sábado, 31 de octubre de 2015

KAVAFIS, RECUERDA CUERPO

A Alejandría me llevaron unos conjurados que creyeron que la Humanidad sólo podía ser redimida y salvada por el fuego; y que ciegos, profesaron la doctrina de Heratos de Tracia. Sin otro destino y sin poca razón, se dieron a la quema del Bruchion, de su gran biblioteca y de los almacenes bibliográficos de su puerto.

Aquel día de noviembre del año 48 antes de que naciera ese Cristo, a quien llamaban sus seguidores el salvador, fueron quemados veinte tratados de Herón de Alejandría en el que se desarrollaban sofisticadas cajas de engranajes y una máquina de vapor que transmitía una fuerza enorme proveniente de la presión de los líquidos convertidos en aire. Heratos temía, y así lo defendió siempre, que la construcción de esos aparatos para cada una de las personas del mundo haría el aire irrespirable y toda esa presión en la atmósfera reventaría el planeta que el hombre habita. También, perteneciente a Herón de Alejandría, fue pasto de las llamas su obra Autómatas en la que describía máquinas que podían sustituir a las actividades humanas y que La Conjura intuía suplantadoras no sólo del cuerpo sino, en un lejano futuro, también del alma del Hombre.

El fuego devoró los tratados de Herófilo, quien explicaba que ciertamente la inteligencia vivía en el cerebro y no en el corazón. Destruyó los rollos en donde Apolonio de Pérgamo demostró las formas de las secciones cónicas; y acabó, para siempre, con la mayor parte de las obras de Sófocles, Esquilo y Eurípides que dieron forma con la palabra y el verso al espíritu humano y su falsa y violenta moral.

Eratóstenes, que calculó el diámetro de la tierra y sostuvo que se podía llegar a la India navegando rumbo a Occidente también pagó su tributo. Muchas de las obras de Arquímides, Euclides, Hiparco y Galeno tampoco se salvaron, aunque hayan pasado a la Historia por descubrimientos menores.

Otros autores que fueron enormes en sus creaciones, hallazgos y estudios, y que hubieran podido hacer palidecer al mismísimo Homero, desaparecieron para siempre. Nada importa ya saber sus nombres y yo no los mencionaré aquí. Desde siempre la Historia ha escrito y ha borrado nombres a su antojo en función de aparentes victorias o derrotas. Lo que sí quiero expresar en este legado es que sin aquella Conjura que nació en Alejandría por boca de Heratos, el mundo hubiera marchado con la velocidad destructiva que va ahora, posiblemente, veinte siglos antes. Eso le debemos a Heratos y a La Conjura de Alejandría.

Cuando supe con certeza que todos los conjurados, incendiarios de libros, se habían llevado su merecida muerte, encierro o esclavitud; decidí que, ya que estaba en Alejandría, iría a visitar a ese funcionario gris, que va y viene de su rutinario trabajo en la oficina de Riego del Ministerio de Obras Públicas, por ocho libras mensuales, buscando un roce furtivo con otro hombre en las tiendas que le caen de camino a casa. Sabe que no es fácil cambiar y, mirando las nubes, recuerda a Horacio, para escribir sobre un papel que en los viajes podrás ver otros cielos diferentes; pero, que el alma sólo tú puedes cambiarla:

Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

Está mal contratado y mal pagado por su condición de griego en Alejandría. Los británicos, tras una revuelta, han bombardeado la ciudad y han destruido su casa por esa terrible ley científica y aleatoria que lleva aparejada todo bombardeo. Me gustaría acompañarle durante la noche. Esas noches en las que se refugia, ya con treinta años, en los burdeles escondidos para hombres en Alejandría.

Sabiendo que para nosotros Alejandría está perdida. Aunque, desde luego, no vamos a llorar como niños porque Alejandría y el millón de sueños que tuvimos desaparecieron como lágrimas en la lluvia.


Preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño, que te engañó tu oído:
no aceptes tales esperanzas.
Preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
dile adiós, a la Alejandría que pierdes.

Nos sentamos en un café del puerto y le cuento que estoy preparando un viaje a Ítaca con una mujer, y que espero que nuestro viaje sea largo, pleno de aventuras, pleno de conocimientos. Me pregunta por ella y le enseño unos papeles. Me ha hecho mil anotaciones y sobre la primera línea ha puesto un título: Un Viaje a Ítaca, deseándome:

Que sean muchas las mañanas de verano
en que con dicha, con alegría
entres a puertos nunca vistos.



Me pregunta qué tal por Europa; y le respondo que como siempre; ahí estamos esperando a los bárbaros. Yo todavía no los he visto; pero a mí no paran de decirme en los telediarios, por la calle, en el autobús y en los cafés que existen; que si ahora vienen desde el sur, que si ahora están entrando en oleadas por el este; así que de momento, en Europa, seguimos esperando a los bárbaros:

-¿Qué esperamos reunidos en la plaza?
Es que los bárbaros van a llegar hoy día.

-¿Por qué hay en el Senado tal inactividad?
¿Por qué los Senadores están sin legislar?
Porque los bárbaros llegarán hoy día.
¿Qué leyes van a hacer ya los Senadores?
Los bárbaros cuando lleguen legislarán.

-¿Por qué tampoco los valiosos oradores no acuden como siempre
a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?
Porque los bárbaros llegarán hoy día;
y los aburren las elocuencias y las arengas.

-¿Por qué comenzó de improviso esta inquietud
y confusión? (Los rostros qué serios que se han puesto.)
¿Por qué rápidamente se vacían las calles y las plazas
y todos regresan a sus casas pensativos?
Porque anocheció y los bárbaros no llegaron.

Y unos vinieron desde las fronteras
y dijeron que los bárbaros ya no existen.

Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.
Esos hombres eran una infalible solución.

