sábado, 31 de octubre de 2015

KAVAFIS, RECUERDA CUERPO

A Alejandría me llevaron unos conjurados que creyeron que la Humanidad sólo podía ser redimida y salvada por el fuego; y que ciegos, profesaron la doctrina de Heratos de Tracia. Sin otro destino y sin poca razón, se dieron a la quema del Bruchion, de su gran biblioteca y de los almacenes bibliográficos de su puerto.

Aquel día de noviembre del año 48 antes de que naciera ese Cristo, a quien llamaban sus seguidores el salvador, fueron quemados veinte tratados de Herón de Alejandría en el que se desarrollaban sofisticadas cajas de engranajes y una máquina de vapor que transmitía una fuerza enorme proveniente de la presión de los líquidos convertidos en aire. Heratos temía, y así lo defendió siempre, que la construcción de esos aparatos para cada una de las personas del mundo haría el aire irrespirable y toda esa presión en la atmósfera reventaría el planeta que el hombre habita. También, perteneciente a Herón de Alejandría, fue pasto de las llamas su obra Autómatas en la que describía máquinas que podían sustituir a las actividades humanas y que La Conjura intuía suplantadoras no sólo del cuerpo sino, en un lejano futuro, también del alma del Hombre.

El fuego devoró los tratados de Herófilo, quien explicaba que ciertamente la inteligencia vivía en el cerebro y no en el corazón. Destruyó los rollos en donde Apolonio de Pérgamo demostró las formas de las secciones cónicas; y acabó, para siempre, con la mayor parte de las obras de Sófocles, Esquilo y Eurípides que dieron forma con la palabra y el verso al espíritu humano y su falsa y violenta moral.

Eratóstenes, que calculó el diámetro de la tierra y sostuvo que se podía llegar a la India navegando rumbo a Occidente también pagó su tributo. Muchas de las obras de Arquímides, Euclides, Hiparco y Galeno tampoco se salvaron, aunque hayan pasado a la Historia por descubrimientos menores.

Otros autores que fueron enormes en sus creaciones, hallazgos y estudios, y que hubieran podido hacer palidecer al mismísimo Homero, desaparecieron para siempre. Nada importa ya saber sus nombres y yo no los mencionaré aquí. Desde siempre la Historia ha escrito y ha borrado nombres a su antojo en función de aparentes victorias o derrotas. Lo que sí quiero expresar en este legado es que sin aquella Conjura que nació en Alejandría por boca de Heratos, el mundo hubiera marchado con la velocidad destructiva que va ahora, posiblemente, veinte siglos antes. Eso le debemos a Heratos y a La Conjura de Alejandría.

Cuando supe con certeza que todos los conjurados, incendiarios de libros, se habían llevado su merecida muerte, encierro o esclavitud; decidí que, ya que estaba en Alejandría, iría a visitar a ese funcionario gris, que va y viene de su rutinario trabajo en la oficina de Riego del Ministerio de Obras Públicas, por ocho libras mensuales, buscando un roce furtivo con otro hombre en las tiendas que le caen de camino a casa. Sabe que no es fácil cambiar y, mirando las nubes, recuerda a Horacio, para escribir sobre un papel que en los viajes podrás ver otros cielos diferentes; pero, que el alma sólo tú puedes cambiarla:

Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

Está mal contratado y mal pagado por su condición de griego en Alejandría. Los británicos, tras una revuelta, han bombardeado la ciudad y han destruido su casa por esa terrible ley científica y aleatoria que lleva aparejada todo bombardeo. Me gustaría acompañarle durante la noche. Esas noches en las que se refugia, ya con treinta años, en los burdeles escondidos para hombres en Alejandría.

Sabiendo que para nosotros Alejandría está perdida. Aunque, desde luego, no vamos a llorar como niños porque Alejandría y el millón de sueños que tuvimos desaparecieron como lágrimas en la lluvia.


Preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño, que te engañó tu oído:
no aceptes tales esperanzas.
Preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
dile adiós, a la Alejandría que pierdes.

