domingo, 9 de noviembre de 2014

TAN BUENOS CHICOS, PATRICK MODIANO

Si hay un lugar en el que se cumplen todos los sueños, ese lugar se llama infancia y adolescencia; porque luego, con el tiempo, viaje uno al territorio que viaje, sin remedio, empezará a instalarse en él, una cierta melancolía, cuando no desesperación, por el simple hecho de que en el presente nunca somos lo que deseamos en el pasado.

Ahora, muchos años después, sabemos con seguridad que el pasado sólo promete algo diferente de lo que uno sueña, y lo único que podemos pedirle es que, al menos, nos desee suerte.
Desde que ella nos llevaba a cenar, los alrededores de París han cambiado tanto. He paseado mis huesos por todas partes, incluso he estado tres años en La Legión.

Acabo de retomar a Patrick Modiano y he vuelto al colegio donde estudié de niño, el Valvert, con la suerte de que he logrado ver a través del calidoscopio de la literatura mi infancia y mi futuro, saltándome el presente, que es lo más mágico que pueden deparar los libros.

Creo que el señor Jeanschmidit quería acostumbrarnos a nosotros, que éramos hijos del azar y de ningún sitio, a las ventajas de una disciplina y a la sensación reconfortante de tener una patria.
Modiano, aunque no nos conoce de nada, nos vuelve a acercar, a aquellos profesores que tuvimos, con sus manías, de quienes en aquel tiempo ya sabíamos cuál era su destino porque su madurez ya les había caído encima como una losa,  y que se guardaron el secreto de contarnos que la madurez nuestra no iba a ser cómo la pensamos, y que poco iba a contar nuestro nivel de estudios y nuestro dinero a la hora de llamar eso que suele nombrarse con la palabra genérica de felicidad. Cada uno de los antiguos alumnos del Valvert ha tenido una vida y nada es lo que soñaron, y nada es como lo vivieron en el pasado cuando todos eran iguales.

- Sabe usted, ya no me llamo señora Portier…, la vida es tan complicada…
Y llena de revueltas.

Modiano tiene el talento, con breves encuentros, quince o veinte años después por esos azares que nos depara el destino, de que Patrick, que ahora es actor de poca monta, coincida con los antiguos alumnos del colegio Valvert, y en no más de una página nos descubra el pasado que ha tenido cada uno de ellos estos últimos quince años y, sobre todo, el futuro que tienen ahora entre las manos. Para la mayoría de nosotros el deporte fue un refugio. Desgraciadamente, todos nosotros, los antiguos alumnos de Valvert, teníamos inexplicables ataques de depresión, accesos de tristeza que cada uno trataba de combatir a su manera. Todos teníamos, según la expresión de nuestro profesor de química, el señor Lafaure: un tornillo flojo.

Yotlande sigue pensando que el mundo es una fiesta, y se da cuenta de pronto, de una manera casi imperceptible que había envejecido. En los rallyes que seguía frecuentando, cada vez escaseaban más la gente de su edad: el trabajo, el matrimonio, la vida adulta, los devoraban uno tras otro.

Desoto, ese niño mimado, hijo de millonarios, expulsado de Valvert por su actitud displicente y su carácter poco dado a recibir negativas, y ya se sabe que cuando no se aprende de niño a perder ya no se aprende de adulto a vivir, es la ecuación de primer grado que apenas te enseñan en la escuela.
Hay lugares que atraen como un imán a las almas sin brújula y rocas inquebrantables bajo la tempestad. Teníais que ver ahora a Desoto en manos de una mujer ambiciosa que quiere su dinero y que está a punto de declararlo incapaz de regir su propio destino.

Kurt, no quiso abandonar París cuando llegaron los nazis, a pesar de que su abuela intentó persuadirlo, ahora se arrepiente. Allí en su casa, percibí un leve perfume de naufragio en aquel apartamento, un poco como en el de su abuela.

Christian, cuya madre nos invitaba a los dos a cenar los sábados en aquellos alrededores de París que ahora han cambiado tanto, y que recibía en su casa misteriosas visitas, se llenó del moho del futuro que es mucho peor que el del pasado. Aguas temporales por las que se mueve Modiani, como un depredador.

Charell, junto a su mujer, se deslizan por las pendientes de la droga, que la juventud lo llevó al antiguo alumno de Valvert, por otros caminos y otras compañías. Y Newman, ¿qué decir de Newman? Ellas quieren que lo liquide. ¿Quiénes son ellas? Estaba perplejo. Aquella bruma de hacía quince años seguía adherida a la piel, aquel arte que tenía de no responder nunca a las preguntas concretas.

Después de leer a Patrick Modiano, me han entrado ganas de que el azar me vuelva a deparar algún encuentro con aquellos antiguos alumnos del internado del Instituto Social de la Marina, a los que perdí de vista con catorce años y que en mi imaginación yo les escribí su propio futuro que tal vez se haya cumplido nunca. Tan buenos chicos.




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