media y de sueños, que de eso están cubiertos y llenos los libros.










domingo, 7 de mayo de 2017

LA BUENA TIERRA, PEARL S. BUCK

El anciano dejó que sus escasas lágrimas se le secaran en las mejillas, donde dejaron unas manchitas saladas. Y luego se bajó, y cogiendo un puñado de tierra la retuvo en la mano.

He sido un turista accidental en muchos lugares, y en esas ocasiones siempre tuve la sensación de que nunca llegué a poner un pie en aquel sitio; pero a otros lugares he viajado con el corazón que es la única forma verdadera de viajar. Ese destino, siempre incapaz de prever el futuro y que mueve sin responsabilidad los hilos de las personas, me llevó a China, uniendo con un invisible hilo rojo mi vida a una tierra desconocida y lejana por donde el sol decide cada mañana nacer.

Cuando se acercaba la fecha de mi viaje a China, y como suelo hacer, me agencié unos libros que hablaran de aquel país de ese lejano Oriente, que los latinos derivaron del verbo orīri, nacer, y Borges lo derivó de la palabra aurum, oro: el lugar donde nace la luz, donde nace el oro. Y allá que me fui, no sin antes coger de las estanterías de casa de mis padres un volumen de obras de Pearl S. Buck publicado por la Editorial Mundo Actual de Ediciones de la colección Biblioteca del Siglo XX y que siempre anduvieron en la estantería de mimbre de la antesala, sin que yo les hiciera mucho caso: La Buena Tierra, Viento del Este, Viento del Oeste; y La Estirpe del Dragón.


Así que durante los largos viajes en tren que tuve que hacer antes de volar a Sichuan, puse mis pies en China de la mano de aquella hija de pastores presbiterianos que marcharon de misioneros a Chinkiang a finales del siglo XIX: De la tierra salimos y a la tierra hemos de ir..., y si sabéis conservar vuestra tierra, podréis vivir..., nadie puede robaros la tierra...; pero Wang Lu estaba equivocado; sólo quien ha vivido la tierra quiere conservar la tierra, sólo quien ha sufrido la tierra quiere volver a la tierra; y esas dos generaciones que Tocqueville, en su lejano Occidente, enumera para que la riqueza vuelva a repartirse mediante la multiplicación de herederos que abandonan la tierra, son las que necesita la familia de Wang Lu para deshacerse de la tierra de la que nacieron, que les dio a partes iguales la pobreza y la hambruna; la riqueza y la prosperidad.

- Estad tranquilo, padre nuestro, estad tranquilo. La tierra no se venderá.
Pero, por encima de la cabeza del anciano, se miraron y sonrieron.

No me faltaron razones para sufrir la dureza de la vida de un campesino pobre que labra su trozo de tierra, porque el aire y la tierra estaban llenos de espíritus malignos que no podían sufrir la felicidad de los mortales, especialmente de los pobres; no me faltaron razones para vivir con el personaje de alma más profunda de toda la historia, O-Lan, la esposa de Wang Lu: a Wang Lu lo mortificaba que la esclava no hubiera de ser bonita. Le habría gustado una linda esposa. Al menos, no quiero una mujer picada de viruelas, le dijo a su padre. O-Lan era una esclava de la Casa Grande y que Wang Lu compra, no posee más dinero, para él poder levantarse un poco más tarde y tener muchos hijos que le ayuden a sacar la sangre de la tierra, y ella cumple con creces, ¡hijos cada año, la casa estaba habitada por la buena suerte!, como una esclava ahora de su marido, esclava de un esclavo, dándole hijos y volviendo al trabajo del campo después de cada parto, sola, en su habitación, marcada en la sumisión pero con su pequeña dosis de orgullo: Cuando yo vuelva a esa Casa, será con mi hijo en los brazos. Y mi hijo llevará una túnica roja y pantalones rojos floreados, un sombrero pequeño con un Buda cosido al frente, y en los pies unos zapatos atigrados. y yo llevaré zapatos nuevos y una túnica nueva de satén negro, y entraré en la cocina donde pasé mi vida, y en el salón donde está sentada la anciana con su opio, y mostraré mi hijo a los ojos de todos. Es O-Lan quien trae la riqueza a la casa de Wang Lu, en una escena prodigiosa de sufrimiento y valor, pero con la opulencia, no se dará cuenta de que traerá todos sus vicios; pero así es el alma humana con riqueza o sin ella en Oriente o en Occidente, siempre es difícil volver a la tierra.


Pearl S. Buck muestra la sociedad china, anterior a la Revolución de Mao, en La Buena Tierra, esa sociedad cerrada, con el huracán de la pobreza rondando la casa de los campesinos, con lluvias o sin ellas, donde el hombre y, sobre todo, la mujer son la pieza de cambio de los pobres; y la esclavitud su única salida:

Cuando los ricos son demasiado ricos hay recursos, y cuando los pobres son demasiado pobres hay recursos. el invierno pasado vendimos dos niñas y pudimos resistirlo, y este invierno, si la criatura que lleva mi mujer en el vientre es una niña la venderemos también. No he conservado más que una esclava: la primera. Cuando los ricos son demasiado ricos hay otro recurso, y si no me equivoco no ha de pasar mucho tiempo sin que se acuda a él. Esto escuchaba Wang Lu de boca de otro esclavo que durante la hambruna había perdido sus tierras y, como él, trabajaba para los Señores de la Casa Grande. Y Wang Lu no lograba comprender a qué podía referirse aquel hombre cuando decía: "Hay un recurso cuando los ricos son demasiado ricos". Tal vez, Pearl S. Buck anticipó, con veinte años de antelación, con ese don profético que a veces muestran los escritores, la revolución de Mao; y ese recurso, con el que cuentan los pobres cuando son demasiado pobres y los ricos demasiado ricos, fuese la revolución. Sólo Perla lo sabe.

Yo viajé a China de la mano de ese hilo rojo que une a las personas para siempre, sin importar si salieron directamente de la tierra o de un vientre de mujer. Yo, sin ir más lejos, salí del mar, pero el hilo rojo me unió para siempre con una tierra lejana donde duermen los sueños y donde nace el sol. Aunque ahora cada mañana el sol nace aquí cuando abre sus ojos la lluvia que trae todos los deseos: Yu Yuan.









sábado, 29 de abril de 2017

EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, EN LA HABANA CON LEONARDO PADURA


Viajé a Cuba antes de conocer a Leonardo Padura; así que perdí en aquella ocasión la oportunidad de visitar La Vieja Habana acompañado por un cicerone excepcional.

