domingo, 20 de diciembre de 2015

LA VIDA PERRA DE JUANITA NARBONI, ÁNGEL VÁZQUEZ


Cada día me cuesta más trabajo ponerme las medias. Si tuviera ocasión y pudiera ir a Madrid, me compraría un abriguito de entretiempo. Estas cosas, indudablemente son michelines. ¡Tócate bien, Juani! Michelines…

Buscando escritores malditos, las enciclopedias me arrastraron a Tánger. Yo perseguía a esos escritores perdidos de la generación beat y me encontré con la sorpresa de que Jane Bowles me señaló, de entre todos aquellos que deambulaban por Tánger, al más auténtico, al más perverso, a aquél que escribió una gran obra maestra en lengua castellana. La gran obra maestra maldita.

“Vete a verlo”, me dijo Jane Bowles, “deja a todos estos americanos para otro momento, quien merece la pena de verdad es Ángel Vázquez”, “mi pequeño genio redondo”.
Yo no soy quién para recomendar nada; pero, después de las lecturas que he tenido, que nunca son suficientes, creo que, si alguien quiere escribir literatura en lengua castellana, hay dos novelas que no puede ni debe perderse, una es el Pedro Páramo de Juan Rulfo, y la otra es La Vida Perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez, de nombre Antonio para aquellos que lo conocieron.

Y ¿quién es Juanita Narboni?: “Je suis le mensoge qui dit toujours la verita”, “Yo soy la mentira que siempre dice la verdad”

Desgraciada de mí que hasta para conciliar el sueño encuentro dificultades. Y este silencio que me pone nerviosa porque no es normal.

Es cierto que en las dos novelas terminamos ahogados en la soledad y en la infelicidad; pero nadie ha dicho que la literatura sea un camino fácil, ni que leamos tan sólo para divertirnos, ese espacio común donde los dólares quieren instalar a la literatura; y lo están consiguiendo; espero que ésta, como ha hecho siempre, se refugie en los monasterios y no puedan alcanzarla las llamas como durante la Edad Oscura.

¡Anda disimula, hija, que tú también empinas el codo lo tuyo!

Así fue cómo conocí a Juanita Narboni en Tánger, que en un monólogo casi infinito y deslumbrante, tan sólo ella habla en la novela, nos cuenta esa vida de mujer fracasada, ridícula, que cae en su extravío en lo cursi, pero que con su ejemplo marcado por su yo interior nos enseña en carne propia que el camino de la felicidad siempre viaja desde dentro hacia afuera. Es una equivocación pensar que la felicidad llegará desde fuera si primero no la hacemos crecer dentro de nuestra alma.

Son sus propias decisiones la que la han arrastrado a la soledad más absoluta:
Tarde, siempre a todo llegué tarde, hasta para morirme no voy a llegar a tiempo.

Ella poco a poco ha ido asfixiando su propia vida, siempre se ha sentido vigilada por la sociedad, exagerando la moral burguesa hasta límites que van más allá del sentido común. Son sus recelos y desconfianzas, a veces sin fundamento, los que la han llevado a esa situación:

Ahora me mira y me saluda. Te veía venir. Como siempre. Yo también te saludo, mi reina, se te caiga el massaj. Una vez te pedí veinte duros y no quisiste dejármelos. Claro, me saludas por cuestión de préstige. Al fin y al cabo una es una Narboni. Y tú no eres más que una purita mierda que tuviste la suerte de dar con un marido cabrón. Yo te saludo, te sonrío, mira mi sonrisa, falsa como el anillo que llevo al dedo.

Así es Juanita, desde el principio cree que va por el caminito recto; el problema es que ese camino no es el camino de la bondad; sino el camino de la hipocresía, del sufrimiento gratuito, de la discriminación del otro:
Ana María dice que hay tres clases de nobleza: la de la sangre, la del dinero y la mía.

El monólogo de Juanita es prodigioso, el tiempo de la novela nos sobrecoge porque, a saltos, no hace sino encerrarla más y más, en esa letanía de soledad merecida, con un presente fragmentado, un pasado como el único tiempo en el que se puede ser feliz y un futuro desolador.

Actúa como la sociedad le demanda; ni su hermana (No quise por orgullo buscar a mi hermana, cuando más falta me hacía, ésa que andará por Casablanca, Dios sabe con quién), ni su madre (¡Mamá, mamá!, ¿quieres decirme qué significa todo esto?, ¿Qué va a ser de mí?), ni su padre (Nunca lo quise. Me mira con lástima, que es lo que más me molesta. Me mira como si toda mi vida hubiera de ser terrible, como si de pronto yo me convirtiera en una huérfana de la tormenta), ni aquellos, que pudieron quererla, pueden hacer nada por ella (Por querer que no quede, porque tengo reservas de cariño para dar y tomar, pero no me sirven para nada. ¿Para qué me sirven si no puedo utilizarlas y cuando lo he intentado lo he hecho siempre mal?...Orgullosa de mierda); nadie puede ayudarla porque es ella, su corazón y su alma quienes tienen que hacer ese viaje a la bondad, hacia la sociedad que la rodea; aunque sabe, y ese es también su drama, que Tánger se está deshaciendo igual que ella.

La Tánger internacional se está desangrando. Tánger ya no es nada, ni queda nada de él. Si supieras lo que es del Teatro Cervantes, humo y rastrojos como en Manderley, grietas y cardos por donde antes creció la hierba.

Pero, al menos, podemos ir a la tienda de Mariquita, la sombrerera, en la calle Siaguins para hablar en yaquetía, ese lengua mezcla de castellano, árabe y judío, que es un monumento a la pluralidad. Igual por allí, escondido, espía el pequeño Antonio Vázquez y anota en su cuaderno del colegio palabras mágicas que luego pondrá en la boca de esa infeliz de Juanita Narboni, consumida en su propio mundo.

Ya no hay esperanzas ni para Juanita Narboni, ni para Ángel Vázquez, ni para Tánger.









lunes, 7 de diciembre de 2015

FRIEDRICH HÖLDERLIN, CON HIPERIÓN

Una vez, después de contar mi vida, me preguntaron dónde me hubiera gustado haber estudiado; ya que, unos segundos antes, había narrado mi paso por el colegio laboral, por un colegio del Instituto Social de la Marina, un Instituto público de bachillerato con nombre de pintor, una academia militar y la universidad nacional de educación a distancia.

Sin dudarlo, contesté que el lugar al que me hubiera gustado ir a estudiar era el seminario de Tubinga y, además, en el año 1791 compartiendo habitación con Schelling, Hegel y Hölderlin en aquel Tübingen Stift donde ellos soñaron que otro mundo era posible: “como más me gusta imaginarme el mundo es como la vida de una familia, donde cada cual está sin pensarlo, al servicio de los demás; donde todos padre, madre y hermanos, grandes y pequeños, están a disposición los unos de los otros, sin que se medite ni se sermonee sobre ello”.

Ese lugar donde soñaron que otra vida era posible: ¿qué es todo el saber artificioso del mundo, qué es toda la orgullosa emancipación del pensamiento humano comparada con los tonos espontáneos e inocentes de aquel espíritu que no sabía lo que sabía, lo que era?

Ahí iré a estudiar, al seminario de Tubinga donde Holderlin soñó que otra forma de amar era posible: ¡Oh, qué vale todo lo inmortal que los hombres pensaron e hicieron durante milenios frente a un momento de amor! - ¡Es también lo más logrado, lo más hermosamente divino de la naturaleza! A él conducen todas las gradas desde el umbral de la vida. ¡De él venimos a él vamos!


