jueves, 21 de marzo de 2013

LA FELICIDAD ENTRE LAS MANOS

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y pierdan despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. no fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me  legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.

¿Es posible tener siempre a la Felicidad entre las manos? Yo pienso que no, y no creo que Borges se hubiera equivocado tanto. Posiblemente cometió errores. No hay otra forma de aprender. He cometido todos los errores posibles y algunos, dos veces, llegó a decir.

Un hombre, como él, con una larga vida sabe que, como dijo Nietzsche: El destino de los hombres está hecho de momentos felices; pero no de épocas felices. Es decir, Borges no ignoraba que la Felicidad es, poco probable, que pueda ser mantenida pegada a la piel. No es fácil buscarla, y Borges lo sabía, porque había leído a Stendhal: Reduzco toda la filosofía a no engañarse sobre los motivos de las acciones de los hombres, y a no engañarnos en nuestros razonamientos o en el arte de marchar hacia la Felicidad. 

¿Buscamos la verdadera Felicidad en la vida o nos engañan falsas quimeras?

Continúa escribiendo Stendhal: Trato de arrancar de mi alma por completo las falsas pasiones. Llamo falsas pasiones a las que nos prometen una Felicidad que no encontramos cuando llegamos a ella. Tampoco es fácil distinguir la banalidad de la Felicidad. Nadie ignora que no hay pocos casos en los que se cae en banales pasiones y placeres superficiales. También eso forma parte del juego de la vida y su riesgo. 

Kant en su Crítica a la Razón Pura sostiene que el ser humano sólo puede captar la apariencia de las cosas no su esencia. Otro dilema.

Una vez oí a Borges decir que sólo Dios puede vernos como realmente somos, y que nosotros sólo vemos a otra persona como realmente es cuando nos enamoramos de ella; pues la vemos como la ve Dios. Estoy completamente de acuerdo porque yo he visto a una persona tal como la ve Dios y me pareció increíble.

La Felicidad tiene muchos más matices y puede que Antonio Gala tuviera razón cuando decía que la Felicidad es darse cuenta de que nada es demasiado importante. A veces se sufre más de lo que se debe por motivos insignificantes.

También creo que Borges leyó al filósofo Alain cuando éste escribe que: Lo mejor que podemos hacer en favor de quienes nos aman es seguir siendo felices. Borges, tras escribir el poema El Arrepentimiento dijo que él debía de haber sido más feliz, no por él; sino por su madre. 

Cuando he leído a algún escritor escribir acerca del arrepentimiento, siempre he sacado como conclusión que se arrepentían más de lo que no habían hecho, que de las empresas a las que se habían lanzado aunque se los comiera el fracaso. Escribe Albert Camus, que como buen existencialista era muy pesimista, que: Puede que lo que hacemos no traiga siempre la Felicidad, pero si no hacemos nada no habrá Felicidad. 



¡Al abordaje!, pues.

Goethe también cree que la Felicidad llega de forma más absoluta entregando dones que recibiéndolos y escribe que el hombre más feliz del mundo es aquél que sabe reconocer los méritos de los demás y puede alegrarse del bien ajeno como si fuera propio. Una vez estuve interno cinco años en un colegio donde una de sus máximas era: Alegrarse de los éxitos, premios y progresos del compañero, porque también son éxitos propios. Ahora valoro ese artículo de nuestro decálogo más que antes. El tiempo que no consume, sino que diluye ambiciones.

No puedo dejar de citar a un gran filósofo, a quien yo estimo mucho y del que he visto todas sus películas, Groucho Marx, que posiblemente tenía algo de razón cuando dijo: Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna...
Borges escribe lo mismo de una manera más piadosa en el relato Utopía del hombre que está cansado: ¿Dinero?, repitió. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio.

Pero si alguien me pregunta cómo definiría yo la Felicidad, su existencia y su devenir en la vida de los hombres me quedo con Arquíloco (siempre los Clásicos) y su poema


Corazón, corazón turbado por pesares invencibles levántate,
defiéndete del contrario ofreciendo tu pecho de frente.
Detente con firmeza ante las emboscadas de tus enemigos.
Mas si vences no te jactes ante todos,
ni si eres vencido llores encerrándote en tu casa.
Disfruta de los momentos felices, y de los malos tiempos no te duelas demasiado.
Comprende que a los hombres los domina la alternancia.

Yo, al final, he comprendido que el destino de los hombres los domina la alternancia y a ella hay que adaptarse. No hay otra manera de vivir momentos felices porque las épocas felices no existen.