Para leer durante esos días decidí meter en la mochila los Versos Sencillos de José Martí, El Viejo y el Mar de Hemingway, El Siglo de las Luces de Carpentier y Paradiso de José Lezama Lima; pero como la Literatura la carga el diablo, justo el día antes de salir, una amiga, de las que te aconsejan libros para dejarte en la más grande de las incertidumbres, me dijo que antes de ir a La Habana convendría haber leído al Padura y sus novelas de Mario Conde; ya que es la mejor manera de conocer el barrio de la Víbora y de Mantilla revenido en metáfora, alumbramiento y literatura de toda la Habana.

En el aeropuerto no dejé pasar la ocasión de ir a la tienda de revistas y libros que los despistados de última hora visitan antes de coger el avión; y con las prisas, pensando que la fortuna literaria me había tocado con su dedo, agarré el primer libro de Padura que vi y que ocupaba un lugar de excepción sobre la estantería que abría la tienda. Traté de localizar otro libro de Padura que no fuera ése, porque el que tenía en las manos, editado por Tusquets, era un volumen de más de 600 páginas y yo no tenía más que diez horas de vuelo antes de pisar a La Habana. Ni me fijé que ese libro no formaba parte de la famosa serie Mario Conde. Como no encontré otro me llevé el grueso volumen.

Así que embarqué, rumbo a Cuba, para buscar sin saberlo al Hombre que Amaba a los Perros, que no era un sólo hombre, ni dos, sino tres; tres historias, tres voces, tres novelas que se van urdiendo por la mano maestra del hombre de La Habana que vive en el barrio de Mantilla:

1.- La primera, la del joven cubano Iván Cárdenas, aspirante a escritor, que cuenta cómo asediados por el hambre, los apagones, la devaluación de los salarios y la paralización del transporte -entre otros muchos males-, Ana y yo vivimos un periodo de éxtasis. Nuestras respectivas delgadeces, potenciadas por los largos desplazamientos en las bicicletas chinas que nos habían vendido en nuestros centros de trabajo, nos convirtieron en seres casi etéreos, una nueva especie de mutantes, capaces no obstante, de dedicar nuestras últimas energías a hacer el amor, a conversar por horas y a leer como condenados -Ana poesía, yo después de mucho tiempo sin hacerlo, otra vez novelas. Fueron años como irreales, vividos en un país oscuro y lento.

2.- La segunda novela, la del líder socialista ruso Leon Trosky, perseguido por la misma maquinaria asesina stalinista que él también ayudó a su manera a construir, y que en vez de llevarme a Cuba, me hizo viajar de Rusia a Turquía, de Turquía a Francia, de Francia a Noruega y de Noruega a México donde le esperaba un piolet o un zapapico, que lo mismo da, que da lo mismo, para ser incrustado en el cráneo. Natalia Sedova, las manos sobre la mesa de madera basta, lo miraba, petrificada por el peso de la decisión que los condenaba no ya a morir de frío en un rincón del país, sino a tomar el camino de un exilio que se presentaba como una nube oscura. ¿Desterrado el líder que movió las conciencias del país en 1905, el que había hecho triunfar el levantamiento de octubre de 1917 y había creado un ejército en medio del caos y salvado la Revolución en los años de las invasiones imperialistas y la guerra civil?

3.- Y la tercera historia, la de Ramón Mercader del Río, convertido en un súbdito criminal de una causa que se ha ido evaporando a la vez que se evapora el tiempo; un tiempo que terminó creando un paraíso apoyándose en todo lo humanamente vil. Ese Ramón Mercader que el Padura nos presenta desde sus inicios en la Guerra Civil Española en el frente de Guadarrama, cuando su madre, la indómita y desquiciada Caridad del Río y los soldados de Stalin, lo enredan en la misión que cambiará la historia del mundo y de la clase trabajadora, el asesinato de Lev Davídovich Bronstein, Trosky; el hombre que creyó alguna vez que podía frenar la burocracia comunista que convirtió la mitad del mundo en una cárcel. Ramón había ido puro y lleno de fervor (Leonid dixit) al altar de los sacrficios, para descubrir o ratificar que, entre los muchos estafados, él tenía cierto derecho de prioridad, como en las colas de los comercios: su acción lo distinguía en la pista infinita de aquel circo donde tanto habían resonado los látigos y tantas veces habían bailado los payasos, con sus sonrisas congeladas.

Leonardo Padura me llevó, con mano maestra, por Cuba, la Unión Soviética, España, Francia, Turquía y México, de la mano de un par de Borzois; y me alegro de haber cogido en la tienda del aeropuerto ese libro que en vez de por las calles de La Vieja Habana me ha arrastrado por la psicología y las experiencias, trágicas como el siglo XX, de los personajes de la novela

Los grandes escritores, y Padura lo es, nos llenan la conciencia de preguntas en la realidad o la ficción que nadie es capaz de responder y continuaran en el aire para siempre, al igual que volaban en una conversación entre asesinos en una oscura casa del barrio moscovita de Goliánovo:

- Stalin mandó construir Goliánovo después de la guerra. Como siempre dio un plazo para terminar los edificios, sin que importara mucho cómo quedaran -dijo Eitingon. Pero si los departamentos son pequeños y feos, la culpa claro, es del imperialismo, que también es responsable de que los zapatos soviéticos sean tan duros y la pasta de dientes irrite las encías.

- Y al futuro llegaste....-dijo Eitingon- Occidente es el pasado decadente. Y lo más jodido es que es cierto. El capitalismo ya dio todo lo que podía dar de sí. Pero también es cierto que si el futuro es como Goliánovo, la gente va a preferir por mucho tiempo la decadencia con desodorante y automóviles de verdad. El mundo está en el fondo de una trampa y lo terrible es que nosotros perdimos la oportunidad de salvarlo. ¿Sabes cuál es la única solución?
  
Jodido Padura, y ahora, ¿qué hacemos?, sabiendo que entre las pocas cosas que repartidas siempre tocan a más, están el dolor y la miseria.




sábado, 8 de abril de 2017

¡QUÉ RARO QUE ME LLAME FEDERICO!



Nada más lejano a los sentidos que la memoria, ni nada más cercano al espíritu que los recuerdos. La memoria te trae alguna voz, alguna borrosa imagen que desaparece rápido en el aire, y muchas lagunas que suelen ser confundidas con el olvido. Los recuerdos, sin embargo, tienen una forma definida que nuestra razón terminará por dominar, engañándose a sí misma para que el alma pueda sobrellevar los errores, que nos persiguen a veces con fiereza, y todo el daño ajeno o propio que hemos provocado.

Esta mañana recibí unas fotos de Bosnia, que le pedí a un amigo que anduvo conmigo aquellos años por allí, ya que estoy metido en una engorrosa faena literaria sobre aquella guerra. Venían acompañadas con unas escuetas letras que decían: Te mando las fotos de Bosnia; rebuscando he encontrado otras que son para ti.