Siempre he pensado que entraría por el arco principal del seminario, subiría unas escaleras de madera y en la primera planta giraría a la derecha para coger un pasillo por el que la luz corre como un río de oro y me pararía ante una puerta en la que hay pegado un pequeño letrero con tres nombres: Friedrich Hölderlin, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Friedrich Schelling. Tres Friedrich, más grandes que el mismísimo emperador Friedrich II, al que soñaban con destronar con los vientos de la revolución francesa: “Ya no es tiempo de Reyes”.
Conquistarás, y olvidarás para qué, conseguirás por la fuerza, si todo va bien, un Estado libre para ti y entonces dirás: ¿para qué lo he construido? La lucha salvaje te destrozará alma hermosa, envejecerás, espíritu venturoso!: y cansado de la vida al final preguntarás: ¿dónde estáis ahora vosotros ideales de juventud?

Llamaré a la puerta de esa habitación del seminario de Tubinga. Desde dentro me dirán que pase, ni Schelling ni Hegel están dentro, tan sólo veo a Holderlin, el único poeta que renunció a todo por la poesía, su amor, su vida, su futuro; el único poeta que fue devorado por la esencia de la propia poesía, sin más destino que los versos, sin otro posible fin que la locura. Él todavía no lo sabe.

Yo, en la bolsa, llevo un libro de Heidegger, que me he puesto a leer en un banco junto al río Néckar y en el que se ve la torre en la que Holderlin estuvo 37 años encerrado y loco, llamándose Scardanelli: La esencia de la poesía, tal cual la funda Hölderlin, es en grado sumo un acontecimiento histórico; porque “poéticamente es como el hombre hace de esta tierra su morada”.

Cuando escucha los golpes en la puerta dice con voz queda: “adelante” y yo paso con una sonrisa porque voy a conocer al único poeta verdadero, al poeta que no quiso mancharse más que con poesía, que fue capaz de decir cómo debía ser el mundo, el nuevo mundo renacido en su Suavia natal; y que tanta gente perversa, empezando por el nazismo, usó para su mal.

En ese momento anda traduciendo el Áyax de Sófocles: Vosotras, aguas del Escamandro, vosotras que tan amablemente acogisteis a los argivos, ¡vosotras no me veréis nunca más! - ¡Aquí yaceré sin gloria!
¡Qué importa la gloria si la poesía me ha impedido tener a Diotima!

Yo sé quién es Susette Gontard, yo sé que ella va a adorar al poeta y que tras su marcha llorará lágrimas de sangre: <<Es como si mi vida hubiera perdido todo significado; solo por el dolor sigo notando su existencia >>
El poeta no tendrá ni tendrá sangre, sólo versos: Construyo a mi corazón una tumba para que pueda descansar en ella; me encierro en mi mismo como una larva, mientras dura el invierno; con recuerdos venturosos me protejo de la tempestad.

Le pido permiso para sentarme y le digo con alegría que voy a pasar cinco años estudiando con ellos en el seminario; y que, si bien sé que no estoy a su altura, espero que entiendan que no es más que un sueño; por lo que es permisible todo mi atrevimiento.

Todavía cree que la regeneración del  país es posible, concibe la construcción del gobierno con las palabras libertad, igualdad y justicia social; y se va a adelantar al oscurantismo de los regímenes que llegarán dos siglos después con la claridad con la que sólo ven los poetas:

Me parece que tú concedes demasiado poder al Estado. Este no tiene derecho a exigir lo que no puede obtener por la fuerza. Y no se puede obtener por la fuerza lo que el amor y el espíritu dan. ¡Que no se le ocurra tocar eso o tomaremos sus leyes y las clavaremos en la picota! ¡Por el cielo!, no sabe cuánto peca el que quiere hacer del Estado una escuela de costumbres. Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno.

Sin querer se ha anticipado dos siglos a los regímenes comunistas y fascistas, los Gulags y los Auswitch Bikernau, que tan perversamente usaron su nombre.

En la disputa que mantuvieron por carta Hölderlin y mi adorado Cortázar, señora Bauchot, defiendo a Hölderlin, porque el Estado, querido Julio, es creación humana; pero el alma, amado Hölderlin, es creación de Dios.

Agarro la Prosa del Observatorio de Cortázar y vuelvo a leerla: “Señora Bauchot, alguna vez Thomas Mann dijo que las cosas andarían mejor si Marx hubiera leído a Holderlin; pero vea usted, señora, yo creo con Lukacs que también hubiera sido necesario que Holderlin leyera a Marx; note usted qué frío es mi delirio aunque le parezca anacrónicamente romántico porque Jai Singh, porque la serpiente de mercurio, porque la noche pelirroja.”

No, querido Julio, he adorado cada paso que diste por París, pero ahora no tengo más remedio que echarme en los brazos libertarios de Hölderlin, sabiendo que somos hijos de la tierra hechos para amar, hechos para sufrir.

Soy feliz sabiendo que voy a pasar cinco años de mi vida en el seminario de Tubinga tratando de cambiar el mundo, así que he dejado pasar la ocasión que se me brindó de estudiar cinco años en una Academia militar.
Para conducir a mi pueblo al Olimpo de divina belleza, donde mana de fuentes eternamente jóvenes lo verdadero con todo lo bueno, carezco, aún hoy, de destreza. Pero a servirme de una espada sí he aprendido, y no necesito más por ahora. La nueva liga de los espíritus no puede vivir en el aire, la sagrada teocracia de lo bello tiene que morar en un Estado libre, y él precisa de un lugar en la tierra, y este lugar lo conquistaremos nosotros.



























sábado, 28 de noviembre de 2015

EL CURRICULUM VITAE DE UN POETA



Para aprender sobre todo tipo de artes y de ciencias, siempre recomiendo empezar por los  poetas. Por regla general, creemos que los poetas son ese tipo de gente revuelta entre letras y pasiones sin más razón de ser que el verso y sus latidos, alejados de toda vida práctica. Pero si se les lee con otro tipo de lentes se sacan conclusiones muy útiles para la vida.

Voy a poner dos ejemplos: hablar en público y rellenar un curriculum vitae.

En cuanto al primero, hablar en público, debemos de hacer caso a don Jacinto Benavente, Premio Nobel de Literatura, (aunque hasta mi amado Borges tuviera el vicio de no leerlo), que exponía que el buen orador improvisa lo que dice y se prepara aquello que no va a decir.
En esa sencilla frase está definido lo que se debe hacer para hablar en público y que, al menos, un par de palabras nuestras se recuerden a la salida de nuestro parlamento; ésa es la diferencia entre una conferencia áspera y una amena.

Mi profesor de Lengua y Literatura Latina, don Bernardo Souvirón, comentó en una clase que, de cuanto pueden contarnos, lo que permanece para siempre en la memoria es la anécdota; por eso si queremos que alguna enseñanza perdure y que el paso del tiempo no lo empañe debe venir en los brazos de ese tipo de fábulas.
Y Borges extrajo de su experiencia adquirida por las muchas conferencias que dictó que los oyentes siempre preferían lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto; y por ese camino dirigía sus palabras.

