domingo, 19 de julio de 2015

DIECIOCHO POEMAS, DIECIOCHO WHISKYS CON DYLAN THOMAS

Nunca jamás, por sobre todo,
temas al lobo con su capucha baladora
ni al príncipe con colmillos en la granja solaz, ante la cáscara
y el barro del amor,
teme, sobre todo y siempre, al ladrón manso como el rocío.

Cuando me resolví a ser poeta, como la White Horse Tavern me quedaba muy a desmano, decidí irme a altas horas de la madrugada a la taberna del Amanecer, justo en la orilla del mar, y allí escribir mi primer libro de versos que titularía Dieciocho Poemas. Ya me imaginaba su traducción al inglés, Eighteen Poems.

No era el día de mi cumpleaños, porque yo nací un invierno, pero sí que era el día del cumpleaños de un poeta a quien yo empecé a perseguir, sin entenderlo, porque me deslumbró su manera de pintar, sólo con palabras, imágenes hasta ahora no reconocidas en la poesía. Al menos, para mí.

Un profesor, de esos que no abundan, me dijo: no trates de comprender toda la poesía de Dylan Thomas, lo único importante es que serás otra persona después de haberlo oído. Con él importa el sonido, (motivo por el que me apuré con mi inglés), importan las imágenes y los símbolos y el nuevo uso que el galés le dio a la metáfora; ten en cuenta que a él le gustaba redimir los contrarios con imágenes secretas.

Esa madrugada de entre las dos tareas que Dylan Thomas da a los hombres en su poema Sin trabajar con las palabras decidí coger la más maldita, qué otra cosa se podía hacer con veinticinco años:

Si me pongo a quemar o a resarcir el mundo
lo cual es la tarea de cada uno de los hombres.

Con veinticinco años me decidí a quemar el mundo y no a resarcirlo, que ya tendría tiempo para otro tipo de oraciones cuando mi dolorido cuerpo fuera el que decidiera por mi espíritu.

El camarero se sorprendió cuando le pedí dieciocho whiskys. La verdad es que no le conté que era para escribir dieciocho poemas; porque así, seguramente, lo hubiera entendido. También es verdad que el poeta galés que me acompañaba se dejaba ver poco. Porque ese poeta de rizos, con pinta de guiri que me acompañaba, fue el que me lanzó el órdago: He bebido dieciocho whiskys seguidos sin parar, creo que es un buen record.

Era de madrugada, apenas había nadie en el bar, y el mar se oía latir suave. Abrí mi libro en cuya portada aparecía la foto de Dylan Thomas y con poca luz empecé a leer y a beber:

Quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras representaban, simbolizaban o querían decir tenía una importancia muy secundaria; lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo.

El Amanecer permanecía abierto las 24 horas y el mar, con seguridad, seguiría allí durante varios veranos seguidos, así que decidí tomarme con calma los dieciocho whiskys y los dieciocho poemas:

Hay manos que golpean en la puerta ¿Debo abrir o quedarme solo hasta el día que muera sin ser visto por extraños ojos en esta casa blanca?¿Les abro o no les abro mi corazón?
¿Qué guardáis el veneno o las uvas?

Vi un barco salir por la desembocadura: ¿He de correr hacia los barcos?, ¿o he de quedar hasta el día que muera sin dar la bienvenida a marinero o a extranjero alguno?













El poeta galés y yo nos quedamos solos en el Amanecer, el sol todavía no había salido, y yo llevaba bebidos 11 whiskys, y escritos veintidós versos mal alineados. Ya había decidido que no moriría sin ser visto por extraños ojos en mi casa blanca. Que mi destino estaba lejos. Así que me decidí, si sobrevivía a los dieciocho whiskys, a buscarme una profesión en la que yo fuera el forastero.

Y también había decidido, de la mano del bebedor poeta de rizos, cómo me gustaría conocer a la muerte. El galés me dijo: todavía eres joven,  sonrió y recitó con su voz distinguida:

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.


                              

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.


Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Esta historia ocurrió cuando era yo un muchacho presuntuoso y una pizca de hombre  y el negro escupitajo de los feligreses; pero desde entonces llevo conmigo un libro de versos de Dylan Thomas, porque los grandes poetas tienen la rara facultad de escribir poemas para que siempre sean leídos por primera vez.




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El libro que tengo en mis manos es de la Editorial Corregidor  traducido por Elizabeth Azcona Cranwell,  No se que tiene la Argentina conmigo que siempre acabo en sus brazos.



sábado, 4 de julio de 2015

ASESINANDO A SÓCRATES




Me han contado que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los Cielos y en las entrañas de la Tierra y sabe convertir en buena una mala causa, que anda corrompiendo a los jóvenes y que a los hombres de negocio y a los políticos les va echando en cara sin ninguna vergüenza su afán por el dinero, la fama y la riqueza; y que ha proclamado, mirando a los ojos a jueces y a oradores, que la mayor virtud que pueden tener consiste en decir la verdad. ¿Quién se ha creído que es ese Sócrates?

Y encima con chulería, ese Sócrates impío, que no hace otra cosa que pasear por los aires su filosofía y otras extravagancias similares, mirándonos a los ojos da por bienvenido su futuro: venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.

Desde hoy Sócrates vas a ser condenado a muerte. Desde hoy, Sócrates, cada día el poder corrompido, va a hacerte beber la cicuta pues es preciso obedecer a la ley y defenderse. No importa que tu amigo Querefon haya ido al oráculo de Delfos y, preguntando al dios por el hombre más sabio del mundo, la Pythia, en trance, le haya respondido que eres tú Sócrates. Tú que te atreves a proclamar que el sol es una piedra y la luna una tierra, cuando todo el mundo sabe que son dioses.

Sócrates, si esta sociedad está basada en el éxito, la búsqueda de la riqueza, la fama, el ser en todo el primero, en la injusticia y en la insolidaridad cómo te atreves a criticarla cada día, esta sociedad que te da de comer. Bien es verdad que participaste en tres guerras, en Potidea, en Anfípolis y en Delio, y te portaste con valor obedeciendo a tus generales, arriesgando tu vida por la libertad de esta sociedad que ahora te condena, porque eres incapaz de no cumplir las leyes, hombre recto o eso crees; y para confirmarlo pones de testigo a tu inexcusable pobreza.

Que la confirmación de la rectitud de un hombre, integridad, honradez, dignidad venga avalada por su pobreza es claro síntoma de que debes recibir un justo castigo a tu desfachatez y seas condenado cada día a beber un vaso de cicuta; aunque vuelvas a decirnos mirándonos a los ojos cada día que la muerte no es nada, lo que no hay que cometer nunca son iniquidades e injusticias. No es difícil evitar la muerte, lo es mucho más evitar la deshonra y la maldad que marcha más ligera que la muerte.

Y encima sigues creyendo que eres inocente, ¿cómo va esta sociedad a perdonarte? ¿Inocente?, cuando proclamas que a qué penas van a condenarte por no haber callado las cosas buenas que aprendiste toda tu vida, por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades. ¡Sócrates, vamos a asesinarte cada día! ¡No tienes remedio!

¡No piensas parar nunca! Cuando mis hijos sean mayores, os suplico los hostiguéis, los atormentéis, como yo os he atormentado a vosotros, si veis que prefieren las riquezas a la virtud, y que se creen algo cuando no son nada; no dejéis de sacarlos a la vergüenza, si no se aplican a lo que deben aplicarse, y creen ser lo que no son; porque así es como yo he obrado con vosotros.

Bebe la cicuta, Sócrates y vete ya a tu infierno de moralidad, no has entendido nada de nuestra sociedad.

Sí, es tiempo de que me retire, yo para morir, vosotros a vivir, ¿entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.

¿Vuelves a amenazarnos con tus veladas palabras, Sócrates? No importa, mañana volveremos a asesinarte; y así nos pasaremos nuestra vida asesinando a Sócrates.