Nada más ver la primera me he sorprendido, porque no recordaba el momento en que se tomó la fotografía. Debía ser cuando las rosas huían por los filos de las últimas curvas del aire. Nada de ese tiempo conseguía venirme a la memoria; ni un pequeñísimo recuerdo. Sin embargo, puedo acotar razones y circunstancias en función de lo que veo. En ella, en una nave de literas estamos Arcadio, pocos nombres tan literarios como éste; el Trosky, que sigue siendo un hombre que ama a los perros en los libros de Padura; y yo, que sujeto con mi mano izquierda un libro de poemas de la editorial austral, y que posiblemente me acompañara en mis días por la montaña. Ya no recordaba lo que leía en aquellos tiempos. Me ha parecido una foto muy literaria porque me escoltan esos nombres de libro y yo, que para no desentonar, llevo uno en las manos. La fotografía debió tomarse hace treinta y un años por los uniformes que vestimos; y el lugar debe de ser Candanchú en el Pirineo aragonés donde andábamos realizando unas prácticas en montaña.

He intentado adivinar qué libro era el que me acompañaba en aquel momento y me he acercado a mi pequeña biblioteca buscando volúmenes de aquellos tiempos; y he encontrado dos, uno de los cuales puede ser el que sostengo en la mano izquierda.

Aquel año, 1986, aparte de bucear medio asfixiado en el álgebra, de la que sólo me atraía su pasado árabe, el cálculo, alejado de mí en los volúmenes y en las formas, la física, que me atraía porque me acercaba a la concepción del mundo, la electrónica, que nunca entendí, la informática que andaba brotando de la nada, o los motores, tan alejados de la sonoridad de los versos, sé que lo dediqué a leer a los poetas de la generación del 27. Tuve la suerte de que en la biblioteca que había en la Academia de Zaragoza, donde se daba un continuo intercambio de volúmenes con aires de trapicheo, y que estaba muy cerquita de mi camareta, tenían prácticamente la obra completa de casi todos ellos. Allí leí a Emilio Prados, a Altolaguirre, me acogí a la realidad y el deseo de Cernuda como el que se acoge a asilo en sagrado, releí el canto de siempre de Alberti, recuperé la voz, a ti debida, de Salinas y me encontré con un Miguel Hernández, cabrero, por todos los montes por los que andaba, que se juntó con los del 27 por pura cercanía de estanterías bibliófilas. 

Yo había empezado, hacía mucho tiempo, como no podía ser de otra manera con Federico García Lorca, leyendo los poemas en los que ejerce de andaluz profesional, como alguna vez con retintineo lo llamó Borges. 

Durante mis días de oposiciones me había aprendido casi de memoria el Libro de Poemas, el Romancero Gitano y el Poema del Cante Jondo. Pero ese año en la Academia, descubrí al Lorca de Poeta en Nueva York, del Llanto y del Diván del Tamarit; y de su teatro redondo como sortijas; y abandoné, no sin desconsuelo, al andaluz profesional, para embarcarme en esa generación del 27 que sin abandonar la tradición, volteaba la poesía y sus formas para entregarnos ese otro don sin el cual no se entendería toda la obra poética del siglo XX. Una pena que yo llegara tarde a la celebración del centenario de Góngora en el Alfonso XIII.

Aquel tiempo fue el tiempo de mi gran enemistad con los Rosales; pero yo estaba muy equivocado y me sacó de mi error el enorme poeta que fue Félix Grande. ¿Sabes, Luis, que murió hace tiempo Ramón Ruiz Alonso?; y Luis Rosales le contesta: "Pobrecito".

Ramón Ruiz Alonso, Juan Trescastro y Federico Martín Lagos y, aparte, ese Juan Valdés Guzmán se dirigen a casa de los Rosales en Granada, a la casa encendida, donde puedo decir que no nos equivocamos en nada salvo en lo que más quería; sacan de ella al poeta y lo que ocurre luego es una historia conocida. Asesinado por el cielo, entre las formas que van hacia la sierpe y las formas que buscan el cristal.

Años después, los libros de ese poeta los encuentra un cadete en la biblioteca de la Academia donde estudia y se hace una foto con uno de ellos durante unas prácticas en montaña.

Una foto que no recuerda que se hizo y que le envía, pasados mil años, un amigo, de esos que son para siempre, aunque nunca se vean; y  treinta y un años más tarde, mira esa fotografía con agrado y se inventa todo cuanto sentía en ese momento.

Busca otras fotos de entonces y sigue inventando su pasado: ¡Qué raro que yo me llame Federico!; aunque aquello fue en un tiempo en que como Hemingway éramos muy jóvenes, muy pobres y muy felices.























sábado, 1 de abril de 2017

EL DÍA QUE QUISE SER LEONARD COHEN EN EL HOTEL CHELSEA


You told me again you preferred handsome men
but for me you would make an exception.

Volviste a decirme que preferías hombres guapos,
pero que conmigo harías una excepción.

Hay veces que creo, con algo de escepticismo porque también ordenan el mundo las circunstancias, que todas las personas vivimos las mismas experiencias, atravesamos por las mismas emociones y nos enfrentamos a parecidas peripecias. Voy a contar el día que quise ser Leonard Cohen. Te recuerdo bien en el Chelsea Hotel. I remember you well in the Chelsea Hotel.

Hará unos mil años, cuando yo era un joven que empezaba a trabajar, pongamos que tenía 25 años, me enviaron a Canarias. Me alojé en un hotel en Santa Cruz de Tenerife, cerca del puerto y de la Plaza de España. Solía volver del trabajo sobre las seis o las siete de la tarde, con el tiempo justo para cambiarme y dar un paseo, embocando la Avenida Marítima hasta el puerto; y allí me pasaba un par de horas oliendo a muelle y recordando otros momentos parecidos, donde siendo niño el olor a gasoil de los barcos impregnaba mi existencia. Esas cosas, entre otras, trae tener un padre marino mercante. A veces, me acompañaba Joseph Conrad, mientras me sentaba en un noray, al que me ataba sin maroma, a ver maniobras de atraque o desatraque o a los pescadores que fondeaban el plomo junto a la pared del muelle o a las señales de estiba.

Y tras esta peripecia marina, regresaba cada noche al hotel para volver la espalda a la multitud, you just turned your back on the crowd. Cenaba algo rápido y subía a la habitación a descansar.

Cierta noche justo cuando las farolas de la calle recibieron la eléctrica orden de encendido, llamaron a mi puerta con dos toques suaves que figuraban unos finos nudillos. En un primer momento decidí no abrir la puerta, pues una visita yo no podría tener allí más que por equivocación. Pero aquellos sonoros y suaves nudillos repitieron los dos pequeños golpes y no me quedó más remedio que abrir la puerta de la habitación. Al abrirla, una joven rubia, llena de pecas, ojos azules y muy bella se apareció ante mí, hablando un auténtico inglés de Inglaterra.