Las fotos son de Argentina, y siempre soñé con subir esas cataratas con el saco de mis pecados a cuestas a buscar la misión Jesuita que se hallaba escondida entre sus bosques. Las hizo mi amigo Rafa con quien anduve por lugares donde convenía ir obscuri sola sub nocte per umbram. Con Virgilio hasta la muerte.

domingo, 17 de marzo de 2013

BOUDICA, REINA DE LOS ICENOS



Regions Cæsar never knew 
Thy posterity shall sway
Where his eagles never flew
None invincible as they.

                          William Cooper

Las regiones que César nunca conoció
La dominará tu posteridad
Donde las águilas de César nunca volaron
nadie tan invencible como Tú.





Aterrizamos en el aeropuerto de Stansted en uno de esos aviones en los que tienes que dejar el equipaje de mano bajo los pies, donde venden cigarrillos electrónicos para los fumadores compulsivos que dejan escapar vapor de agua y algún que otro latido, en donde te apañan el billete de metro o autobús a Londres y, para finalizar el vuelo, organizan una tómbola.

He de decir, a favor de la tripulación de cabina, que todo ello lo hacían con una sonrisa y sin dejar de dar ánimos a todos esos jóvenes, cuyo futuro se está comiendo esta crisis con la que se toparon sin merecerlo, (que merecieron otros que no la sufren) y que volaban a Londres a buscarse la vida con miedo y con valor, como van todos los soldados al combate: “Yo también salí de España con una maleta y dieciocho años. Ya veréis como todo sale bien”.

A aquellos dos chicos que estaban sentados junto a Jorge espero que les haya ido muy bien. A ellos dos, y a todos los demás, que eran muchos: “Ahora son las Olimpiadas y nos han dicho que hay trabajo”. “Seguro que sí”, les dije. “Jorge, dales un par de besos, que se lo merecen”, y Jorge, con siete años, les da un par de besos y no entiende por qué yo he dicho eso.

Nosotros íbamos a ver a unos amigos, hijos de Withman y de Cristo, que desde la lejana Utah llegaron a la lejana Toledo y desde la lejana Toledo volaron a la lejana Cambrigde.

Llovía cuando aterrizamos. El campo inglés estaba verde, color aceituna y brillante de humedad. Con ese paisaje y en esa tierra no me quedaba más remedio que abrir los Anales de Tácito, agarrar las armas y acompañar a la reina Boudica al combate contra las Águilas de Roma.




El rey Prasutagus acababa de morir, y había declarado herederas a sus hijas y al César de Roma, ya que al  no tener hijos varones, (como siempre el daño a los derechos de la mujer), pensaba que ese tipo alianzas preservarían al reino Iceno. Se equivocó. Roma no tardó en reclamar para sí el territorio Iceno y la dote que ahora, tras la muerte del rey, estaba encomendada en el testamento a la reina regente Boudica.

Llegaron como lobos. Los vi entrar en la oscuridad con sus antorchas y con palabras latinas que supuraban de sus bocas, tan lejanas de aquella poesía que yo amaba y que hizo grande el latín. Pude oírlas con total claridad. La reina se negó a este abuso y no tuvieron contemplaciones. Con horror vi como era sacada de palacio a golpes, cómo fue desnudada y azotada, ella, una reina, ante los impúdicos ojos de los invasores. No se pararon ahí, Ella, una reina, sufrió la afrenta de ver a sus hijas, unas niñas, violadas por los asaltantes mientras el látigo se cebaba con su carne.

Y escribe Tácito en sus Anales: "Y como si de toda aquella región se hubiera hecho un presente a los romanos, fueron despojados los principales Icenos de sus antiguas posesiones, y los parientes del rey puestos en el número de los esclavos.
Movidos, pues, con estas afrentas, temerosos de otras mayores, y viéndose ya reducidos a sujeción en forma de provincia, arrebatan las armas después de haber incitado a la rebelión a los Trinobantes y a otros pueblos no habituados aún a la servidumbre, y en sus secretas juntas habiendo jurado de comprar la libertad con la vida; mostrando particular aborrecimiento a los soldados veteranos; porque llevados poco antes a poblar la colonia de Camaloduno, los echaban de sus casas, les quitaban sus heredades y posesiones, llamándolos cautivos y esclavos. Favorecían también los demás soldados la insolencia de los veteranos jubilados, por la conformidad de la vida y por la esperanza de tener la misma licencia". 