Nos sentamos en un café del puerto y le cuento que estoy preparando un viaje a Ítaca con una mujer, y que espero que nuestro viaje sea largo, pleno de aventuras, pleno de conocimientos. Me pregunta por ella y le enseño unos papeles. Me ha hecho mil anotaciones y sobre la primera línea ha puesto un título: Un Viaje a Ítaca, deseándome:

Que sean muchas las mañanas de verano
en que con dicha, con alegría
entres a puertos nunca vistos.



Me pregunta qué tal por Europa; y le respondo que como siempre; ahí estamos esperando a los bárbaros. Yo todavía no los he visto; pero a mí no paran de decirme en los telediarios, por la calle, en el autobús y en los cafés que existen; que si ahora vienen desde el sur, que si ahora están entrando en oleadas por el este; así que de momento, en Europa, seguimos esperando a los bárbaros:

-¿Qué esperamos reunidos en la plaza?
Es que los bárbaros van a llegar hoy día.

-¿Por qué hay en el Senado tal inactividad?
¿Por qué los Senadores están sin legislar?
Porque los bárbaros llegarán hoy día.
¿Qué leyes van a hacer ya los Senadores?
Los bárbaros cuando lleguen legislarán.

-¿Por qué tampoco los valiosos oradores no acuden como siempre
a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?
Porque los bárbaros llegarán hoy día;
y los aburren las elocuencias y las arengas.

-¿Por qué comenzó de improviso esta inquietud
y confusión? (Los rostros qué serios que se han puesto.)
¿Por qué rápidamente se vacían las calles y las plazas
y todos regresan a sus casas pensativos?
Porque anocheció y los bárbaros no llegaron.

Y unos vinieron desde las fronteras
y dijeron que los bárbaros ya no existen.

Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.
Esos hombres eran una infalible solución.

Tomamos un café turco y sobre los posos se leían las líneas circulares de un futuro lleno de bárbaros. Constantino Cavafis sonríe y me dice que no tenga miedo, que no tema ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes, ni al irritado Poseidón, que tales cosas nunca hallaré en mi camino, si elevado se mantiene mi pensamiento, si no los llevo en mi alma.

He quedado con él para salir esta noche a esos lugares escondidos para hombres. Ya está bien de secretos.





Perdido en la tabernas 
y en los burdeles de Beirut, malvivo;
no quise quedarme en Alejandría.


lunes, 26 de octubre de 2015

TERESA DE JESÚS, EL LIBRO DE LA VIDA, DE NUESTRA VIDA




Anduve en Ávila dos años en diversas ocupaciones; allí me di a la Logística, la Contabilidad y al Derecho por esas mañas que se da la vida de colocarnos en toda clase de situaciones y lugares, a veces elegidos y otras por necesidad.

Yo sabiendo que iba a Ávila escogí cuatro libros para meter en mi bolsa de viaje: El Libro de la Vida, Las Moradas, Las Fundaciones y Camino de Perfección; sabiendo que ella, tal como escribió Cernuda, andaba oculta como la flor en la soledad del libro.

Ya toda me entregué y di
Y de tal suerte he trocado
Que mi Amado es para mí
Y yo soy para mi Amado.

El mismo día que pisé Ávila, y antes de llegar a mi destino, decidí pasarme por el convento de la Encarnación.
Me senté en la acera, frente a la puerta, y me puse a recordar.
Me hubiera gustado llegar a la Encarnación de madrugada, a oscuras y encelada, como lo hizo ella, una niña de quince años que contra la opinión de su padre decide no aceptar su casamiento pactado, que considera como un sometimiento de la vida de la mujer al varón; y que niega a las mujeres el acceso a la educación, a los libros y a la vida. Los jueces son siempre hijos de Adán y cuando ven una acción de una mujer siempre la juzgan a mal. No hay más que ver la lengua y sus contornos. Se necesita una muy determinada determinación.
Le han abierto la puerta del convento sin hacerle ninguna pregunta. Saben de dónde vienen, quién es y, sobre todo, quién va a ser.