Efectivamente había llegado hasta mi puerta por equivocación. Sorry, I´m looking for Chris, dijo sorprendida al verme. En ese momento supuse que aquel hotel canario se había transfigurado en el Chelsea Hotel y no tuve más remedio que decirle: Little lady, you´re in luck, I´m Kris Kristofferson.

Nuestra conversación no fue más allá de unas entrecortadas palabras de cortesía. Me pidió perdón por haberme molestado, y por su error, y continuó andando dándome la espalda, por el pasillo de la segunda planta buscando la habitación de Chris. "Es evidente que esta chica no es Janis Joplin. Ni éste es el Chelsea Hotel". No importa, me dije, no somos guapos, pero nos queda la música. Well never mind, we are ugly but we have the music.

Si ella hubiese sido Janis Joplin y aquel hotel canario el Chelsea, sin duda, se hubiera quedado conmigo. También es verdad que yo no era Leonard Cohen. Así que, como aquella no era forma de ir a dormir, decidí cambiarme de ropa y acercarme a tomar una copa a un bar cercano a la bocana del puerto, donde ponían buena música.

And that´s was the reason and that was New York. Y ésa fue la razón, por la que un día quise ser Leonard Cohen, haciéndome pasar por Kris Kristofferson, pero la bella joven que se equivocó de habitación no quiso ser Janis Joplin, y hacer conmigo una excepción, supongo que no tendría alma de artista. Ni siquiera sabía quiénes era Leonard Cohen y Janis Joplin; y, posiblemente, lo único que le quedaba era la belleza; me consolé pensando que yo no puedo cuidar de todos los petirrojos caídos. I don´t keep track of each fallen robin.









domingo, 19 de marzo de 2017

EL OTRO, UN SUEÑO QUE ME TRAJO BORGES

Nunca he estado en Ginebra a orillas del Ródano, donde ocurren los más mágicos encuentros según me contó un viejo escritor argentino; pero sí puedo decir que nací y me crié junto a las marismas de otro río extraordinario que provoca, no menos prodigiosas citas que pueden desencajar a sus protagonistas tanto en el tiempo como en el espacio. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien.

Esta historia ocurrió, no hace mucho, en un mes de marzo. Siempre que viajo para pasar unos días a La Otra Banda de la Argónida, cada mañana, a primera hora, salgo a la playa con la excusa de pasear o de salir a correr; pero no es ése mi verdadero propósito, sino encontrarme con mi pasado, que fluye lento como las aguas del río que abren la desembocadura con el ritmo de las mareas y de los vientos.

Yo estaba sentado en el pretil del paseo marítimo, el día era claro y las brisas, suaves como las plumas de esas aves que los atardeceres cruzan el río buscando la seguridad de las marismas y la riqueza de su fango. Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la orilla un joven de unos dieciséis años anda jugando con un balón de fútbol. Lo he reconocido al instante, sé que cada tarde, que no tiene entrenamiento con el Rayo y hasta que la luz se va, aprovecha para hacer regates a las piedras y a las conchas, y lanzar balones al aire para aprender a pararlos cuando regresan de su viaje a la luna. Él también, si se fija en mí, pensará que lo raro es que nos parecemos, aunque usted es mucho mayor que yo. Yo hubiera preferido estar solo. pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil; y que él se diera cuenta de que yo pudiera sentirme incómodo con su presencia.

Ni se imagina que yo sé que el balón que está pateando se lo ha comprado a su amigo Juan Ramón, a quien jamás le gustó aquello del fútbol, y que nunca terminará de pagárselo. Tampoco se imagina que sé que anda tras una muchacha rubia con pinta de nibelunga, que está en su mismo curso, y que nunca será suya, aunque haya prometido llevarla a la posada de Thorgate, que queda río abajo a unas millas. Con el tiempo este desenlace, que en unos meses le será tan triste, le parecerá ameno.

Hace unos días cayó en sus manos, por primera vez, un libro de Borges, y ya ha leído el cuento El Otro; así que sabe que cualquier día, podemos cruzarnos por la playa.

El año que viene se decidirá  a coleccionar su propia biblioteca, ya ha anotado los libros que tenía el joven Borges en su casa del número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa: Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el Diccionario Latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Cajlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos. Él se conformará con el Absalon de Faulkner en pasta dura, las memorias de Neruda, El Libro de la Arena de Borges, El Viejo y el Mar de Hemingway, un Don Quijote en edición de José María Valverde, El Banquete de Platón y unas obras que ha llevado a su cuarto desde las estanterías del salón para hacerlas suyas con el simple derecho que da el continuo uso.

No quiero acercarme a él porque posiblemente me pregunte por su futuro, y no me creo con derecho a arrebatarle a sus dieciséis años la capacidad de dudar, de tomar decisiones, de acertar o de equivocarse. Además, temo que pudiera ensarzarse conmigo en mil reproches acerca de quién soy o de quién pude ser, porque he de decir que no todo lo hice bien; aunque en mi descargo también puedo argumentar que él en sus dieciséis años de vida tampoco ha sido un dechado de virtudes.

Él no sabe todavía que vivirá en muchas ciudades; que viajará a lugares a veces muy complicados, vestido de soldado, cosa que ni se imagina porque él quiere ser, mientras patea un balón en la playa, como su padre o como Joseph Conrad; seguro que también asentiría si le comento que rezará a un único Dios en catedrales católicas, en mezquitas, iglesias ortodoxas y maronitas y en algún valle recorrido por un río tan mágico como el que ahora tiene enfrente y que dio de beber agua de vida a Jesucristo. Me gustaría decirle que cuando tenga cincuenta años todavía se acordará del nombre de su primer perro, ese que lo está esperando en casa y que se lo matará dentro de unos meses un malnacido.

Me hubiera gustado poder advertirle que su padre y su madre pasarán por esas experiencias que acercan a las personas a la muerte durante cierto trecho, pero que no se preocupe porque los dos lo superarán; y me hubiera gustado contarle también que sus hermanas siguen siendo mejor que él en todo, cosa que le alegrará sobremanera cuando cumpla los cincuenta.

Mientras toca la pelota él solo ahí abajo junto a las olas, pienso en que todavía no sabe quién será la mujer de su vida, ni que tendrá un hijo nacido en un lugar mágico donde se cruzan tres hermosos ríos con sus tres valles, ni que seguirá teniendo un perro y que treinta y siete años más tarde un hombre que se parece mucho a él lo estará observando mientras juega al fútbol en la playa.

Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor.

De pronto, vi que el balón con el que jugaba llegaba hasta mí, y se lo devolví también con la pierna izquierda.


domingo, 12 de marzo de 2017

VIDA Y FUGA DE FANTO FANTINI, ÁLVARO CUNQUEIRO, EL SOÑADOR

Viéronle ellos a los lejos, antes de que se acercase, y trataron de matarlo; y decíanse unos a otros:
-Aquí viene el soñador; ea, pues, matémosle y echémoslo en un pozo abandonado, y digamos que lo devoró una alimaña. Se verá entonces de qué le sirvieron sus sueños.