Yo aún no he conseguido llevar a buen término el consejo de don Jacinto en su totalidad; aunque ahora, que la presbicia se está adueñando de mí, cada vez encuentro más difícil el darme a una conferencia leída y andar continuamente quitándome y poniéndome las gafas. Así que la mala salud de mis ojos me está obligando a improvisar lo que digo y a prepararme concienzudamente lo que no voy a decir, por las malas pasadas que me juega el movimiento de esas letras escritas que no se están quietas cuando me quito o me pongo las gafas. Y, cada vez, me va mejor cuando hablo en público…

En relación al segundo ejemplo, cuando he tenido la ocasión de recibir algún curriculum vitae por motivos laborales; o he tenido que confeccionar el mío buscando algún hueco nuevo donde trabajar; siempre me ha venido a la mente Félix Grande, ese poeta manchego que recomienda no volver nunca al lugar donde uno ha sido feliz:

Normalmente uno se presenta enumerando la relación de sus victorias, la relación de sus aciertos, sus premios, sus diplomas, sus acontecimientos vitales y dice éste soy yo. Creo que no es del todo cierto, la experiencia de mi edad me hace dudar de lo que era cierto y de lo que no lo era; y creo que el verdadero curriculum vitae sería entregar una página en la que lo que está enumerado no fuesen las victorias, sino las derrotas.

Creo que nuestro verdadero rostro lo define mejor la enumeración de nuestros fracasos, de nuestras tinieblas, de nuestros cuidados que la enumeración de nuestras victorias.

En nuestro curriculum vitae no debería faltar la noche que estuvimos sin dormir porque nos habían humillado y no respondimos como debíamos a la humillación, o aquella vez en que alguien dejó de amarnos, o peor todavía, cuando fuimos nosotros quien dejamos de amar, o aquella tentativa que hicimos y no pudo cumplirse y se desmoronaron unos cientos de sueños, y nuestras lágrimas, o los lugares que por miedo o vergüenza no visitamos, o...
No seríamos nosotros sin que en nuestro curriculum apareciera todo eso que confesamos a solas y de madrugada.

Así que siempre que recibo un curriculum, o confecciono el mío, pienso que allí tan sólo hay escrito un cachito de verdad. Pero..., sigamos manteniendo nuestros escondidos secretos aunque todo el mundo sepa que la verdad está formada por éxitos y fracasos, por encuentros y abandonos, por futuro y por pasado, por tentativas fallidas y por tentativas logradas, por dolores sin medida y por gozos sin freno; que eso es la vida, la Vita-Vitae.

Por orden , narremos la caída: no parezca
lujo el susodicho ay. Nacer (he aquí la cuestión)
cómo has nacido, dónde has nacido, para qué has nacido.

En el mil novecientos treinta y siete
(quiero decir, vean crónicas, en ese monstruoso
revulsivo, que luego llaman la primera piedra)
caí en este andadero, o derrotero;
más claro: en guerra; más lírico: en fraterna matanza,
cuando cartas son biblias (¡ay destinatarios!);
más concreto: cuando
mueren mueren mueren mueren destrozados unos
y otros y unos y otros, y
entonces naces:
madrina Amparo viene a tu bautizo un día de bombas,
se celebra un modesto llanto por la ausencia de papá soldado,
faltaban dulces, faltarán,
mamá inunda tu boca de leche con memoria
en que bebes su poderosa pena que ella repostaba
en las salas del hospital de sangre sito en Mérida,
otrora Emérita Augusta.

Mamá desvenda muñones, rebobina quejidos,
pelea contra coágulos y desgarrones femeninamente,
espoelea sus retinas frente a las hemorragias,
se quema en lamentos cocidos, se hiela entre el cierzo de los
          moribundos,
solloza para dar ejemplo;
y después me ponía sus trágicos pezones en la boca,
ebrios de obuses, apresurados de sobrevivencia casual,
para que yo chupara mi destino
y cojeara luego con la niñez sin tronos
(faltaban dulces, faltarán)
oh cálido bautizo, oh pesadilla, oh fuego de la escarcha, 
fuego,  fuego!

Memoria: humeas. –Con aquel bagaje
fleté en el tiempo, con aquellas muletas
di en correr adolescencia adentro;
me fui poblando poco a casi nada
y toda cosa nunca pude olvidar si era sombría;
hasta que un día supe que mi aquella
enfermedad novena del nacer (he aquí la cuestión)
abdicó sobre esta larga convalecencia con recaídas en que ahora
            consisto
y a la que llamo mi existencia, proféticamente.

...nosotros estuvimos
aquí: sobre la vida.

Cruzábamos las calles
con velocidad íntima,
rozábamos los picos
nobles de las esquinas
hasta que nuestras manos se callaban y oían.
anduvimos ciudades,
caminos, campos, vías,
andenes; anduvimos
naciones; geografía
fue vivir; una lenta,
sublime geografía.
Amábamos los árboles 
hasta la sombra...

Y así, hasta mil y un versos continúa el curriculum vitae de un poeta, Félix Grande, grande de verdad.



sábado, 14 de noviembre de 2015

UNA MUJER EN BERLÍN


Mientras zurcía el liguero destrozado en una violación, una mujer anónima, escondida entre los escombros en los que las bombas aliadas habían convertido a Berlín, pensaba: Lo que mañana ocurra me da igual..., nos han dirigido delincuentes, malnacidos y tahúres, y nosotros nos hemos dejado conducir como las ovejas al matadero.

Entre las muchas historias que pueblan la Segunda Guerra Mundial, en la estantería BR-I-34 de una biblioteca que se caracteriza por saber, y mucho de guerras, encontré un pequeño volumen con fondo rosa de la editorial Anagrama que me llamó la atención por dos motivos fundamentales: el primero que era un testimonio relatado por una mujer durante los días que siguieron a la toma de Berlín por parte de los aliados; y el segundo porque, esa mujer, quiso que el libro no llevara su nombre sino que se publicara anónimamente. Lo hizo un editor norteamericano en 1954.

Los libros de Historia rara vez han pintado el papel de la mujer en las guerras, y si alguna vez lo han hecho fue para seguir coloreando esa imagen que desde los antiguos griegos ha tenido la mujer en la piel de Penélope y cuyo principal papel era esperar a su marido después de veinte años ausente:
Mientras los hombres combatían en una guerra devastadora lejos de casa, las mujeres resultaron ser las heroínas de la supervivencia entre las ruinas de la civilización.

La guerra se acerca a Berlín y ninguna de ellas puede imaginarse lo que les espera. Ahora que todo ha desaparecido y sólo me queda una maleta pequeña con ropa, me siento desnuda y ligera. Ahora todo es de todos, apenas se tiene apego a las cosas. Mi centro vital es la barriga. Todo pensamiento, sentimiento, deseo y esperanza comienza en la comida. Me he convertido en una persona hambrienta de verdad. 

No, mi querida mujer anónima, lo peor todavía está por llegar. Los refugios se están llenando de gente que si alguna vez tuvo orgullo, lo ha perdido para siempre, pueden leerse sus almas devastadas. Algunos vienen del barrio de Adlershof que acaba de ser bombardeado con dureza. Cuando llega la metralla ya, salvo el pan o el oro, nada vale absolutamente nada: La radio, la cocina de gas, la calefacción, el hornillo eléctrico, todos esos grandes regalos de la era moderna no son más que un lastre inútil cuando falla la Central.

No, mi querida mujer anónima, lo peor todavía está por llegar. Ya se acercan por la Berliner Strasse y por la Braunamer Strasse: ¡Ya somos rusos!, los tanques están pasando ahora mismo por debajo. Los Ivanes sonríen. Todo el pueblo está en la calle clamando, ríen y hacen señas.