Vivo ya fuera de mí
Después que muero de amor,
porque vivo en el Señor
que me quiso para sí.
Cuando el corazón le di
puso en él este letrero:
que muero porque no muero.

Su padre la ha seguido sin que ella lo sepa. Y, cuando la ha visto entrar, dos lágrimas han corrido por sus mejillas. He visto ese cuadro mil veces.

Esa niña ya ha leído los volúmenes de San Gregorio y San Jerónimo, novelas de Caballerías, las Confesiones de San Agustín y los libros de Oración en lengua romance. Convenció a su hermano para huir a tierra de moros para ser descabezada como los mártires, pero afortunadamente unos familiares, los vieron salir a pie por las murallas antes de que fuese demasiado tarde.

Ha llorado cuando la Inquisición prohibió y quemó los libros en lengua romance: hay quien ve peligroso que la lengua popular se arrime al cauce sacramental. Nada podrán contra el tiempo

Yo no hablo de teoría, sólo quiero decir lo que siento yo; este es mi Libro de la Vida, como el que tienen todos los que mueven sus pasos por esta Tierra. Esta dispuesta a eliminar toda discriminación de sangre y sexo: entre hombres y mujeres, entre cristianos nuevos y cristianos viejos, entre seres humanos… que es lo que somos. Recuerda la condición de judíos de sus bisabuelos, los Cepeda, y de judío converso de su abuelo; su castigo por la Inquisición como criptojudío, su paseo por Toledo con el San Benito, su huída a Ávila, sus pleitos…Sabe que Dios está en todas partes: entre pucheros, en la caridad, con los pecadores, con los pobres, con los ricos, con los inocentes y con los culpables. Dentro del convento están rezando por todos. Incluso por mí.

¡Oh hermosura que excedéis
 a todas las hermosuras!
 Sin herir dolor hacéis,
 y sin dolor deshacéis,
 el amor de las criaturas.


Ella está cambiando en este momento sus ropas, que ha traído de casa, por el hábito de monja; su celda es austera y fría; su salud será precaria toda su vida; y la poesía velará por ella y por nosotros; la poesía y la oración:

¡Oh muerte benigna,
socorre mis penas!
Tus golpes son dulces,
que el alma libertan.
¡Qué dicha, oh mi amado,
estar junto a Ti!


He abierto la puerta de la Encarnación para ver el torno y si, por casualidad, puedo oír, detrás, sus pasos.

Nada hay, y decido irme calle Vallespín hacia abajo, donde voy a vivir, al menos un par de años.
Cuando llego saludo, me presento, me dan la bienvenida; y, me dicen, que “mañana, a primera hora, nos debemos presentar a la Santa, que nació justo en la casa de al lado”. Si es que Ávila se llama Teresa como Lisboa se llama Pessoa, pienso para mí.

Durante dos años viví justo al lado de la casa donde nació Teresa de Jesús. Me hicieron hijo adoptivo de Ávila, seguro sin merecerlo; y siempre que vuelvo recuerdo los fríos inviernos, algún abrazo y los versos de la Santa.

Viene pobre y despreciado,
comenzadle ya a guardar,
que el lobo os le ha de llevar
sin que le hayamos gozado.


Puro resumen de la Vida, del Libro de Nuestra Vida.

martes, 13 de octubre de 2015

BÉCQUER, CARTAS DESDE MI CELDA

Dos motivos fundamentales me llevaron siendo muy joven a la Escuela de Náutica de San Telmo; el primer motivo fueron las noches de navegación que pasé con Steersman, que fue el responsable de esos iniciales embarques en los que desafié al ballenero de Melville, al vengativo largo de Stevenson, al pirata de Conrad, y a todos los ingleses juntos de Galdós; y el segundo fue la necesidad de buscar a un joven poeta que estudió en esa escuela siendo niño, cuando ya era huérfano: Gustavo Adolfo Bécquer.
Sí, señores, por esas casualidades que trae la vida y el tiempo, Bécquer y el Steersman, mi padre, estudiaron en la misma escuela. La Escuela de Náutica de San Telmo:

En mar sin playas onda sonante, 
en el vacío cometa errante, 
largo lamento 
del ronco viento, 
ansia perpetua de algo mejor,
sí, señores, 
¡eso soy yo!