(Génesis, 37, XVIII-XX)

Cuando iniciaba mis estudios de contabilidad en una ciudad santa, durante una clase poco dada a la retórica, me presentaron a Fra Luca Pacioli que en su obra Summa de Arithmetica, Geometría, Proportioni et Proportionalita publicada en Venecia en 1494 ya analizaba el método contable por partida doble y retrataba aquellos libros que me acompañarían algunos años de mi vida: el libro de balances e inventario, el diario y el mayor. Todo esto, querido Fanto, forma parte del oficio y lo único que siento es no poder hacer ante ti una demostración de reglamento de los sanjuanistas.

El profesor, como todos los profesores, siempre más dados a las biografías que a las obras, empezó la asignatura relatando el nacimiento de Fra Luca hacia el año 1445 en Borgo de Santo Sepulcro en la Umbría septentrional; y yo imaginé que ese niño, al nacer, saldría del vientre materno, mientras la matrona jalaba de sus brazos para que viera la luz, dibujando con sus dedos el número áureo mientras con su recién nacida mirada trazaba la geometría de las paredes de la vieja casona de aquel pueblo Toscano. Aquella torre fue de los Bracciaforte que eran los más avaros de los toscanos, siempre buscando donde meter el oro que atesoraban, que no lo vieran ni el sol ni la luna.

Como Borgo San Sepolcro nació en mi mente como una ciudad mágica por una simple denuncia contable inicial allá por un lejano septiembre de 1987, sabía que, cualquier tarde, ese pueblo volvería a cruzarse en mi camino literario, porque esos lugares privilegiados suelen ser irremediablemente sitios de nacimiento de irredentos literatos o fabulados personajes. Son muchas, pero dispersas, las noticias que nos han quedado de la vida y aventuras del capitán Fanto Fantini della Gherardesca, nacido en Borgo San Sepulcro. Pero muchas de esas noticias que decimos, de la vida y aventuras del condottiero se contradicen con frecuencia, y solamente un paciente trabajo de investigación y de crítica, realizado durante varios años por el autor de este libro, le ha permitido establecer el tiempo y lugar de las varias etapas de la biografía fantiniana.

Así que mediante magias contables y sintácticas establecí una infatigable relación literaria entre Fra Luca Pacioli y el íncreíble condottiero Fanto Fantini della Gherardesca, que sirvió a la República de Venecia, como capitán, acompañado de su caballo Liofante, que entendía toscano y griego, y de quien ha pasado a ser leyenda su famoso discurso ante el Senado de Venecia defendiendo a su señor. En los archivos venecianos no hay ni rastro de ese discurso, ni de la discusión que en el Senado hubiera seguido a la intervención de Liofante, pero era voz pública que un senador, Ludovico Brabantio, abuelo del Brabantio que fue padre de Desdémona, afirmó que mejor que no llegase a Venecia  el capitán Fanto, que si se ponía a contar sus batallas y sus amores, no quedaría uno de la compañía que no pasase a conudo, o perdiese una hija o sobrina en los brazos del condottiero.

También, junto al tordo Liofante, don Fanto Fantini se hacía acompañar por un perro de nombre Remo, capaz de escribir en etrusco sobre la tierra, con un palo entre sus dientes. ¡Habrá estado empleado en la comedia, de can de corte del rey Pantalone! Atiende voces en latín, quizá porque nació en casa de cura, da y porta la perdiz, y con una bolsa al cuello, va por vino a la bodega, y lo elige él, oliendo en la pinga de las billas.

Del condottiero Fanto Fantini della Gherardesca se cuentan mil historias, de sus rubios cabellos y de la infinita perseverancia de perro de presa, perdóneme aquí el fiel can Remo por la metáfora, de sus enemigos por recluirlo a prisión; así como de su ingenio, gracia y destreza para la fuga como quedó demostrado las mil y una veces que escapó de esas cárceles y que el infatigable Álvaro Cunqueiro, con pluma de oro, dejó escrita para solaz del tiempo y voz de los difuntos. ¡Ve y dile a Vero del Pranzi que me he escapado de Aquilasola llamando en mi ayuda a un río! Y no se habló de otra cosa aquella primavera y aquel verano en toda Italia, de que el capitán Fanto Fantini della Gherardesca, se había escapado de una horrible prisión disfrazado de río, y que con su disfraz había aprendido la lengua de las truchas y el deslizarse sinuoso de las anguilas, y que a veces dormido, soñando que era río, en vez de roncar le salía el canto mismo que hacen las aguas en las cascadas e hirvienzas.


Así, que por esos azares que el río de la vida lleva aparejados en su discurrir, terminé por confundir como una sola, la ciudad santa que me inició en la contabilidad, el pueblo de Borgo de San Sepolcro, patria del condottiero Fanto Fantini y de Fra Luca, y Mondoñedo, un mágico lugar donde la catedral de vez en cuando toca a rebato porque dicen que ha vuelto don Álvaro Cunqueiro. Eso suele ocurrir cuando se conmemora el año del cometa con la batalla de los cuatro reyes, aunque siempre surgen muchas dudas cuando aparece de nuevo alguien que se parece al mágico soñador y fabulador, porque en seguida se corre la voz de que al pueblo ha llegado un hombre que se parece a Álvaro Cunqueiro; pero a Álvaro Cunqueiro sólo se le parece Álvaro Cunqueiro, ¿Será que ha llegado don Álvaro Cunqueiro? Y con ese sinvivir pasan sus días en Mondoñedo.

Otro No Premio Nobel que habita mágicos lugares por el que transitan sólo los elegidos. ¡Qué le vamos a hacer si el mágico soñador nació en Mondoñedo, Galicia!



domingo, 19 de febrero de 2017

LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA, ALEXIS DE TOCQUEVILLE


Después de estas últimas elecciones en Estados Unidos y su resultado, decidí volver al año 1830 y embarcar rumbo a América con esos dos jóvenes amigos de poco más de 25 años, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont que decidieron ver cómo se organizaba la democracia al otro lado del Atlántico y, abandonando la magistratura en París, decidieron vivir una aventura que los llevó en unos tiempos complejos, violentos y convulsos a una nación que soñaba con ser el país de la libertad.  Si hay un solo país en el mundo donde se pueda esperar apreciar en su justo valor el dogma de la soberanía del pueblo, estudiarlo en su aplicación a los asuntos de la sociedad y juzgar sus ventajas y sus peligros, ese país es con seguridad América.