Parece que no había más salida que la guerra y en ella me alisté. No era la primera a la que iba, pero ni aún así me desprendía del miedo y del valor. Boudica recogió su cetro hecho pedazos y con la fortaleza de sus palabras nos llevó a todos al combate.
Primero cayó Camulodonum (actual Colchester). No hubo piedad.Todos fueron pasados a cuchillo por las huestes embravecidas por las palabras de la pelirroja, afrentada y, a la vez, arrogante reina Boadicea, como la llamaban los romanos.
No distinguimos a soldados, ni a esclavos, ni a mujeres, ni a niños, todo lo que olía a Roma o a sus secuaces fue quemado, violado y destruido. Pagamos con la misma moneda de César porque el dinero no tiene ni alma ni frontera, y le dimos al César lo que era de César y a los dioses les dimos aquello que les pertenecía: el alma de nuestros enemigos.

Leo el XXXII de los Anales de Tácito y veo el futuro:

"Entre estas cosas, en Camalodonum cayó una estatua que allí había de la Victoria, sin ninguna causa aparente, vuelta con el rostro en contrario de donde podía venir el enemigo, como cediendo y dándole lugar; y las mujeres, llevadas de un furor desatinado, cantaban que estaba ya cerca la destrucción de aquellos pesados huéspedes romanos. Y el ruido y los bramidos espantosos que se oyeron en las casas del ayuntamiento, el eco de terribles aullidos en el teatro, y cierta visión o fantasma que se vio en el reflujo del mar, amenazaban la total destrucción de aquella colonia.
Tras esto, el ver al océano de color de sangre, y las figuras como de cuerpos humanos que iba dejando impresas en la arena el agua a su menguante, así como los ingleses lo tomaban por buen agüero, asimismo causaba en los veteranos particular terror.
Mas, porque Suetonio se hallaba lejos, pidieron socorro a Cato Deciano, procurador de la provincia, el cual les envió solamente doscientos hombres mal armados; y en la colonia había pocos soldados, asegurados a su parecer con la fortaleza del templo; aunque por estorbado, los que se entendían secretamente con los rebeldes no abrieron fosos, no levantaron trincheras, ni acabaron de resolverse en descargarse de la gente inútil y quedarse solamente con la juventud, para resistir con ellos al enemigo. 
Estando, pues, así desproveídos y descuidados como en tiempo de paz, los rodea, acomete y entra de improviso una gran multitud de bárbaros, y en aquel primer ímpetu fue saqueado y abrasado todo. El templo donde se retiraron los soldados se tomó por asalto con sóla la resistencia de dos días. Los ingleses victoriosos, saliendo al encuentro a Petilio Cerial, legado de la novena legión, que venía en socorro de los romanos, rompieron la legión y degollaron toda la infantería, salvándose Cerial con los caballos dentro de los alojamientos por beneficio de las trincheras. Atemorizado de esta rota, el procurador Catón, y del aborrecimiento concebido contra él por toda la provincia, a la que su avaricia había hecho tomar las armas, se retiró a la Galia."

La reina en persona degüella tantas gargantas como su sombría espada puede, y un río de sangre oscura en la noche escribe la contienda. La siguiente plaza desolada fue Londinium (la actual Londres). Tampoco hubo piedad en los ojos de Boudica o Boadiccea, como la llamaban sus enemigos.

Suetonio venía a nuestro encuentro con dos legiones; y nuestros más de cien mil mal armados Britanos iban a convertirse en carne triturada. Yo lo sabía porque en la batalla no sólo cuenta la voluntad de vencer o la justicia de la empresa. Los Britanos se ataron a sí mismos colocando los carros de vituallas y a mujeres y niños en la retaguardia. con lo que perdían mucha libertad de acción si se tornaba funesto el combate. De esa forma sólo cabía la victoria. Pero cuando el enemigo ha elegido el terreno, con bosques y montes que achicaban el espacio, impidiendo el movimiento y el flanqueo, no importaba que los superáramos cinco a uno en la batalla. Ya habíamos perdido otro principio general de la guerra: la capacidad de ejecutar nuestros planes y de adaptarnos a nuevas circunstancias. Todo esto ya lo demostró Leónidas y sus trescientos espartanos en las Termópilas; no era suficiente superar en número a las legiones romanas.