Un profesor de literatura me comentó que eran dos los poetas que habían levantado la poesía en lengua castellana; uno, Garcilaso, con quien viví ocho años en Toledo, y que se trajo bajo el brazo de sus campañas de Italia todas las formas de Petrarca, y el otro Bécquer que cambió la escritura y sus signos trescientos cincuenta años después, cuando los versos castellanos andaban medio muertos. Aunque ninguno de los dos fue consciente de su legado.

Ya estuve combatiendo con don García Lasso de la Vega contra el rey francés muchos años; ahora con una carta de recomendación de mi padre, como antiguo alumno de San Telmo, voy a perseguir a ese tal Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida Bécquer, descendiente de flamencos que sueña, como yo, con ser un joven poeta de fama universal y que, como yo, soñaba que la ciudad que lo vio nacer se enorgulleciese con su nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de sus ilustres hijos, y cuando la muerte pusiese un término a su existencia, lo colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a la orilla del Betis, al que yo habría cantado en todas magníficas, y en aquel mismo punto adonde iba tantas veces a oír el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento.  

Nada más verlo, le he pedido que me deje acompañarlo, que yo también quiero la fama y la gloria postrera que sólo puede entregar el Arte, al que desde ese momento y en su presencia, como él, me consagro; aunque este joven poeta desea llegar mucho más lejos, quiere ser inmortal, yo también, yo hubiera querido ser un rayo en la guerra, haber influido poderosamente en los destinos de mi país, haber dejado en sus leyes y costumbres la profunda huella de mi paso; que mi nombre resonase unido; y como personificándola, a alguna de sus grandes revoluciones, y luego, satisfecha mi sed de triunfos y de estrépito, caer en un combate, oyendo como, el último rumor del mundo el agudo clamor de la trompetería de mis valerosas huestes, para ser conducido sobre el pavés, envuelto en los pliegues de mi destrozada bandera, emblema de cien victorias, a encontrar la paz del sepulcro en el fondo de uno de esos claustros santos donde vive el eterno silencio y al que los siglos prestan su majestad y su color misterioso e indefinible.

No tienen fin nuestros sueños, será motivado porque sólo tenemos 15 años:

Aún para combatir mi firme empeño 
viene a mi mente su visión tenaz... 
¡Cuánto podré dormir con ese sueño 
en que acaba el soñar!

Hemos estado dos años dando clases de pintura, su hermano Valeriano no se separa de nosotros, en los talleres de Antonio Cabral Bejarano, y luego con su tío Joaquín. En cuanto hemos podido, él, su hermano Valeriano, que sueña con ser pintor, y yo nos hemos ido a Madrid para, juntos, alcanzar la gloria.

Nada fue como soñamos. Vivíamos de pequeñas colaboraciones y de escribir zarzuelas y comedias baratas y satíricas; imaginando una gran obra. Se ha enredado en hacer un libro acerca de los templos de España. ¡Magna ocupación!, pero nos come la pobreza.

Como todos no hubo un momento de su vida en que no estuviese enamorado. Julia, Casta, Isabel, Catalina, Rosa… Como todos, fueron más los desengaños que los besos y como todos, sobrevivió a la bohemia con sus dosis amplias de penurias y tuberculosis. 

Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá secarse en un instante el mar; 
podrá romperse el eje de la tierra 
como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte 
cubrirme con su fúnebre crespón; 
pero jamás en mí podrá apagarse 
la llama de tu amor.

Menos mal, que esos periódicos con marcados tintes políticos nos acogieron a los tres, a su hermano Valeriano como ilustrador, a Gustavo Adolfo como escritor y a mí como chico de los recados. Acogí mi puesto con agrado porque no iba a permitir que mi orgullo truncara la más grande enseñanza del poeta que aún estaba por venir.