Así que me fui a esa biblioteca escondida, con más de 40.000 volúmenes, que regenta un viejo coronel, que bien pudiera apellidarse Buendía, pero se apellida Ibáñez; y, de entre esas estanterías que huelen a libro sin abrir, localicé el volumen que buscaba, La Democracia en América de Alexis de Tocqueville. Le dije que pensaba sacarlo, pero que necesitaba más tiempo que ese mes de préstamo que la biblioteca me ofrecía; a lo que me contestó: "No te preocupes, ese libro nunca lo saca nadie; así que no tendremos a ningún lector impaciente esperando a que tú acabes, quédatelo el tiempo que quieras".

Ese mismo día comencé a leer el volumen de Tocqueville, impreso por ediciones Guadarrama en 1969 y traducido por Marcelo Arroia-Goitia: Durante los temas nuevos que, durante mi estancia en los Estados Unidos, llamaron mi atención, ninguno atrajo más vivamente mis miradas que la igualdad de las condiciones. Descubrí sin esfuerzo la influencia que ejerce este primer hecho sobre la marcha de la sociedad.

No es mal comienzo para un libro, porque la igualdad es un concepto tan fácilmente vendible que todo el mundo lo acata como una necesidad, incluso esa aristocracia del siglo XIX lo hace suyo temiendo que esas revoluciones que llamaban a su puerta no batieran los goznes tras los que ellos se refugiaban.

El problema radica en que ninguno de los individuos de cualquier sociedad, aunque se le llene la boca de ello, quiere ser igual al otro, ¿tendrá algo que ver el alma humana?; si todos tenemos el mismo derecho al voto, la misma igualdad ante la ley, los mismos derechos ante el Estado, habrá que buscar un motivo por el que los individuos puedan sentirse diferentes o mejores a los demás. En esas naciones en los que la libertad campa como principio, el motivo de diferenciación que se buscará desaforadamente será el del dinero y el bienestar material; quien tenga más dinero y sea más rico formará parte de esa nueva aristocracia que es creada en los países libres. Parece, por tanto, que será difícil avanzar hacia una sociedad completamente igualitaria en libertad.

Montesquieu lo resume de una manera muy gráfica en una célebre frase: "No es difícil ser feliz, eso se logra con facilidad. El problema radica en que queremos ser más felices que los demás, y eso es imposible porque en apariencia siempre vemos a los demás más felices de lo que en realidad son".

Aunque, claro, para Tocqueville el peor sistemas de todos los posibles es aquel en que hay una igualdad absoluta, pero no hay libertad. Las sociedades embarcadas en el endiosamiento de este sistema político igualitario en el siglo XX demostraron de una manera práctica y demasiado dolorosa este axioma escrito en 1831.

Las voluntades de la democracia son cambiantes; sus agentes, groseros; sus leyes, imperfectas: lo concedo. Pero si fuera verdad que pronto no pudiera existir ningún régimen intermedio entre el imperio de la democracia y el yugo de uno solo, ¿no deberíamos más bien tender hacia el uno que someternos voluntariamente al otro? Y si hubiera que llegar, en fin, a una completa igualdad, ¿no valdría más dejarse nivelar por la libertad que por un déspota?

Se ha elegido, pues, como el mejor, este camino liberal en un sistema en el que la omnipotencia de la mayoría siempre aumenta la inestabilidad legislativa y administrativa que es natural a las democracias, donde su salud no puede medirse por acudir a votar una vez cada cuatro años; y en el que predomina la acción siempre creciente del despotismo de la mayoría, a la que en los Estados Unidos, se le debe atribuir, sobre todo, el pequeño número de hombres notables que hoy aparecen en el escenario político. Sabiendo que corresponde a la esencia misma de los gobiernos democráticos que el imperio de la mayoría sea absoluto; ya que fuera de la mayoría, en las democracias no hay nada que resista.

Y, de pronto, descubrimos una realidad imparable del poder de la mayoría sobre el pensamiento, una mayoría que impone un pensamiento único políticamente correcto y marca con la exclusión a aquel que se salga de él, la mayoría manda hasta en el pensamiento: Pero el pensamiento es un poder invisible y casi inaprensible que se burla de todas las tiranías, escribe Tocqueville en 1831, en nuestros días los soberanos más absolutos de Europa no podrían impedir a ciertos pensamientos hostiles a su autoridad, el circular sordamente dentro de sus Estados, e incluso en el interior de sus cortes. No ocurre lo mismo en América: en tanto que la mayoría se mantiene dudosa, se habla; pero en cuanto se ha pronunciado irrevocablemente, todo el mundo se calla.

Desde luego hay gente que ve el futuro sólo viajando a América en un barco de vela, Tocqueville era uno de ellos, y en su libro nos cuenta cómo las democracias tenderán a un individualismo desaforado que es el más visible de los rasgos democráticos, con familias cada vez más pequeñas y menos integrados en la sociedad, con un interés excesivo en el bienestar material, donde las personas son simple comercio, y cuyo único afán es el dinero, y en el que la tiranía de lo políticamente correcto tapará las bocas de los hombres libres.

Después de las últimas elecciones en Estados Unidos volví a leer a Tocqueville y no me ha dejado, como siempre, indiferente. Vuelvo a pensar que está tan vivo como en 1831; aunque yo que lo leo desde que alguien me lo recomendó, pues nunca descubrí por mí mismo un buen libro y a esos recomendadores se lo debo todo, sé que uno aprende a leer para poder no creerse nada de lo que lee. Por eso yo lo recomiendo como lectura en bachiller; ¡Ah, perdón!, que ya no se estudia ni filosofía ni a los clásicos en el instituto. No querrán ciudadanos, querrán súbditos; menos mal que ahora la guerra no nos impondrá a los tiranos, sino que los elegiremos nosotros mismos una vez cada cuatro años con la omnipotencia de la mayoría; sabiendo que la masa del pueblo puede ser seducida por su ignorancia o por sus pasiones.

domingo, 12 de febrero de 2017

EN LAS AFUERAS, CON LUIS GOYTISOLO, DONDE LAS CUENTAS NUNCA SALEN

No hay nadie que no haya vivido en las afueras; porque las afueras no es un lugar físico al que una persona sea arrastrada, por su voluntad o forzada; sino el lugar en el que vive su espíritu, aprisionado en esa botella que cada alma va puliendo y dando forma a lo largo de la vida. Las afueras, aunque parezca lo contrario, no distingue clases, no distingue género, no distingue edades, y son implacables con el corazón de las personas porque proceden del interior mismo de ellas.