.Suetonio ya estaba a la vista y la reina, montada en su carro nos arengó hasta el último momento, como reina y como mujer: 

"¡No es cosa nueva para los Britanos pelear bajo del gobierno de mujeres; mas que, sin embargo, yo, Boudica, quiero proceder, no como descendiente de tan famosos y ricos progenitores; sino para vengar como una de las demás mujeres del vulgo la libertad perdida, el cuerpo molido a azotes y la virginidad quitada a sus pobres hijas; habiendo pasado tan adelante los apetitos desordenados de los romanos, que ni a los cuerpos, ni a la vejez, ni a la virginidad perdonaban, violándolo y contaminándolo todo.
Mas que los dioses favorecerán más a las venganzas justas, como lo ha demostrado bien la Legión degollada que se atrevió a pelear. Los demás o escondidos en sus alojamientos, o buscando caminos por donde huir, no sufrían el estruendo y vocería de tanto número de soldados, cuanto y más el ímpetu y las manos.
Vosotros, si consideráis bien la cantidad de la gente de ambas partes y las causas de la guerra, haréis resolución de vencer o morir en esta batalla; las mujeres, a lo menos, hecha tenemos esta cuenta. Vivan los varones, si quieren, en perpetua servidumbre. No está hecha la esclavitud para la mujer.!"

Díganme qué hombre no agarra la lanza y el escudo y se lanza con ella al combate. Todos fuimos a morir por la reina.

Empecé a recitar el XXXVII de los Anales y en el latín de Tácito, y pregoné el futuro que los Britanos no entendieron. Así que fuimos todos a la muerte:

"Estuvo firme al principio la legión, teniendo en lugar de reparo la estrechura del puesto; mas después que llegados los enemigos a tiro de dardo, hubieron los nuestros gastado, y no en vano, todas sus armas arrojadizas, cerraron impetuosamente en escuadrón apiñado.

No fue menor el ímpetu con que embistió la gente de socorro, y la caballería, con las lanzas en ristre, rompe y atropella cuanto topa y le hace resistencia. Volvieron los demás las espaldas, aunque podían escapar con dificultad, habiéndose ellos mismos cerrado el paso con sus propios carros.
No se abstuvieron los nuestros de matar hasta las mujeres; y los caballos, atravesados con nuestros dardos, hacían mayor el número de los cuerpos muertos.
Grande y esclarecida gloria fue la que se ganó este día, digna de compararse a las antiguas y más nobles victorias; porque hay quien escribe que, con la pérdida sola de cuatrocientos de los nuestros y pocos más heridos, quedaron en el campo degollados al pie de ochenta mil ingleses.
Boudicea acabó su vida con veneno, y Penio Póstumo, prefecto del campo de la segunda legión, viendo el suceso próspero de las legiones catorce y veinte; por haber defraudado de la misma honra a los de la suya, no habiendo, contra las órdenes militares, cumplido las que le dio el general, se atravesó el pecho con su propia espada".

No se abstiene Tácito de denigrar el valor de la reina afirmando que se dio muerte con veneno. No fue así. Como guerrera se dio muerte atravesándose con la espada. Sin miedo al acero. Ningún romano pudo verlo, nosotros sí. Se atravesó con su espada, después de atravesar con la espada a sus dos hijas. No hay libro que recoja este final en sus historias, y para la posteridad ese final nunca existió.

La reina fue enterrada a la manera celta.
Recordé el poema épico Beowulf que volaba recitado de padres a hijos en las plazas y casas celtas:

Command the warriors famed in battle build a bright mound after my burning at sea headland.
It shall tower high on whale Ness. A reminder to my people so that seafarers may afterwards call it Beowulf´s barrow when they drive their ships from a far over the dark waves.

(Manda que se alce en el mismo lugar en que ardiese la pira con su cadáver en el horizonte del mar un altísimo túmulo. Él sobrepasará en altura a la ballena Ness. Un recuerdo para mi pueblo y desde lejos visible para la gente de la mar, y que cuando lo vean desde más allá de las oscuras olas puedan decir allí está el carro de Beowulf. Su rey).

Arde la pira de la reina y yo tengo que volver a casa.

Nos despedimos de nuestros amigos, hijos de Withman y de Cristo y les doy las gracias por su hospitalidad y por su Biblia, y por haberme curado la herida de la pierna, que ellos creyeron que fue en un partido de fútbol en Fulbourn Village, sin saber que yo andaba combatiendo con la reina Boudica contra los romanos.  