Gustavo Adolfo, se dio a la prensa política, para comer y publicar. Todo cuanto publicó fue en periódicos. Y alguna vez tuvo los pies en la tierra, como cuando ganaron los liberales, los suyos, y acogió con agrado el sillón y el sueldo de censor de novelas de la mano del presidente del gobierno González Bravo y de Alberto Lista. Tú, Bécquer, ¿censor de novelas?, ¿quién lo hubiera dicho? Pero no debes preocuparte, nadie sabrá los nombres censurados, los libros apagados y los versos tachados por tu mano. Tú, el poeta del amor, no admite más censura que la del aire y los gorriones.

Y menos mal que en esos tiempos en los que gobernaron los suyos le dieron ese espacio en el periódico El Contemporáneo, donde también escribía Juan Valera, porque, primero, hubiera muerto de hambre y además fue el único lugar en el que consiguió publicar parte de su obra, que pudo bien perderse porque la prensa diaria lo admite todo, y en contraprestación se hace banal, caduca, ligera y de fácil olvido.

¿Adónde voy? El más sombrío y triste 
de los páramos cruza, 
valle de eternas nieves y de eternas 
melancólicas brumas; 
en donde esté una piedra solitaria 
sin inscripción alguna, 
donde habite el olvido, 
allí estará mi tumba.

Por fortuna, sus amigos se encargaron de buscar en los antiguos periódicos cuanto pudo haber escrito. Si no es por el pintor Augusto Ferrán, que buceó en todos los números de El Contemporáneo y de La Ilustración de Madrid, su obra se hubiera perdido. Y si no es por esos amigos que encontraron el manuscrito del Libro de los Gorriones y vendiendo los grabados de su hermano Valeriano y también ayudados por una benéfica colecta lo editaron, se hubiera evaporado en polvorientos baúles la mejor poesía española de los siglos XIX y XX; porque después de Bécquer, llegó Bécquer en los labios de todos los poetas que hasta hoy están escribiendo en lengua castellana.

Por cierto, el manuscrito del Libro de los Gorriones está en la Biblioteca Nacional, la viuda de un poeta lo vendió en los años 90 del siglo XIX por 25 pesetas. Hasta el día de hoy la poesía ha dado más hambre que gloria.
Parece que es mal negocio casarse con un poeta; pues Casta Esteban, la que fue mujer de Gustavo Adolfo Bécquer, años después, deambulaba por Madrid, vendiendo unas fotografías de su marido para poder subsistir. Galdós compró una de ellas. Está en el museo que este escritor tiene en Canarias.

Pero lo que yo de verdad quería todavía estaba por venir, mi más preciado aprendizaje aún no lo había escrito Gustavo Adolfo, la tercera carta desde su celda que sería publicada en El Contemporáneo. 

Y llegó mi momento; la tuberculosis lo está matando y ha decidido junto a su hermano Valeriano y a su familia ir al Monasterio de Veruela, cerca de Tarazona, para ver si recupera su frágil salud.

El monasterio de Veruela es un lugar hecho para poetas. Sus piedras, que rezuman pasado colocadas a la medida de los románticos, no van a ayudar a sus pulmones, ni a su hermano al que también ronda la muerte sin él saberlo; pero los senderos, las atalayas semiderruidas, el áspero viento del Moncayo que despeja el páramo con afiladas escobas, y una recaída de su enfermedad van a voltear su pensamiento, la razón de sus desvelos; también la visita a esos cementerios, fríos y oscuros, donde los muertos descansan de verdad, no como los de las ciudades, van a hacer que Gustavo Adolfo reconsidere todos aquellos desvelos que tuvimos siendo jóvenes y que aquella gloria buscada a costa de hambre, miedo y no poco sufrimiento nada valía. Se ha visto morir y ha leído su historia y lo vivido, y ha sacado las conclusiones que sacamos todos cuando los años se nos echan encima; pero ha escrito su carta para todos sus lectores, también para mí:

Todavía queda algo que arde allá en lo más profundo, pero rara vez sale a la superficie. Las palabras amor, gloria, poesía, no me suenan al oído como me sonaban antes. ¡Vivir!... Seguramente que deseo vivir, porque, la vida, tomándola tal como es, sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes sin ambiciones con esa facilidad de la planta que tiene a la mañana su gota de rocío y su rayo de sol; después, un poco de tierra echada con respeto y que no apisonen y pateen los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna hierba que me cubra con su mano de raíces, por ultimo, un tapial que sirva para que no aren en aquel sitio ni revuelvan los huesos.
He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono: ser un comparsa en la inmensa comedia de la Humanidad y concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida. 
No obstante esta profunda indiferencia, se me resiste el pensar que podrían meterme preso en un ataúd formado con las cuatro tablas de un cajón de azúcar, en uno de los huecos de la estantería de una Sacramental para esperar allí la trompeta del Juicio, como empapelado, detrás de una lápida con una redondilla elogiando mis virtudes domésticas e indicando precisamente el día y la hora de mi nacimiento y de mi muerte. 
Esta profunda e instintiva preocupación ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, a casi todas las que he ido abandonando en el curso de mi vida: pero, al paso que voy, probablemente mañana no existirá tampoco, y entonces me será tan igual que me coloquen debajo de una pirámide egipcia como que me aten una cuerda a los pies y me echen a un barranco como a un perro. 
Ello es que cada día me voy convenciendo más de que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí.

¡Vivir!, eso es lo que debemos ambicionar, ¡vivir!, menos mal que leí a Bécquer cuando tenía quince años y aspiraba a ser un poeta hambriento que como a Víctor Hugo, recogiera la gloria y la posteridad.
¡Vivir!, ese es el secreto de la tercera carta de Bécquer. ¡Vivir! 
Eso fue lo que de verdad aprendí en el monasterio de Veruela, y lo que me salvó de morir ahogado en mi propia sed de gloria, cuando encima quería dedicarme a uno de esos dones que no quiso darme el cielo. Por eso me dije, lo importante es que yo esté donde de verdad quiero estar; esa frase se la robé a una bella holandesa. 

Con la tercera carta de Bécquer en la mano ¿Qué he hecho hasta ahora?

Pues tratar de estar siempre, donde de verdad quiero estar:

Hace muchos años anduve llevando camiones, en sitios donde poca gente quería hacerlo, como hizo Hemingway o Erri de Luca... y me dije: estoy donde quiero estar. 
Después anduve enredado en contabilidades y análisis de balances y costes sin fin, como Pessoa y Rulfo... y me dije: estoy donde quiero estar.
Luego me pasé ocho años dando clases, como Mallarmé, Salinas o Dámaso Alonso, y me dije: estoy donde quiero estar.
Después me pusieron a trabajar con periodistas en lejanas fronteras, como Kapucinski, y me dije: estoy donde quiero estar.
Luego, a alguien le dio por decir que podía hacer videos y llevar un periódico como Cunqueiro, y me dije: estoy donde quiero estar.

Y eso que yo nunca fui lo que quise ser; pero aun así estoy donde quiero estar.










lunes, 5 de octubre de 2015

MARTIN AMIS: ÉXITO O LA ESENCIA DE LA FELICIDAD



Como todos, fui joven; como todos, quise tener éxito. Ese traidor que llega de fuera, creyendo que sabe lo que de verdad necesitas, y que amparado en el placer y en el gozo tanto íntimo como público suele dominar todos nuestros movimientos; pero que siempre converge en una palabra difícil de definir: el vacío.

Nunca quise ser un tipo normal, de esos que pasarían diariamente a tu lado por la calle sin que lo mires, ni notes su presencia, y a quien jamás reconoces. Ha habido en mi vida la cuota normal de muchachas, y me ha tocado la cuota normal de desasosiego, turbación y agradecimiento.

Aunque yo no lo quiera, lo soy. Soy un tipo normal. Mi aspecto es corriente, parezco un educado empleado de nivel medio proveniente de las clases modestas.