Y es ahora, mujer anónima, cuando llega lo peor, cuando empieza el horror:

Esta tarde ha llegado el pánico al refugio. Han entrado buscando mujeres. El primero se encaminó a la fabricante de licores. Ella se defendió. A nuestra mujer anónima, alta, rubia que trabajaba en una editorial, la han sacado a rastras: asquerosos me violáis dos veces y me dejáis ahí tirada; pero eso no es lo peor: vienen muchos más; sólo uno por favor, sólo uno, eche a los otros. Usted mismo si quiere; pero sólo uno. La muchacha refugiada balbucea que ya no aguanta más que se ve morir. Me siento pringosa, no quiero tocar ningún objeto, ni siquiera quiero tocar mi propia piel. ¿Qué significa violación? ahora ya puedo pensar en su significado. Todo sentimiento parece muerto. Tan sólo sobrevive el instinto de supervivencia. Éstos no me destruirán, no.

Pensando, ha encontrado la solución que una mujer bella puede tener en ese salvaje mundo en el que se ha convertido Berlín: Aquí hace falta un lobo que te defienda de los demás lobos. Un oficial del más alto rango, lo que pueda pillar.

A las mujeres jóvenes se las mantiene escondidas. Soy una muñeca insensible, a la que se agita, se da vueltas, una cosa de madera. No les importa que sus maridos estén presentes; o los encierran o los mandan fuera. Hemos sobrevivido otra noche. Y de paso, sobre nosotras pende la posibilidad de quedar embarazadas. Sólo siento asco de mi propia piel. Estamos privadas de derechos, somos presas, basura.

Pues, ya ha llegado lo peor, mujer anónima, a partir de las ocho comienza el habitual desfile de soldados rusos, toda clase de hombres dando vueltas en torno a mí, intentan tocarnos..., al final sólo es cuestión de coger toda esa carne derrotada y utilizarla; y si mueren, que mueran gritando: ¡Todo se lo debemos al Führer!

Estoy tan escocida, tan hecha polvo, me resisto..., y él escupe ante mi cama, escupe desprecio. Nuestra comunidad humana está basada en el miedo y en la necesidad.

Una doctora, que se merece una estatua que nunca le pondrán, ha salvado a muchas niñas muy jóvenes de la violación porque inventó la estratagema de que padecían tifus. Sólo ellas se han salvado, ni las viejas, ni las que tienen el rostro desfigurado lo hacen, una mujer para ellos es una mujer.

Me alivia un poco la lectura el saber que esa mujer anónima ha conocido a un ruso que perdió a su esposa y a sus dos hijos en un ataque aéreo alemán, y ha perdonado; y que siente vergüenza por todo lo que está sucediendo en Berlín.

Ni siquiera lo que hicieron los nazis justifica las violaciones, asesinatos y expolios. No hay justificación para ninguna inhumanidad; y menos que nadie la pueden ejecutar los vencedores.

La culpa nunca es colectiva, la justicia nunca es colectiva, el pecado nunca es colectivo; el bien y el mal está plenamente definido en el alma humana, con religiones o sin ellas. Y desde luego se echó de menos, que un Tribunal de Derechos Humanos actuara después de la guerra en consecuencia. Más de un millón de mujeres sufrieron violaciones, miles de ellas (los números se acercan a cien mil) murieron por los padecimientos sometidos durante las múltiples violaciones o, posteriormente, por las heridas sufridas o en los abortos que se hacían practicar.

Se echó de menos, un poco de justicia después de la guerra, igual que a mí me ha dolido terminar el libro y sentir que esta mujer anónima tenía la sensación de que lo que le estaba sucediendo era un ajuste de cuentas que Alemania y las alemanas merecían.

No, mujer anónima, nadie merece la humillación, nadie merece el dolor por simple venganza, todos merecemos justicia. La ley y toda la fuerza de la Ley; con justicia. Vosotras también; aunque todo se lo debierais al Führer.




















sábado, 31 de octubre de 2015

KAVAFIS, RECUERDA CUERPO

A Alejandría me llevaron unos conjurados que creyeron que la Humanidad sólo podía ser redimida y salvada por el fuego; y que ciegos, profesaron la doctrina de Heratos de Tracia. Sin otro destino y sin poca razón, se dieron a la quema del Bruchion, de su gran biblioteca y de los almacenes bibliográficos de su puerto.

Aquel día de noviembre del año 48 antes de que naciera ese Cristo, a quien llamaban sus seguidores el salvador, fueron quemados veinte tratados de Herón de Alejandría en el que se desarrollaban sofisticadas cajas de engranajes y una máquina de vapor que transmitía una fuerza enorme proveniente de la presión de los líquidos convertidos en aire. Heratos temía, y así lo defendió siempre, que la construcción de esos aparatos para cada una de las personas del mundo haría el aire irrespirable y toda esa presión en la atmósfera reventaría el planeta que el hombre habita. También, perteneciente a Herón de Alejandría, fue pasto de las llamas su obra Autómatas en la que describía máquinas que podían sustituir a las actividades humanas y que La Conjura intuía suplantadoras no sólo del cuerpo sino, en un lejano futuro, también del alma del Hombre.

El fuego devoró los tratados de Herófilo, quien explicaba que ciertamente la inteligencia vivía en el cerebro y no en el corazón. Destruyó los rollos en donde Apolonio de Pérgamo demostró las formas de las secciones cónicas; y acabó, para siempre, con la mayor parte de las obras de Sófocles, Esquilo y Eurípides que dieron forma con la palabra y el verso al espíritu humano y su falsa y violenta moral.

Eratóstenes, que calculó el diámetro de la tierra y sostuvo que se podía llegar a la India navegando rumbo a Occidente también pagó su tributo. Muchas de las obras de Arquímides, Euclides, Hiparco y Galeno tampoco se salvaron, aunque hayan pasado a la Historia por descubrimientos menores.

Otros autores que fueron enormes en sus creaciones, hallazgos y estudios, y que hubieran podido hacer palidecer al mismísimo Homero, desaparecieron para siempre. Nada importa ya saber sus nombres y yo no los mencionaré aquí. Desde siempre la Historia ha escrito y ha borrado nombres a su antojo en función de aparentes victorias o derrotas. Lo que sí quiero expresar en este legado es que sin aquella Conjura que nació en Alejandría por boca de Heratos, el mundo hubiera marchado con la velocidad destructiva que va ahora, posiblemente, veinte siglos antes. Eso le debemos a Heratos y a La Conjura de Alejandría.

Cuando supe con certeza que todos los conjurados, incendiarios de libros, se habían llevado su merecida muerte, encierro o esclavitud; decidí que, ya que estaba en Alejandría, iría a visitar a ese funcionario gris, que va y viene de su rutinario trabajo en la oficina de Riego del Ministerio de Obras Públicas, por ocho libras mensuales, buscando un roce furtivo con otro hombre en las tiendas que le caen de camino a casa. Sabe que no es fácil cambiar y, mirando las nubes, recuerda a Horacio, para escribir sobre un papel que en los viajes podrás ver otros cielos diferentes; pero, que el alma sólo tú puedes cambiarla:

Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

Está mal contratado y mal pagado por su condición de griego en Alejandría. Los británicos, tras una revuelta, han bombardeado la ciudad y han destruido su casa por esa terrible ley científica y aleatoria que lleva aparejada todo bombardeo. Me gustaría acompañarle durante la noche. Esas noches en las que se refugia, ya con treinta años, en los burdeles escondidos para hombres en Alejandría.