Calumnia, sí, esta es la palabra. Calumnia. Por eso digo que la cosa tiene gracia. Porque con tal de poder calumniarme, no ha dudado en suprimir una de las cosas que más quería. ahora bien, esto sólo tiene un defecto: necesita convencerte de que he sido yo quien lo ha hecho y de que luego lo he negado. ¿Y cómo convencerte si no tiene pruebas? Pues impresionándote, fingiendo un dolor lo bastante intenso como para conmoverte. El pequeño Bernardo, huérfano de padres tras un accidente de tráfico, es arrastrado desde esa casa burguesa a las afueras por sus abuelos que, aunque nadie lo sepa, ya llevaban tiempo viviendo en ellas mientras se molían uno a otro, echándose en cara cualquier vicisitud de sus vidas por nimia que pudiera parecer en un monólogo interior cuyo único inocente y doloroso receptor es el niño. —Sí, Bernardo, me angustia pensar en todo esto. Y la angustia y el sufrimiento y el trabajo acortan la vida. Y tengo un carácter más agrio, más amargado por todas aquellas cosas en las que él no quiere pensar, que no quiere recordar. En las afueras, Augusto y Magdalena jamás hablan uno con otro, es un borboteo interior de cada uno que sufre el niño; no les basta a ellos con vivir en las afueras, sino que sus palabras salen de su boca a los oídos del niño. ¿Para qué? Pues para el gratuito sufrimiento, que es asequible a todos en ese lugar llamado las afueras.

Los dos Víctor, victoriosos en la guerra, también tienen una posición desahogada, pero nada hace pensar que la posición y la vida tienen por qué coincidir. El primero de ellos vuelve a su finca desde Barcelona, regresa a las afueras, donde alguna vez fue feliz, —aquí pescaba renacuajos—, cuando se creía un igual a los aparceros, que se quedan todo el trabajo y lo único que entregan son las cosechas; pero las afueras, obedientes a esa ley que ayudada por el tiempo todo lo quema, raudas devuelven a los ricos y a los pobres a una infelicidad a la medida de cada uno. Y como no podía salir de casa ni bajar al pueblo, se pasaba la mayor parte del día metido en la cocina, mirando al fuego. Acaba de recibir una carta escrita por su mujer en la que viene escrita una sola palabra: "no".

No sé si las afueras pueden vivir en una novela o no. La unidad de lugar es tan relativa como ese sitio en el que no sólo viven los vencidos y los pobres; sino que ahora empiezan a llegar los burgueses y los ricos. Reconozco a Tonio, en lomos de la modernidad, en varios capítulos; y a Víctor, el vencedor vencido, y a Ciriaco, el legionario que ayudó a ganar al guerra y, ahora, tísico, malvive saltando de un capítulo a otro como limpiabotas; y a Augusto y Magdalena, con brillo por fuera pero negros por dentro; y a Domingo y Amelia, víctimas de esa vejez dividida entre la ciudad y el campo; y a Dineta y a su padre Mingo Cabot, anclado en ese pasado que arrastra un caballo medio muerto y una reja, incapaz de subirse en el tractor de la modernidad.

En las afueras nos pintan tal como somos, incapaces de ser felices cualquiera que sea nuestra condición; sabiendo que por mucho que la vida nos enseñe en este mundo las cuentas nunca salen, y quien diga lo contrario o miente o vive de la hipocresía. «¿De qué le serviría saber tantas cosas? Por mucho que una sepa de números, aquí las cuentas nunca salen»





domingo, 5 de febrero de 2017

ILUMINACIONES EN LA SOMBRA, ALEJANDRO SAWA



Un bohemio es aquél que nunca vende su pluma a nadie. Un bohemio es aquel que ama la literatura sobre todas las cosas. Un bohemio es aquel que no moverá un solo dedo si no lo hace en nombre del arte. Un bohemio es aquél que es dueño de su voz, de su silencio y de su hambre. Un bohemio es aquél que es irreconciliable con el éxito, porque el éxito siempre es sobornado por el poder. Un bohemio es aquél que se sale del canon por estética o por rebeldía. Un bohemio es el único sano que sabe que vive en una sociedad de leprosos en la que la villanía es el estado social de la gente. Un bohemio nunca debe ser confundido con alguien lleno de greñas que se cree más libre que nadie porque malvive por los cafés y los fumaderos de opio rindiendo cuenta sólo a su estupidez. Un bohemio nunca debe ser confundido con un golfemio. Un bohemio sabe que el honor se asienta en las almas y no en los labios. Un bohemio es aquél que es capaz de quedarse ciego de tanto mirar al sol. Un bohemio es... Alejandro Sawa. Darío, ministro plenipotenciario de Nicaragua en España, lo sabe.

Siempre que veo a Valle-Inclán en Recoletos, camino del café Gijón, le pregunto por Sawa. A Sawa lo conocí cuando llegué a Madrid y andaba inquieto por la vida literaria. Era entonces una población grande y viciosa. Madrid simpatiza con todos los aventureros, a la sola condición de que sean valientes y no se dejen dominar por escrúpulos de vergüenza. Madrid es la capital de España y la gran población predilecta de la canalla.

Esa tarde me extrañó que don Ramón fuera con prisas.

— Acompáñame— me dijo —vas a ver a Sawa. Es tu última oportunidad. Se está muriendo ciego, loco, solo y pobre, muy pobre, en una covacha de la calle Conde Duque. Donde el Cuartel de Caballería. ¿vienes?

Ir a Madrid, vivir en Madrid. Madrid, cisterna, antro, sima que mientras más devoras más sientes aumentarse tu apetito.

— Claro que voy— le contesté — nunca desaprovecho una oportunidad para visitar en la tierra el infierno. Lo aprendí de Sawa; el vicio y la virtud son inmortales. La pasión también. Por eso de toda eternidad el hombre ama y odia; tiene igualmente apercibidos la dentellada y el beso. Ese beso que le dio Víctor Hugo al hombre que más cerca estuvo de Verlaine, aparte de Rimbaud. —¿Darío lo sabe?

— Lo han matado. A Sawa lo han matado, entre todos lo han matado, dice Valle para sí, mientras enfilamos la calle Conde Duque.

Sawa no ha encontrado editor para sus Iluminaciones, tampoco lo consiguió Rimbaud para las suyas y acabó traficando con armas y con personas en Abisinia. Notad que todos los críticos son miopes y usan antiparras. Acercándose demasiado a la nariz, por deficiencia del órgano visual, las páginas del libro que tienen entre las manos, ven los defectos tipográficos, las cualidades de la estampación, los poros y los granos del papel, no el alma del escritor, que ha necesidad, siempre, de los grandes horizontes para ser vista en su justa perspectiva.

Cuando entramos en el número 7 de la calle Conde Duque se olía la miseria, He vendido mis muebles y sólo me he reservado los más precisos, pero tengo flores. He sustituido el confort por la gala, y, si bien es cierto que no tengo apenas mesa donde escribir, poseo en cambio una maceta de claveles que trascienden a Gloria, y en lugar de mi artístico secrétaire de palo de rosa tengo una hortensia, que me consuela de muchas pérdidas crueles de la vida. ¿Darío lo sabe?