Para cambiar, he decidido irme a Londres. Allí tengo dos amigos, Terry y Gregory que junto a su hermana Úrsula podrán aconsejarme.

Gregory es un hombre admirado, pasea por las zonas más exclusivas del West End, tiene un gran coche, trabaja en una Galería de arte y vive las noches y las fiestas diariamente; aunque parezca extraño, resulta muy aburrido ser acosado a todas horas y continuo objeto de disputas. Es la cara del éxito: Sólo piensa en el sexo.

Terry, es todo lo contrario, se imagina convertido en una rutina, una rutina triste como la de todos los personajes que conoce, y se cree que no hay un lugar en el mundo para él. Es la cara del fracaso: sólo piensa en el sexo.

Úrsula, su hermana, anda entre dos mares, medio desquiciada, dando clases de administración; no está muy centrada y alguna vez ha pensado en recurrir equivocadamente a los barbitúricos. Según Terry, es que la locura se está democratizando, y ya no es cuestión de clases. Sólo piensa en el sexo.

 Llevo una semana con ellos en este apartamento del centro de Londres, moviéndome entre su éxito y su fracaso, y jamás he encontrado en una historia a tres seres más vacíos: simplemente hazlo, ese es el asunto. Embauca, intimida, abusa, soborna, ruega, solloza, incita, ponte pelma, maldice, amenaza, estafa, miente; pero hazlo. Son pocas palabras o, al menos, pocas razones para definir el camino del éxito o del fracaso.

Ellos son las caras de esa misma moneda que se denomina vacío; aunque a veces confundan ese término con las palabras éxito o fracaso. Sin embargo, ellos todavía no lo saben, son jóvenes; y por el momento no se preguntan quién los protegerá cuando sean pobres, estén calvos y se hayan vuelto locos; por eso se mueven de manera tan ágil entre la verdad y la mentira.


Nada más simple que su juego de relaciones. No tienen nada. Parecen tres personas o tres personajes sin alma. Son seres sin ninguna doblez, con una única cara. ¿Y para cuando el amor?, ¿para cuando soñar?, ¿para cuándo vivir con una amplia y franca sonrisa?, ¿para cuándo el gozo del aprendizaje en la alegría y en el dolor?

¿Es la sociedad o son ellos? ¿Eso es el éxito?: Pues, se parece mucho a la ruina.

El temple de la gente se ha desgastado; los malvivientes van ganando; todo el mundo acepta el hecho de que tiene que hacerse más detestable para sobrevivir. El mundo se nos está poniendo cada vez peor.

Definitivamente me voy de Londres. Terry y Gregory nada pueden aportarme. Uno y otro, aunque andan cambiándose el éxito y el fracaso con el paso de las páginas, siguen los dos vacíos: todo es carne, todo es dinero, todo es sexo.

Me hubiera gustado en este libro algún personaje que hubiese amado un poco, aunque sólo fuera un poco. Quiero todo eso y quiero todo eso. No quiero lo que él tiene, pero quiero lo que él quiere.


Con este graduado de Oxford he aprendido que casi nadie quiere ser lo que es. Pero no es eso lo importante; lo importante es qué hacemos con lo que somos. Porque, si no tenemos cuidado, ese vacío, que siempre viene de fuera cuando creemos que viene de dentro, fácilmente se adueñará de nosotros.

Para estudiar ese raro concepto que nos promete la más cruel de las felicidades, Martin Amis es un autor demasiado crudo como para leerlo sin el aliño del desapego y la media distancia.

Con Terry y Gregory y Úrsula he aprendido que es la inteligencia emocional la que mayormente toma parte en el logro de la felicidad, esa inteligencia que guía nuestras relaciones personales y sociales, esa inteligencia que marca nuestro tiempo y el que nos rodea; y a la que tan poco caso hacemos, porque sólo tenemos ojos para cuidar a esa otra inteligencia del conocimiento.

¿Y Terry? ¿Qué es lo que pasa ahora con él? No me digan que ha conquistado el éxito.