Sabiendo que para nosotros Alejandría está perdida. Aunque, desde luego, no vamos a llorar como niños porque Alejandría y el millón de sueños que tuvimos desaparecieron como lágrimas en la lluvia.


Preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño, que te engañó tu oído:
no aceptes tales esperanzas.
Preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
dile adiós, a la Alejandría que pierdes.

Nos sentamos en un café del puerto y le cuento que estoy preparando un viaje a Ítaca con una mujer, y que espero que nuestro viaje sea largo, pleno de aventuras, pleno de conocimientos. Me pregunta por ella y le enseño unos papeles. Me ha hecho mil anotaciones y sobre la primera línea ha puesto un título: Un Viaje a Ítaca, deseándome:

Que sean muchas las mañanas de verano
en que con dicha, con alegría
entres a puertos nunca vistos.



Me pregunta qué tal por Europa; y le respondo que como siempre; ahí estamos esperando a los bárbaros. Yo todavía no los he visto; pero a mí no paran de decirme en los telediarios, por la calle, en el autobús y en los cafés que existen; que si ahora vienen desde el sur, que si ahora están entrando en oleadas por el este; así que de momento, en Europa, seguimos esperando a los bárbaros:

-¿Qué esperamos reunidos en la plaza?
Es que los bárbaros van a llegar hoy día.

-¿Por qué hay en el Senado tal inactividad?
¿Por qué los Senadores están sin legislar?
Porque los bárbaros llegarán hoy día.
¿Qué leyes van a hacer ya los Senadores?
Los bárbaros cuando lleguen legislarán.

-¿Por qué tampoco los valiosos oradores no acuden como siempre
a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?
Porque los bárbaros llegarán hoy día;
y los aburren las elocuencias y las arengas.

-¿Por qué comenzó de improviso esta inquietud
y confusión? (Los rostros qué serios que se han puesto.)
¿Por qué rápidamente se vacían las calles y las plazas
y todos regresan a sus casas pensativos?
Porque anocheció y los bárbaros no llegaron.

Y unos vinieron desde las fronteras
y dijeron que los bárbaros ya no existen.

Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.
Esos hombres eran una infalible solución.

Tomamos un café turco y sobre los posos se leían las líneas circulares de un futuro lleno de bárbaros. Constantino Cavafis sonríe y me dice que no tenga miedo, que no tema ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes, ni al irritado Poseidón, que tales cosas nunca hallaré en mi camino, si elevado se mantiene mi pensamiento, si no los llevo en mi alma.

He quedado con él para salir esta noche a esos lugares escondidos para hombres. Ya está bien de secretos.





Perdido en la tabernas 
y en los burdeles de Beirut, malvivo;
no quise quedarme en Alejandría.


lunes, 26 de octubre de 2015

TERESA DE JESÚS, EL LIBRO DE LA VIDA, DE NUESTRA VIDA




Anduve en Ávila dos años en diversas ocupaciones; allí me di a la Logística, la Contabilidad y al Derecho por esas mañas que se da la vida de colocarnos en toda clase de situaciones y lugares, a veces elegidos y otras por necesidad.

Yo sabiendo que iba a Ávila escogí cuatro libros para meter en mi bolsa de viaje: El Libro de la Vida, Las Moradas, Las Fundaciones y Camino de Perfección; sabiendo que ella, tal como escribió Cernuda, andaba oculta como la flor en la soledad del libro.

Ya toda me entregué y di
Y de tal suerte he trocado
Que mi Amado es para mí
Y yo soy para mi Amado.

El mismo día que pisé Ávila, y antes de llegar a mi destino, decidí pasarme por el convento de la Encarnación.
Me senté en la acera, frente a la puerta, y me puse a recordar.
Me hubiera gustado llegar a la Encarnación de madrugada, a oscuras y encelada, como lo hizo ella, una niña de quince años que contra la opinión de su padre decide no aceptar su casamiento pactado, que considera como un sometimiento de la vida de la mujer al varón; y que niega a las mujeres el acceso a la educación, a los libros y a la vida. Los jueces son siempre hijos de Adán y cuando ven una acción de una mujer siempre la juzgan a mal. No hay más que ver la lengua y sus contornos. Se necesita una muy determinada determinación.
Le han abierto la puerta del convento sin hacerle ninguna pregunta. Saben de dónde vienen, quién es y, sobre todo, quién va a ser.

Vivo ya fuera de mí
Después que muero de amor,
porque vivo en el Señor
que me quiso para sí.
Cuando el corazón le di
puso en él este letrero:
que muero porque no muero.

Su padre la ha seguido sin que ella lo sepa. Y, cuando la ha visto entrar, dos lágrimas han corrido por sus mejillas. He visto ese cuadro mil veces.

Esa niña ya ha leído los volúmenes de San Gregorio y San Jerónimo, novelas de Caballerías, las Confesiones de San Agustín y los libros de Oración en lengua romance. Convenció a su hermano para huir a tierra de moros para ser descabezada como los mártires, pero afortunadamente unos familiares, los vieron salir a pie por las murallas antes de que fuese demasiado tarde.

Ha llorado cuando la Inquisición prohibió y quemó los libros en lengua romance: hay quien ve peligroso que la lengua popular se arrime al cauce sacramental. Nada podrán contra el tiempo

Yo no hablo de teoría, sólo quiero decir lo que siento yo; este es mi Libro de la Vida, como el que tienen todos los que mueven sus pasos por esta Tierra. Esta dispuesta a eliminar toda discriminación de sangre y sexo: entre hombres y mujeres, entre cristianos nuevos y cristianos viejos, entre seres humanos… que es lo que somos. Recuerda la condición de judíos de sus bisabuelos, los Cepeda, y de judío converso de su abuelo; su castigo por la Inquisición como criptojudío, su paseo por Toledo con el San Benito, su huída a Ávila, sus pleitos…Sabe que Dios está en todas partes: entre pucheros, en la caridad, con los pecadores, con los pobres, con los ricos, con los inocentes y con los culpables. Dentro del convento están rezando por todos. Incluso por mí.

¡Oh hermosura que excedéis
 a todas las hermosuras!
 Sin herir dolor hacéis,
 y sin dolor deshacéis,
 el amor de las criaturas.


Ella está cambiando en este momento sus ropas, que ha traído de casa, por el hábito de monja; su celda es austera y fría; su salud será precaria toda su vida; y la poesía velará por ella y por nosotros; la poesía y la oración:

¡Oh muerte benigna,
socorre mis penas!
Tus golpes son dulces,
que el alma libertan.
¡Qué dicha, oh mi amado,
estar junto a Ti!


He abierto la puerta de la Encarnación para ver el torno y si, por casualidad, puedo oír, detrás, sus pasos.

Nada hay, y decido irme calle Vallespín hacia abajo, donde voy a vivir, al menos un par de años.
Cuando llego saludo, me presento, me dan la bienvenida; y, me dicen, que “mañana, a primera hora, nos debemos presentar a la Santa, que nació justo en la casa de al lado”. Si es que Ávila se llama Teresa como Lisboa se llama Pessoa, pienso para mí.

Durante dos años viví justo al lado de la casa donde nació Teresa de Jesús. Me hicieron hijo adoptivo de Ávila, seguro sin merecerlo; y siempre que vuelvo recuerdo los fríos inviernos, algún abrazo y los versos de la Santa.

Viene pobre y despreciado,
comenzadle ya a guardar,
que el lobo os le ha de llevar
sin que le hayamos gozado.