Volvimos a coger un vuelo con las maletas en nuestros pies y pronto eché de menos a los jóvenes que sólo llevaban billete de ida. Espero que en el reino de los Icenos les haya ido muy bien. Rápidamente intentan vendernos alguna que otra fruslería en el avión, y me decido con Jorge a echar en la tómbola. Perdimos los euros. Debí hacerle caso a Kug Fut Sé: Nunca juegues, si sabes que vas a perder eres un idiota y si sabes que vas a ganar eres un miserable tramposo.









Lugares:

Las fotos corresponde al Castillo de Mountfichet en Stansted. Es una bonita reproducción de un castillo con pueblo normando, del siglo XI. Dentro hay muchos animales y los niños disfrutan con ellos. Jorge se hizo amigo de un ciervo y casi nos lo tenemos que traer.

No suelo dar muchos nombres de los sitios que visito en los viajes. Creo que todo el mundo debe ir probando y tiene el derecho a equivocarse. Nosotros, hemos cometido todos los errores posibles y algunos dos veces, (esta frase es de Borges, no me resisto a no darle pie en una entrada), pero si alguien va a ir por Cambrigde le voy a dejar caer algunos lugares que pueden ser interesantes.

Nuestros amigos y sus niños Gio y Meg Lucía vivían en Duxford Village, hasta allí fuimos a verlos.

En Duxford Village se puede visitar el Museo Imperial de la Guerra, lleno de aviones y donde a Jorge y a mí nos dio por pilotar un Concorde. En ese mismo lugar y en esos mismos días estaban probando coches de Fórmula 1 y; desgraciadamente, en ese mismo lugar y en esos mismos días María de Villota, pilotando un Fórmula 1 tuvo el accidente. Desde entonces siempre la relaciono con la reina Boudica. Honor y gloria a las valientes.

En Stansted visitamos el Castillo de Mountfichet, con animales para los niños, y el museo de juguetes. Ir con niños tiene siempre alguna que otra servidumbre.

Para comer salchichas, nada como el mercado de Saffron Walden Village, y cerquita queda Audley End House, típica casa victoriana donde uno vive la experiencia de los dos mundos separados que hemos visto en las series Británicas de televisión. Arriba y abajo. Los nobles y la servidumbre. Me recordó a la película Lo que queda del día. En ese mismo sitio nos montamos en el Audley End Miniature Railway; un tren en miniatura. Jorge nos pide que de vez en cuando le alabemos sus gustos. "papi, ya sé que la casa de los herederos de Riyard Kipling está bien; pero ¿podemos montarnos en el tren en miniatura dieciséis veces seguidas?

En Heydon Village, hay un buen sitio para cenar y acabar con la leyenda negra de la comida inglesa: el Pub William IV, que comúnmente se le conoce como La Bruja porque la dueña viste a la manera gótica haciendo juego con el Pub. Se come estupendamente. Platos elaborados y cocina de calidad. Me imagino que sigue así. De postre recomiendo el Eton Mess.

En Cambridge, como no podía ser de otra manera, visitamos esos lugares en los que me hubiera gustado estudiar. El King´s College, el Trinity College, el St. Mary´s, el St. John´s, el Corpus Christy, que suelen tener el mayor número de Premios Nobel por metro cuadrado. Libros, historia y versos: lo necesario para vivir allí.
En Cambridge la calle principal, King´s Parade, está muy animada y hacen un chocolate muy bueno en una de sus tiendas. Visité el Pub donde hace sesenta años se dio cuenta por primera vez del descubrimiento de la cadena de ADN y luego comimos Cornish pasties para el almuerzo. Después intentamos hacer "punting" en el río Cam pero la corriente desapacible no lo aconsejó y porque mi espíritu vikingo aguarda para cuando les hable de Bergen en los fiordos.

El último día visitamos  Wimple State y su granja; y no me podía ir sin jugar un partido con el Chelsea. Me ficharon ese mismo día, eso sí tuve que darles referencias. Nada les dije de mi herida durante los combates apoyando a la reina Boudica. Así que Pete, un amigo de Alex, me prestó unas botas, la equipación y nos fuimos a un bonito campo verde que estaba en Fulbourn Village, jugué medio partido y no lo hice mal, la herida acabó conmigo y no pude llegar al segundo tiempo. Al principio, cuando el resto de jugadores me preguntaban cómo me llamaba y yo se lo decía, no acertaban con el nombre; así que decidieron llamarme Torres. Y con Torres me quedé.

Por cierto, llovió todos los días.