Tomamos un café turco y sobre los posos se leían las líneas circulares de un futuro lleno de bárbaros. Constantino Cavafis sonríe y me dice que no tenga miedo, que no tema ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes, ni al irritado Poseidón, que tales cosas nunca hallaré en mi camino, si elevado se mantiene mi pensamiento, si no los llevo en mi alma.

He quedado con él para salir esta noche a esos lugares escondidos para hombres. Ya está bien de secretos.





Perdido en la tabernas 
y en los burdeles de Beirut, malvivo;
no quise quedarme en Alejandría.


10 comentarios:

  1. Uno empieza a escribir y, a veces olvida por qué puso ese título:

    Recuerda Cuerpo

    "Cuerpo, recuerda no solamente cuánto fuiste amado,
    no solo los lechos en que te acostaste,
    sino también aquellos deseos que por ti
    brillaban en los ojos manifiestamente,
    y temblaban en la voz; y algún
    obstáculo casual los hizo vanos.

    Ahora que todo ya está en el pasado,
    parece casi como si a los deseos
    aquellos te hubieses entregado; cómo brillaban,
    recuerda, en los ojos que te miraban;
    cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo."

    Pues, ahora ya está claro por qué.

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    1. Clarísimo, Norberto; y, además del "cuerpo", entre Alejandría y "los bárbaros". Muchos saludos.

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    2. Gracias, Esther. Ahora ya me da por pensar más en los deseos que provoqué que en los que me provocaron. Cuestión de años supongo.
      ...Y de los bárbaros, ¡qué decir!, Ahora dicen que vienen de Oriente. Siempre necesitan tener unos bárbaros a mano.

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  2. Buenas tardes muy interesante relato histórico.

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    1. Gracias, Carmen, los libros que siempre andan entremezclándose en la mente de quienes los leen y salen estas cosas.

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  3. Prometo tomarme un café pero no miraré el poso. Me gusta la historia y tu estilo narrativo.
    Un saludo

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    1. Tomemos los cafés que tomemos y miremos los posos que miremos, la historia del ser humano es una historia de migraciones (pacíficas o violentas). Por eso siempre hay alguien que vive con la necesidad de Esperar a los Bárbaros. Una pena. a lo mejor algún día entendemos que lo mejor de la belleza y del arte lo da el mestizaje.

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  4. Hoy, como ayer, al tiempo nadie lo detiene. Centurias se han cumplido y de la maravillosa biblioteca, persisten recuerdos e historia, que en parte han impedido que esa memoria prodigiosa, de un acontecer tan significativo para la cultura universal, no se haya perdido definitivamente en el olvido.

    Las furias y los demonios interiores indujeron a Heratos y a sus conjurados, a consumar esa acción reprobable, imperdonable. Según se quiera y se la analice, por parte alguna deviene en comprensible. Tan solo recuerdos e imaginaciones, pueden ilustrar cómo, se pudo haber consumado esa destrucción.

    Conocimientos invaluables, trasuntos culturales inimaginados, paradigma de un mundo prodigioso, verdaderos tesoros fruto del análisis y del estudio de sabios y eruditos, de artistas y de cultores de la belleza, reducidos a pavesas, sin que en el fondo y en esencia, valiera alguna razón o amago de justificación.

    Konstantinos, superado el inevitable transcurso de centenas, que vivió y habitó sobre los vestigios de tanta grandeza, esa portentosa pintura de la inteligencia de sus antepasados, nos permiten recorrer su transcurrir y su vida, haciendo de su vivencia un retablo, único, singular y misterioso. Su deambular por callejuelas y vericuetos sombríos, de irredimible sordidez, pierden esas connotaciones, cuando se conoce y se establece, la razón que anidaba en su mente y en su corazón.

    Su pasión, sus amores furtivos, su anonimato y su ambigüedad, contribuyen a aproximarnos a su irredimible amor por el cuerpo. Cultor de la belleza, trasunto de una cultura consagrada a ella secularmente, nos concede vía para aproximarnos y comprender, la esencia y la razón de su encuentro invariable con el otro, de la irremediable belleza del hombre y de su cuerpo.

    Inmerso en esa vorágine íntima, única, su exclusiva válvula de oxígeno para sobrevivir en dicho mundo, crucero de culturas múltiples, con todos sus vicios y perversiones, acude en explicación y razón indudable de su existencia, la palabra, el verso, el poema, redescubiertos, merced al devenir de tantos tiempos, de tantos años.

    Su errancia subpreticia y furtiva, adquiere sentido y claridad, al través de su palabra, sindéresis de su vida y de la emoción recóndita, que por años lo hizo desplazarse invariablemente, al amparo, al cobijo de la noche.

    Lo demás, el todo, o el casi todo de su vida y de su quehacer, como cultor de la palabra, con su obra, está al alcance de la mano, para acceder a su mundo íntimo, de erotismo y sensualidad, todo adosado a la belleza, volcada en la palabra hecha verso, refundida en poema,


    UNA NOCHE
    (1907)

    La habitación era barata y sórdida,
    oculta sobre la dudosa taberna.
    Desde la ventana podía ver la sucia
    y estrecha callejuela. Desde abajo
    venían las voces de algunos obreros
    que jugaban a las cartas y se divertían.

    Y allí, en esa pobre y usada cama
    tuve el cuerpo del amor, tuve los labios
    voluptuosos y rosados de la embriaguez,
    rosados de tanta embriaguez
    que ahora, cuando escribo, después de tantos años,
    en esta casa solitaria vuelvo a estar borracho.




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  5. ... Norberto Ruiz Lima, una travesía incomparable

    Gracias ...

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    1. Gracias a ti, Jorge Alfredo, Versos y lugares y Kavafis son la mezcla perfecta para soñar.

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