Puro resumen de la Vida, del Libro de Nuestra Vida.

martes, 13 de octubre de 2015

BÉCQUER, CARTAS DESDE MI CELDA

Dos motivos fundamentales me llevaron siendo muy joven a la Escuela de Náutica de San Telmo; el primer motivo fueron las noches de navegación que pasé con Steersman, que fue el responsable de esos iniciales embarques en los que desafié al ballenero de Melville, al vengativo largo de Stevenson, al pirata de Conrad, y a todos los ingleses juntos de Galdós; y el segundo fue la necesidad de buscar a un joven poeta que estudió en esa escuela siendo niño, cuando ya era huérfano: Gustavo Adolfo Bécquer.
Sí, señores, por esas casualidades que trae la vida y el tiempo, Bécquer y el Steersman, mi padre, estudiaron en la misma escuela. La Escuela de Náutica de San Telmo:

En mar sin playas onda sonante, 
en el vacío cometa errante, 
largo lamento 
del ronco viento, 
ansia perpetua de algo mejor,
sí, señores, 
¡eso soy yo!

Un profesor de literatura me comentó que eran dos los poetas que habían levantado la poesía en lengua castellana; uno, Garcilaso, con quien viví ocho años en Toledo, y que se trajo bajo el brazo de sus campañas de Italia todas las formas de Petrarca, y el otro Bécquer que cambió la escritura y sus signos trescientos cincuenta años después, cuando los versos castellanos andaban medio muertos. Aunque ninguno de los dos fue consciente de su legado.

Ya estuve combatiendo con don García Lasso de la Vega contra el rey francés muchos años; ahora con una carta de recomendación de mi padre, como antiguo alumno de San Telmo, voy a perseguir a ese tal Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida Bécquer, descendiente de flamencos que sueña, como yo, con ser un joven poeta de fama universal y que, como yo, soñaba que la ciudad que lo vio nacer se enorgulleciese con su nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de sus ilustres hijos, y cuando la muerte pusiese un término a su existencia, lo colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a la orilla del Betis, al que yo habría cantado en todas magníficas, y en aquel mismo punto adonde iba tantas veces a oír el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento.  

Nada más verlo, le he pedido que me deje acompañarlo, que yo también quiero la fama y la gloria postrera que sólo puede entregar el Arte, al que desde ese momento y en su presencia, como él, me consagro; aunque este joven poeta desea llegar mucho más lejos, quiere ser inmortal, yo también, yo hubiera querido ser un rayo en la guerra, haber influido poderosamente en los destinos de mi país, haber dejado en sus leyes y costumbres la profunda huella de mi paso; que mi nombre resonase unido; y como personificándola, a alguna de sus grandes revoluciones, y luego, satisfecha mi sed de triunfos y de estrépito, caer en un combate, oyendo como, el último rumor del mundo el agudo clamor de la trompetería de mis valerosas huestes, para ser conducido sobre el pavés, envuelto en los pliegues de mi destrozada bandera, emblema de cien victorias, a encontrar la paz del sepulcro en el fondo de uno de esos claustros santos donde vive el eterno silencio y al que los siglos prestan su majestad y su color misterioso e indefinible.

No tienen fin nuestros sueños, será motivado porque sólo tenemos 15 años:

Aún para combatir mi firme empeño 
viene a mi mente su visión tenaz... 
¡Cuánto podré dormir con ese sueño 
en que acaba el soñar!

Hemos estado dos años dando clases de pintura, su hermano Valeriano no se separa de nosotros, en los talleres de Antonio Cabral Bejarano, y luego con su tío Joaquín. En cuanto hemos podido, él, su hermano Valeriano, que sueña con ser pintor, y yo nos hemos ido a Madrid para, juntos, alcanzar la gloria.

Nada fue como soñamos. Vivíamos de pequeñas colaboraciones y de escribir zarzuelas y comedias baratas y satíricas; imaginando una gran obra. Se ha enredado en hacer un libro acerca de los templos de España. ¡Magna ocupación!, pero nos come la pobreza.

Como todos no hubo un momento de su vida en que no estuviese enamorado. Julia, Casta, Isabel, Catalina, Rosa… Como todos, fueron más los desengaños que los besos y como todos, sobrevivió a la bohemia con sus dosis amplias de penurias y tuberculosis. 

Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá secarse en un instante el mar; 
podrá romperse el eje de la tierra 
como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte 
cubrirme con su fúnebre crespón; 
pero jamás en mí podrá apagarse 
la llama de tu amor.

Menos mal, que esos periódicos con marcados tintes políticos nos acogieron a los tres, a su hermano Valeriano como ilustrador, a Gustavo Adolfo como escritor y a mí como chico de los recados. Acogí mi puesto con agrado porque no iba a permitir que mi orgullo truncara la más grande enseñanza del poeta que aún estaba por venir.

Gustavo Adolfo, se dio a la prensa política, para comer y publicar. Todo cuanto publicó fue en periódicos. Y alguna vez tuvo los pies en la tierra, como cuando ganaron los liberales, los suyos, y acogió con agrado el sillón y el sueldo de censor de novelas de la mano del presidente del gobierno González Bravo y de Alberto Lista. Tú, Bécquer, ¿censor de novelas?, ¿quién lo hubiera dicho? Pero no debes preocuparte, nadie sabrá los nombres censurados, los libros apagados y los versos tachados por tu mano. Tú, el poeta del amor, no admite más censura que la del aire y los gorriones.

Y menos mal que en esos tiempos en los que gobernaron los suyos le dieron ese espacio en el periódico El Contemporáneo, donde también escribía Juan Valera, porque, primero, hubiera muerto de hambre y además fue el único lugar en el que consiguió publicar parte de su obra, que pudo bien perderse porque la prensa diaria lo admite todo, y en contraprestación se hace banal, caduca, ligera y de fácil olvido.

¿Adónde voy? El más sombrío y triste 
de los páramos cruza, 
valle de eternas nieves y de eternas 
melancólicas brumas; 
en donde esté una piedra solitaria 
sin inscripción alguna, 
donde habite el olvido, 
allí estará mi tumba.

Por fortuna, sus amigos se encargaron de buscar en los antiguos periódicos cuanto pudo haber escrito. Si no es por el pintor Augusto Ferrán, que buceó en todos los números de El Contemporáneo y de La Ilustración de Madrid, su obra se hubiera perdido. Y si no es por esos amigos que encontraron el manuscrito del Libro de los Gorriones y vendiendo los grabados de su hermano Valeriano y también ayudados por una benéfica colecta lo editaron, se hubiera evaporado en polvorientos baúles la mejor poesía española de los siglos XIX y XX; porque después de Bécquer, llegó Bécquer en los labios de todos los poetas que hasta hoy están escribiendo en lengua castellana.

Por cierto, el manuscrito del Libro de los Gorriones está en la Biblioteca Nacional, la viuda de un poeta lo vendió en los años 90 del siglo XIX por 25 pesetas. Hasta el día de hoy la poesía ha dado más hambre que gloria.
Parece que es mal negocio casarse con un poeta; pues Casta Esteban, la que fue mujer de Gustavo Adolfo Bécquer, años después, deambulaba por Madrid, vendiendo unas fotografías de su marido para poder subsistir. Galdós compró una de ellas. Está en el museo que este escritor tiene en Canarias.

Pero lo que yo de verdad quería todavía estaba por venir, mi más preciado aprendizaje aún no lo había escrito Gustavo Adolfo, la tercera carta desde su celda que sería publicada en El Contemporáneo. 