Gracias Emily, por tus libros (Ray Bradbury) y por tu Biblia. ¿Nos vemos en Utah? Espero que antes.







domingo, 10 de marzo de 2013

BORGES, EL ENAMORADO


Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert. 
Völsunga Saga, 27
Tomó la espada Gram, y la colocó entre ellos desenvainada

1964 no fue un mal año. 

En Estados Unidos, el catorce de marzo se televisó por primera vez el veredicto de un jurado. 
Jack Ruby fue condenado a la silla eléctrica por matar a Lee Harvey Oswald, quien antes, presuntamente, había matado al presidente Kennedy con la misma bala. La silla eléctrica se quedó esperando. Pero la bala, la misma bala antigua, sigue sin freno de muerto en muerto y de alma en alma. Esa bala que corre por los labios de Borges, todavía viva.

Esta bala es antigua.
En 1897 la disparó contra el presidente del Uruguay un muchacho de Montevideo, Arredondo, que había pasado largo tiempo sin ver a nadie, para que lo supieran sin cómplices. Treinta años antes, el mismo proyectil mató a Lincoln, por obra criminal o mágica de un autor, a quien las palabras de Shakespeare habían convertido en marco bruto, asesino de César.
Al promediar el siglo XVII, la venganza la usó para dar muerte a Gustavo Adolfo de Suecia, en mitad de la pública hecatombe de una batalla.
Antes, la bala fue otras cosas, porque la transmigración pitagórica no sólo es propia de los hombres. Fue el cordón de seda que en el Oriente reciben los visires, fue la fusilería y las bayonetas que destrozaron a los defensores del Álamo, fue la cuchilla triangular que segó el cuello de una reina, fue los oscuros clavos que atravesaron la carne del redentor y el leño de la cruz, fue el veneno que el jefe cartaginés guardaba en una sortija de hierro, fue la serena copa que un atardecer bebió Sócrates.
En el alba del tiempo fue la piedra que Caín lanzó contra Abel y será muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con los hombres y con su prodigioso y frágil destino.


1964 no fue un mal año.
Aunque Nelson Mandela fuera condenado a cadena perpetua por sabotaje en ese otro juicio histórico que hizo posible que por todos los oídos fuese escuchada su voz y reclamada su palabra por todas las gargantas.
Clamó Mandela al mundo en el juicio:    

No negaré que yo planeé el sabotaje. No lo planifiqué con espíritu temerario, ni porque amé la violencia. Lo planeé como resultado de una sobria y calmada evaluación de la situación política que ha surgido después de muchos años de tiranía, explotación y opresión de mi pueblo por los blancos.

1964 no fue un mal año.
En Estados Unidos el presidente Johnson firmó el proyecto de Ley de los Derechos civiles, que abogaba por la igualdad en derecho de voto, educación y afiliación sindical, y que posibilitaba que blancos y negros compartieran los mismos asientos en los autobuses, otorgándoles el justo derecho a  respirar el mismo aire, con independencia de la raza, color, religión u origen nacional. Un paso más allá de la decimotercera enmienda que defendió un larguirucho hombre de las montañas, cien años antes, y que fue asesinado con la misma bala antigua que viaja de cuerpo en cuerpo y de alma en alma:

Por obra criminal o mágica de una actor, a quien las palabras de Sakespeare habían convertido en Marco Bruto, asesino de César.

1964 no fue un mal año.
La sonda lunar americana "Ranger 7" tomó las primeras fotografías cercanas de la luna antes de impactar contra ella. El primer paso para que el dios Apolo pusiera su alado pie sobre el adorado satélite terrestre. Conquistar la luna, aquello que soñaron todos los poetas, Borges incluido, con más valor que el Oro de los Tigres.


Dos hombres caminaron por la luna
Otros después. ¿Qué puede la palabra,
Qué puede lo que el arte sueña y labra,
ante su real y casi irreal fortuna?
Ebrios de horror divino y de aventura,
Esos hijos de Withman han pisado
El páramo lunar, el inviolado
orbe que antes de Adán, pasa y perdura.
el amor de Endimión en su montaña,
el hipogrifo, la curiosa esfera
De Wells, que en mi recuerdo es verdadera,
Se confirman. De todos es la hazaña.
No hay en la Tierra un hombre que no sea
Hoy más valiente y más feliz, el día
Inmemorial se exalta de energía
por la sola virtud de la Odisea
De esos amigos mágicos. La luna,
Que el amor secular busca en el cielo,
con triste rostro y no saciado anhelo,
será su monumento, eterna y una.