Nada más entrar en la habitación, Valle ha imaginado la figura sombría de Max Estrella sobre el camastro desvencijado, y se ha puesto a llorar por el muerto, por él y por todos los pobres poetas. En la misma calle ha decidido escribirle unas letras a Darío para que éste les ayude a publicar el libro enterrado de Sawa, Iluminaciones en la Sombra. Y en una pequella cuartilla escribe: he llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos los intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en El Liberal, le volvieron loco durante los últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso.

Darío prologará el libro, algo le empujaría su corazón o la noche, pero todavía le queda una eternidad para poder cancelar la infame deuda que contrajo con su amigo Alejandro Sawa, La deuda de amistad. ¿Lo sabe Darío, príncipe de los poetas?

Nada más salir del velatorio y viendo que el centro cultural Conde Duque permanecía abierto decidí entrar. Valle siguió su camino. Dentro me esperaba una tertulia de principios de siglo, llena de vates y escritores que convocaba Ramón Gómez de la Serna. A Alejandro Sawa no se le esperaba; alto, elegante, con la apariencia que entrega la limpia pobreza, acompañado por sus dos perros, mientras grita:  Los hombres del Poder no se contentan con disponer a su antojo de nuestra bolsa, de nuestro hogar, de nuestra libertad y de nuestra vida. Porque son accionistas de esa fábrica de poder que se llama la Gaceta (nuestro BOE de hoy en día), creen serlo también, ¡ insensatos!, de esa otra cosa tan distinta que se llama la gloria. Y firman credenciales de inmortalidad, como si se tratara de expedientes de un negociado cualquiera de Gobernación ó Hacienda. Pero no cuentan con el porvenir ni con la Historia. Con el porvenir, que levantará picotas sobre muchos pedestales contemporáneos; con la Historia, que condenará los mismos rasgos glorificados por mármoles y bronces, a la eternidad del ridículo o de la infamia.  

Bueno, sabiendo que la muerte es el olvido y que Sawa ha llegado antes, me entretengo bebiendo con dos personas que tengo en alta estima en el amplio patio del Centro Cultural Conde Duque, mientras recuerdo los versos que Manuel Machado dedica a Alejandro Sawa en el prólogo de Iluminaciones en la Sombra:

Jamás hombre más nacido
para el placer, fue al dolor
más derecho.

Jamás ninguno ha caído
con facha de vencedor
tan deshecho.

Y es que él se daba a perder
como muchos a ganar.

Y su vida,
por la falta de querer
y sobra de regalar
fue perdida.

Es el morir y olvidar
mejor que amar y vivir.
Y más mérito el dejar
que el conseguir.











domingo, 29 de enero de 2017

MARÍA ZAMBRANO, EN LOS CLAROS DEL BOSQUE

Nadie que haya vivido, pongamos por caso más de cincuenta años, ignora que el bosque es la metáfora de la vida o, al contrario, la vida es la metáfora del bosque. Los que hayan andado muchas noches por ellos, con armas o desarmados, lo saben bien.

Cuando salimos al bosque, o a la selva, siempre nos espera la nada; y queda la nada, el vacío que el claro del bosque da como respuesta. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible ilimitada; como la vida.

La lección que ha aprendido un hombre o una mujer de digamos, más de cincuenta años, es que el claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar. No hay que buscarlos. es la lección inmediata de un claro del bosque; no hay que ir a buscarlos, ni tampoco esperar nada de ellos.

A María Zambrano, un claro del bosque al que llegué sin buscarlo, me acerqué porque me invitaron a ir a Málaga a hablar sobre Comunicación. Nunca pensé que nadie fuera capaz de aunar poesía y filosofía; pues si un filósofo expulsó del paraíso a los poetas era porque pensó que la comunión de estos con la filosofía era imposible. Yo estaba equivocado y, como yo, Platón andará con la duda de si María Zambrano debe o no habitar ese paraíso por él creado. Posiblemente, María tenga su paraíso propio, donde el amor no tiene que ser sostenido. Esa división, de lingüista aburrido, entre la cosa misma y su significado; esa desunión, de filósofo sesudo, entre el frío pensamiento y los sentidos, las envuelve María en palabras poéticas nunca fáciles de desentrañar, tengan en cuenta que estamos en un oscuro bosque, donde no encuentras los claros buscándolos, sino que ante ti aparecen.

Nada es signo, como si se vislumbrase un reino donde lo que significa y lo significado fuera uno y lo mismo. Una herida sin bordes que convierte al ser en vida; pues, como escribe Emilio Prados en so obra Río Natural, Nació y creció sin saber -si estaba dentro o fuera- del Dios que nació con él.

Antes de dar un paso en el oscuro bosque, ligeros de equipaje por supuesto, conviene saber, quien allí habita lo sabe, que hay que dormirse arriba en la luz, y hay que estar despierto en la oscuridad, pues el alma se mueve por sí misma, va a solas, y va y vuelve sin ser notada; como la amada en la noche oscura de San Juan de la Cruz. Si es que al final, todos andamos, sin cruzarnos, por el mismo bosque, todos nos dedicamos a buscar desaforadamente los claros del bosque hasta que nos damos cuenta que a los claros del bosque no hay que ir a buscarlos que se aparecen solos y que la realidad que al ser humano se le ofrece no acaba de serlo nunca, a medias real tan solo, y a veces irreal por asombrosa, por sobrepasarse a sí misma. Así es ella la vida, la recién llegada, la encontrada, la aparecida, un puro don.

He visto algún claro del bosque donde anidaba la belleza, que se abre como una flor, su centro iluminado que luego resulta ser el centro que comunica con el abismo; quien se acerca al cáliz de esta flor arriesga ser raptado. Yo fui raptado alguna vez y aprendí que reaccionar ante ella con angustia es el infierno que la quietud bajo ella es indispensable; que la quietud no consiste en retirarse, sino en no salirse del simple sufrir que es padecer. En este padecer el ser se despierta, se va despertando necesitado de la vida y la llama.

Y he visto otro claro donde anidaba la soledad, pero aquella más pura no tocada por el afán de independencia , ni por el sentimiento de encontrarse aislado. La soledad, aceptada en el abandono, es quien recibe el don de la mirada remota que la sostiene.

He aprendido en más de cincuenta años que el corazón tiene huecos, habitaciones abiertas y que la vida aparece de incógnito sin esplendor alguna; y que visto lo visto, sólo el Hombre dotado de un corazón inocente podría habitar el universo.

Seguiré andando por el bosque viviendo pequeños instantes hasta que los claros se aparezcan ante mis sentidos; con la absoluta convicción de que volveré a equivocarme mil veces en mis decisiones cuando me encuentre con ellos. No es ser, ni solamente vida, sino vivir. Porque es seguro que todos los hombres mueren, mas no todos mueren como Sócrates. ¡Qué le vamos a hacer!