Y llegó mi momento; la tuberculosis lo está matando y ha decidido junto a su hermano Valeriano y a su familia ir al Monasterio de Veruela, cerca de Tarazona, para ver si recupera su frágil salud.

El monasterio de Veruela es un lugar hecho para poetas. Sus piedras, que rezuman pasado colocadas a la medida de los románticos, no van a ayudar a sus pulmones, ni a su hermano al que también ronda la muerte sin él saberlo; pero los senderos, las atalayas semiderruidas, el áspero viento del Moncayo que despeja el páramo con afiladas escobas, y una recaída de su enfermedad van a voltear su pensamiento, la razón de sus desvelos; también la visita a esos cementerios, fríos y oscuros, donde los muertos descansan de verdad, no como los de las ciudades, van a hacer que Gustavo Adolfo reconsidere todos aquellos desvelos que tuvimos siendo jóvenes y que aquella gloria buscada a costa de hambre, miedo y no poco sufrimiento nada valía. Se ha visto morir y ha leído su historia y lo vivido, y ha sacado las conclusiones que sacamos todos cuando los años se nos echan encima; pero ha escrito su carta para todos sus lectores, también para mí:

Todavía queda algo que arde allá en lo más profundo, pero rara vez sale a la superficie. Las palabras amor, gloria, poesía, no me suenan al oído como me sonaban antes. ¡Vivir!... Seguramente que deseo vivir, porque, la vida, tomándola tal como es, sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes sin ambiciones con esa facilidad de la planta que tiene a la mañana su gota de rocío y su rayo de sol; después, un poco de tierra echada con respeto y que no apisonen y pateen los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna hierba que me cubra con su mano de raíces, por ultimo, un tapial que sirva para que no aren en aquel sitio ni revuelvan los huesos.
He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono: ser un comparsa en la inmensa comedia de la Humanidad y concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida. 
No obstante esta profunda indiferencia, se me resiste el pensar que podrían meterme preso en un ataúd formado con las cuatro tablas de un cajón de azúcar, en uno de los huecos de la estantería de una Sacramental para esperar allí la trompeta del Juicio, como empapelado, detrás de una lápida con una redondilla elogiando mis virtudes domésticas e indicando precisamente el día y la hora de mi nacimiento y de mi muerte. 
Esta profunda e instintiva preocupación ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, a casi todas las que he ido abandonando en el curso de mi vida: pero, al paso que voy, probablemente mañana no existirá tampoco, y entonces me será tan igual que me coloquen debajo de una pirámide egipcia como que me aten una cuerda a los pies y me echen a un barranco como a un perro. 
Ello es que cada día me voy convenciendo más de que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí.

¡Vivir!, eso es lo que debemos ambicionar, ¡vivir!, menos mal que leí a Bécquer cuando tenía quince años y aspiraba a ser un poeta hambriento que como a Víctor Hugo, recogiera la gloria y la posteridad.
¡Vivir!, ese es el secreto de la tercera carta de Bécquer. ¡Vivir! 
Eso fue lo que de verdad aprendí en el monasterio de Veruela, y lo que me salvó de morir ahogado en mi propia sed de gloria, cuando encima quería dedicarme a uno de esos dones que no quiso darme el cielo. Por eso me dije, lo importante es que yo esté donde de verdad quiero estar; esa frase se la robé a una bella holandesa. 

Con la tercera carta de Bécquer en la mano ¿Qué he hecho hasta ahora?

Pues tratar de estar siempre, donde de verdad quiero estar:

Hace muchos años anduve llevando camiones, en sitios donde poca gente quería hacerlo, como hizo Hemingway o Erri de Luca... y me dije: estoy donde quiero estar. 
Después anduve enredado en contabilidades y análisis de balances y costes sin fin, como Pessoa y Rulfo... y me dije: estoy donde quiero estar.
Luego me pasé ocho años dando clases, como Mallarmé, Salinas o Dámaso Alonso, y me dije: estoy donde quiero estar.
Después me pusieron a trabajar con periodistas en lejanas fronteras, como Kapucinski, y me dije: estoy donde quiero estar.
Luego, a alguien le dio por decir que podía hacer videos y llevar un periódico como Cunqueiro, y me dije: estoy donde quiero estar.

Y eso que yo nunca fui lo que quise ser; pero aun así estoy donde quiero estar.










lunes, 5 de octubre de 2015

MARTIN AMIS: ÉXITO O LA ESENCIA DE LA FELICIDAD



Como todos, fui joven; como todos, quise tener éxito. Ese traidor que llega de fuera, creyendo que sabe lo que de verdad necesitas, y que amparado en el placer y en el gozo tanto íntimo como público suele dominar todos nuestros movimientos; pero que siempre converge en una palabra difícil de definir: el vacío.

Nunca quise ser un tipo normal, de esos que pasarían diariamente a tu lado por la calle sin que lo mires, ni notes su presencia, y a quien jamás reconoces. Ha habido en mi vida la cuota normal de muchachas, y me ha tocado la cuota normal de desasosiego, turbación y agradecimiento.

Aunque yo no lo quiera, lo soy. Soy un tipo normal. Mi aspecto es corriente, parezco un educado empleado de nivel medio proveniente de las clases modestas.

Para cambiar, he decidido irme a Londres. Allí tengo dos amigos, Terry y Gregory que junto a su hermana Úrsula podrán aconsejarme.

Gregory es un hombre admirado, pasea por las zonas más exclusivas del West End, tiene un gran coche, trabaja en una Galería de arte y vive las noches y las fiestas diariamente; aunque parezca extraño, resulta muy aburrido ser acosado a todas horas y continuo objeto de disputas. Es la cara del éxito: Sólo piensa en el sexo.

Terry, es todo lo contrario, se imagina convertido en una rutina, una rutina triste como la de todos los personajes que conoce, y se cree que no hay un lugar en el mundo para él. Es la cara del fracaso: sólo piensa en el sexo.

Úrsula, su hermana, anda entre dos mares, medio desquiciada, dando clases de administración; no está muy centrada y alguna vez ha pensado en recurrir equivocadamente a los barbitúricos. Según Terry, es que la locura se está democratizando, y ya no es cuestión de clases. Sólo piensa en el sexo.

 Llevo una semana con ellos en este apartamento del centro de Londres, moviéndome entre su éxito y su fracaso, y jamás he encontrado en una historia a tres seres más vacíos: simplemente hazlo, ese es el asunto. Embauca, intimida, abusa, soborna, ruega, solloza, incita, ponte pelma, maldice, amenaza, estafa, miente; pero hazlo. Son pocas palabras o, al menos, pocas razones para definir el camino del éxito o del fracaso.

Ellos son las caras de esa misma moneda que se denomina vacío; aunque a veces confundan ese término con las palabras éxito o fracaso. Sin embargo, ellos todavía no lo saben, son jóvenes; y por el momento no se preguntan quién los protegerá cuando sean pobres, estén calvos y se hayan vuelto locos; por eso se mueven de manera tan ágil entre la verdad y la mentira.


Nada más simple que su juego de relaciones. No tienen nada. Parecen tres personas o tres personajes sin alma. Son seres sin ninguna doblez, con una única cara. ¿Y para cuando el amor?, ¿para cuando soñar?, ¿para cuándo vivir con una amplia y franca sonrisa?, ¿para cuándo el gozo del aprendizaje en la alegría y en el dolor?

¿Es la sociedad o son ellos? ¿Eso es el éxito?: Pues, se parece mucho a la ruina.