1964 no fue un mal año.
A ti, Borges, el enamorado, puede que te evoque la sombra de haber sido un desdichado. Tu mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías. 
Y puede que no fuera sólo tu pecado. Un hombre puede cometer todos los errores posibles y, algunos, dos veces. Ambos lo sabemos. Cuéntanos, que andamos impacientes, qué pasó aquel año de 1964:


1964

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.


Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido 

nunca, pero no basta ser valiente


para aprender el arte del olvido. 
Un símbolo, una rosa, te desgarra 
y te puede matar una guitarra. 

II 

Ya no seré feliz. Tal vez no importa. 
Hay tantas otras cosas en el mundo; 
un instante cualquiera es más profundo 
y diverso que el mar. La vida es corta 

y aunque las horas son tan largas, una 
oscura maravilla nos acecha, 
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha 
que nos libra del sol y de la luna 

y del amor. La dicha que me diste 
y me quitaste debe ser borrada; 
lo que era todo tiene que ser nada. 

Sólo que me queda el goce de estar triste, 
esa vana costumbre que me inclina 
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.


Pero, tú y yo, Borges, (aunque, hubieras escrito ese poema de arrepentimiento, y el Hacedor hubiera puesto en tus labios la sentencia: Yo que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquél en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbag), sabemos que Matilde Urbag apareció, como una flor de Oriente, lo suficientemente a tiempo como para redimirte de tus remordimientos:

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Ya sé por qué escribiste Ulrika. Ya sé por qué en tu lápida aparecen escritas unas palabras, en inglés antiguo, de la Balada de Maldon: And ne forhtedon na (y sin temer nada); porque tú, al final, como todos los hombres, mereciste un milagro y un beso; y te fuiste de esta morada terrenal sin nada de lo que arrepentirse y sin nada que temer. 

Ulrika, me apartó con suave firmeza y luego declaró:

"Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto que no me toques. Es mejor que así sea."
Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que no se espera. el milagro tiene derecho a imponer condiciones.
Pensé en mis mocedades en Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrika, que me había negado su amor.

Ese milagro, con ansias esperado, ocurrió muchos años después con el nombre de María. Gracias María, María Kodama.

Aunque 1964 no fue un mal año...








Las fotos son de Venecia, donde el poeta ruso Joseph Brodsky se escondía los inviernos para vivir, amar y escribir. Un lugar donde todo el mundo se merece un milagro y un beso. Es mejor viajar allí en invierno. conviene evitar algún que otro turista incómodo.


Las dos puestas de sol corresponden: la primera a la Argónida y la segunda a Ítaca, donde llegué con ceniza en el corazón en un viaje que algún día contaré. Ahora no me está permitido. Una promesa es una promesa.



sábado, 2 de marzo de 2013

LA ISLA DEL TESORO, STEVENSON Y EL VIEJO BUCANERO

Si los cuentos que narran los marinos al son de marinos cantos,
hablando de temporales y aventuras, mares cálidos y fríos,
barcos, islas, perdidos robinsones,
bucaneros y enterrados tesoros,
y todas las viejas historias, contadas una vez más
de la misma forma que siempre se contaron,
les gustan todavía a los jóvenes de ahora
como hicieron conmigo:

¿Qué más pedir? Adelante, pues.
¡Al abordaje!

Pero si ya no fuera así,
si tan graves jóvenes hubieran perdido
la maravilla del viejo placer
de acompañar a Kingston o al valiente Ballantyne,
o a Cooper, combatiendo por bosques y mares.

Bien. !Así sea!

Pero que yo pueda
dormir el sueño eterno con todos mis piratas
junto a la tumba donde se pudren ellos y sus sueños.


 He pasado muchas noches navegando, escuchando a jóvenes pilotos, curtidos oficiales y viejos capitanes de barco que contaban sus ausencias como si la tierra fuera la mar y la mar, la tierra.
He vivido despedidas en muchos puertos, que ésa es una de las servidumbres que tiene el andar rodeado de gente de mar, y he tenido reencuentros que igual traían bajo el brazo una alfombra del Irán que un coral de los Mares del Sur; pero, sobre todo, sus baúles venían cargados de historias. 

El ancla surgió de las aguas y quedó fijada, goteando agua y algas enarenadas. Las velas y largadas restallaron con el viento del amanecer, y casi de inmediato, los barcos fondeados y la tierra empezaron a alejarse, y antes de que, rendido, me tumbase para gozar de ese ensueño, La Española abrió su travesía hacia la isla del Tesoro.