El temple de la gente se ha desgastado; los malvivientes van ganando; todo el mundo acepta el hecho de que tiene que hacerse más detestable para sobrevivir. El mundo se nos está poniendo cada vez peor.

Definitivamente me voy de Londres. Terry y Gregory nada pueden aportarme. Uno y otro, aunque andan cambiándose el éxito y el fracaso con el paso de las páginas, siguen los dos vacíos: todo es carne, todo es dinero, todo es sexo.

Me hubiera gustado en este libro algún personaje que hubiese amado un poco, aunque sólo fuera un poco. Quiero todo eso y quiero todo eso. No quiero lo que él tiene, pero quiero lo que él quiere.


Con este graduado de Oxford he aprendido que casi nadie quiere ser lo que es. Pero no es eso lo importante; lo importante es qué hacemos con lo que somos. Porque, si no tenemos cuidado, ese vacío, que siempre viene de fuera cuando creemos que viene de dentro, fácilmente se adueñará de nosotros.

Para estudiar ese raro concepto que nos promete la más cruel de las felicidades, Martin Amis es un autor demasiado crudo como para leerlo sin el aliño del desapego y la media distancia.

Con Terry y Gregory y Úrsula he aprendido que es la inteligencia emocional la que mayormente toma parte en el logro de la felicidad, esa inteligencia que guía nuestras relaciones personales y sociales, esa inteligencia que marca nuestro tiempo y el que nos rodea; y a la que tan poco caso hacemos, porque sólo tenemos ojos para cuidar a esa otra inteligencia del conocimiento.

¿Y Terry? ¿Qué es lo que pasa ahora con él? No me digan que ha conquistado el éxito.
 
 
 
 












domingo, 20 de septiembre de 2015

EMILY DICKINSON Y EL MAPA DEL CIELO

- ¡Has venido a Amherst!
- Sí.
- ¿Y cuánto tiempo has tardado en llegar?
- Ciento treinta y cinco años.

Ella me habló desde la planta de arriba. No quiso bajar. Dicen que desde hace muchos años no quiere ver a nadie. Vive con su poesía, sus símbolos y sus sueños, escondida en su cuarto. Una mesa, una cama de barrotes, una silla de aenea, un jarrón de porcelana y una palangana, un toallero junto a la ventana y un armario color caoba lleno de vestidos blancos. En Amherst la conocen como el mito.

Hace tiempo que sólo viste de blanco, como una virgen, como una monja o como una poetisa del purgatorio. Nadie puede confirmar si ha amado alguna vez. Hay quien ha visto en el predicador Charles Wadsworth la pena de sus deseos. Sólo se han encontrado dos veces.
También apuntaron a un pretendiente que trabajaba en el bufete de su padre y que le había regalado, poco antes de morir, un libro de poemas de Emerson y que Emily guardaba como si fuera un tesoro…
Y muchos ojos, acusadores, dicen que ama a su mejor amiga, Susan Gilbert, que ha terminado casándose con su hermano:

¡Oh, Susan!: Con excepción de Shakespeare, tú me has transmitido más conocimiento que cualquier otro ser vivo.

A mí, sinceramente, no me importa si terminó encerrada treinta años, sin salir de su casa, por un desengaño amoroso, por una madre absorbente que padecía enfermedades sin fin, por un padre exageradamente estricto, por una enfermedad mental, porque quisiera dedicar su alma a la poesía en una habitación propia, midiendo la violencia de un corazón de poeta en un cuerpo de mujer; o porque yo no llegué a tiempo. A mí lo único que me importa es que esta mujer, que siempre vistió de blanco, consiguió lo que muy pocos han hecho: dibujar con versos un mapa del Cielo. 

Sí, señores, soy egoísta, (como todos ustedes), no lo niego. Yo estoy aquí, simplemente, para que me dé el mapa del Cielo que esconde en su baúl:

Nunca he hablado con Dios,
Nunca he visto el Cielo,
Y, sin embargo, conozco el lugar
Como si tuviese un mapa de él.

Emily no me ha dejado subir a la planta de arriba. Ella habla desde la balaustrada y yo la escucho desde la antesala. Dice que no va a publicar nunca, que eso sólo lo hacen quienes necesitan dinero: sólo la pobreza justificaría una cosa tan vil. ¿Quién quiere ser alguien? ¡Qué aburrido!

Le digo que Borges pone en boca de Alfonso Reyes, que los autores publican para no pasarse la vida corrigiendo borradores. “No les creas”, me comenta, “vanidad y pobreza, esos son los dos secretos de la publicación”. Y empieza a despotricar de ese tal Higginson que le ha publicado cinco poemas sin ella autorizarlo, descuartizándolos porque ha puesto un título y ha cambiado sus queridísimos guiones de sitio.

Yo aún no he publicado nada, le digo, pero hay una novela que tengo en un cajón que no me deja vivir; no me deja escribir otras cosas. “Deshazte de ella, y vuelve a nacer de nuevo”, me aconseja. ¿Que me deshaga de ella?, ¿después de veinte años? Tengo tantas dudas. La he empezado y terminado doce veces… ¿seguro?

Hallar descanso en lo incierto
Está en el ser de la felicidad.

Sé que alguna noche ha salido a pasear por el jardín de la casa de su padre.

- Puedo esperar a la noche para hablar contigo, Emily.

Ha rechazado mi invitación porque me dice que ella ve el mar en los setos de brezo de la casa y que vive el verano en el deambular de las abejas y las flores:

Yo jamás he visto un páramo
y el mar nunca llegué a ver
pero he visto el alma de los brezos
y sé lo que las olas deben ser.

Rápido, me quito la careta y le explico el motivo de mi viaje:

- Emily, he venido a que me des el mapa del Cielo que escondes en ese baúl lleno de versos. 
- No tengo ningún mapa- me contesta.
- Lo tienes, pero aún no lo sabes. Emily, déjame subir.

Él era débil y yo era fuerte, 
después él dejó que yo le hiciera pasar
y entonces yo era débil y él era fuerte,
y dejé que él me guiara a casa.

No era lejos, la puerta estaba cerca,
tampoco estaba oscuro, él avanzaba a mi lado,
no había ruido, él no dijo nada,
y eso era lo que yo más deseaba saber.

El día irrumpió, tuvimos que separarnos,
ahora ninguno de los dos era más fuerte,
él luchó, yo también luché,
¡pero no lo hicimos a pesar de todo!

He abierto su baúl, lleno de trozos de papel desperdigados. Ella se ha quedado de pie, junto a la puerta, mirándome. Pienso que debería arramplar con el baúl entero, que ahí, como un libro de arena infinita está el mapa del Cielo que vengo buscando.

Me paro a mirarla y veo que un par de lágrimas ruedan por sus mejillas. Le digo que coja el baúl, sus poemas, un par de vestidos blancos y venga conmigo a ver el mar porque los ojos de los brezos solo pueden mostrarte un mar de sueños, y los ojos del jardín un verano prescindible.

Siguen rodando lágrimas por sus mejillas y me contesta que no, que va a seguir treinta años encerrada en su cuarto en la casa de su padre, cuya puerta nunca volverá a atravesar para salir.
Y eso que ella sabe que:


La dicha se vende una sola vez.
Perdida la patente
nadie podrá comprarla nunca más-
Díganme, pies, decidan la cuestión
¿debe cruzar la señorita, o no?

De entre sus papeles, cogí el mapa del Cielo que estaba buscando y salí de aquella casa de la ciudad de Amherst, sabiendo que ella, como dice Borges, prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo.

Como si ella fuera de una raza solitaria y extraña…