La primera cubierta que pisé, por su voz, fue la del Santiago López. Andaba allí como alumno. Era un barco carbonero que se abastecía de mineral en Asturias y lo llevaba hasta Kenitra y Safí. No fue un mal comienzo. Luego, embarqué en el Castillo de Mombeltrán. El carbón no me dejaba de la mano, ni yo a él.

Cuando hubo que largas velas porque por aquí no había trabajo, lo hice; pensando que los mares no tienen fronteras y que puedes navegar muchos días sin necesidad de pasaporte. Afortunadamente el corazón del mar todavía no tiene dueño. Dibujé en las cartas el rumbo y terminé en Suecia, embarcado en el Gothia. Hubiera deseado embarcar con Melville en un ballenero, pero el destino nos separó y a mí me llevó a Goteborg y al Gothia. Él, todo el mundo sabe dónde acabó.

Pasaron días y semanas. El marfileño Pequod había cruzado lentamente cuatro campos de pesca: el de las Azores, Cabo verde, desembocadura del río de la Plata y el Campo Carroll, lugar situado al sur de Santa Elena.
Fue, mientras nos deslizábamos por estas últimas aguas, cuando, cierta noche serena iluminada por la luna, y las olas pasando como cilindros de plata en medio de un silencio argentino, se vio a lo lejos un chorro plateado. Iluminado por la luna parecía algo celestial, un dios empenachado y brillante que surgiera del mar.

En el Gothia cargábamos pasta de papel en Suecia y la llevábamos a Italia, hacíamos puerto en Palermo, Catania, Nápoles, Sicilia y Civitaveccia donde embarcábamos ropa, telas o vinos que se vendían en Portugal y España; y de allí, de nuevo a tierra vikinga. El Báltico no tiene amigos en invierno. Alguna vez consiguió atraparnos y necesitamos para deshacernos de sus ataduras heladas la ayuda de un cortahielos. ¡Poneos a la estela!

El Gothia duró lo que duran dos inviernos y me enrolé en el Tinny, un petrolero que comerciaba con gasolina y queroseno para aviones. Allí me gané el sobrenombre de "steerman". Llenábamos tanques en Rumania y navegábamos hacia el Canal de Suez, haciendo escala en Estambul, la Bizancio del alma, rumbo a los Mares del Sur. En Vietnam, me cogió aquella guerra en la que los americanos y el vietcong bajaron de la mano hasta El corazón de las Tinieblas y en Haifa, atracados en puerto, llovió sobre el mundo la Guerra de los Seis Días que creo que dura hasta hoy. Puedo jurar que yo sólo pasaba por allí.
En el viaje de vuelta se compraba el carburante en Irak o en Irán, el carburante y alfombras persas. Y de nuevo, de regreso a Goteborg con algunas escalas para hacer negocio.
También, una vez, nos abordaron unos piratas, pero ése fue un problema menor. Una historia extraña que merece un capítulo propio.
El Tinny dejó su alma frente a las costas de Túnez, cuando una explosión en la sala de máquinas reventó las calderas y lo dejó maltrecho; a él y a un tripulante. De los remolcadores, mejor no hablar, pues no se daban a la ayuda si no se declaraba el barco en salvamento, cuestiones del Derecho de la mar, los seguros y la recompensa. El dinero que lo enloda todo, hasta el azul del mar.
Después,...

Frente a mí, a menos de media milla, estaba La Española, navegando con las velas desplegadas. Inmediatamente pensé que iba a caer en manos de aquellos piratas, pero me sentía tan desfallecido, sobre todo por la falta de agua, que ya no sabía si aquello debía alegrame o no; tampoco pensé más en ello, porque la sorpresa se apoderó hasta tal punto de mí, que no pude hacer más que mirar y maravillarme.

Así que nunca dejo de la mano a Stevenson, ni a Conrad, ni a Swift, ni a Melville, ni a Cooper, ni a Pérez Reverte, ni a O´Brien, ni a Kingston, ni a Ballantyne...



Las fotos corresponden a una navegación que hicimos en un barco pirata hasta Isla mujeres, en el Caribe. Nos contaron que recibía ese nombre porque era el lugar en el que los piratas dejaban a resguardo a sus mujeres cuando ellos se dedicaban a sus correrías. No sé si esa etimología es cierta, pero, desde luego es evocadora de otros tiempos más peligrosos.