martes, 5 de enero de 2016

YO NACÍ GRITANDO GOL; CAMUS, EL PRIMER HOMBRE, Y GALEANO JUGANDO AL FÚTBOL


Yo nací gritando gol y quise ser jugador de fútbol. En mi familia, hasta ahora, todos hemos nacido gritando gol. Yo no sé porqué, pero desde que oí a Albert Camus, hijo de una limpiadora emigrante sordomuda y analfabeta que jamás pudo leer uno de sus libros pero a quien nunca le faltaba una sonrisa en los labios, decir que un campo de fútbol era el único sitio en el que no le preguntaban en qué trabajaba su madre, y que allí lo único que importaba era cómo pateabas la pelota, decidí que mi deporte sería el fútbol.

Me imagino que algo tuvo que ver que yo naciera gritando gol; aunque, por esas cosas del destino, uno no pudo elegir lo mal arreglado que anduvo en su nacimiento con 800 gramos de peso, cuatro operaciones antes de cumplir cuarenta días y la necesidad de llevar atados diferentes órganos abdominales e inguinales hasta cumplir al menos quince años.
Pero lo que sí pude elegir era que, a pesar de todo, mi deporte sería el fútbol.
Tengo a gala el que durante tantos años dando patadas a un balón nadie se percatara de la presencia de algún que otro braguero bajo mi ropa de deporte.

Mi madre, que como todas las madres que tienen hijos que necesitan atarse órganos abdominales e inguinales, me impedía coger cualquier tipo de peso; sin embargo nunca evitó que yo pateara una pelota. "Eso sí, hazlo con cuidadito". En ese aspecto fui diferente a Camus, porque su abuela una mujer dominante, ante la falta de dinero, le prohibía al pequeño Albert Camus jugar al fútbol y cada tarde al volver del colegio le miraba lo gastados que llevaba los zapatos, y si no le gustaba lo que veía el castigo físico no se hacía esperar:

Pero ese reino le estaba vedado. Porque el patio era de cemento y las suelas se gastaban con tanta rapidez que la abuela le había prohibido jugar al fútbol durante los recreos. Ella misma compraba para sus nietos unos sólidos y pesados zapatos cerrados que esperaba inmortales.                                                                             En todo caso, para aumentar su longevidad, hacía poner en las suelas unos enormes clavos cónicos que presentaban una doble ventaja: era necesario gastarlos antes de gastar la suela y permitían verificar las infracciones a la prohibición de jugar. En efecto, las corridas en el suelo de cemento los gastaban rápidamente y les daban un pulido cuya frescura delataba al culpable. Todas las noches, al volver a su casa, Jacques debía entrar en la cocina donde Casandra oficiaba entre las negras marmitas, y con la rodilla doblada, la suela al aire, en la postura del caballo al que están herrando, tenía que mostrar las suelas. Naturalmente, no podía resistir a las llamadas de sus compañeros ni a la atracción de su juego favorito, y ponía toda su atención, no al ejercicio de una virtud imposible, sino en el disimulo de la falta. Así es como pasaba largos ratos, al salir de la escuela y más tarde del liceo, frotando las suelas en la tierra mojada. A veces la triquiñuela daba resultado. Pero llegaba el momento en que el desgaste de los clavos era escandaloso, en que la suela misma estaba gastada e incluso, última de las catástrofes, como consecuencia de un puntapié torpe contra el suelo o contra la verja que protegía los árboles, se separaba del empeine y Jacques llegaba entonces a casa con el zapato atado con un cordel para mantener la boca cerrada. Esas noches eran las del vergajo.

A Jacques, que lloraba, su madre le decía por todo consuelo: «Es verdad que son caros. ¿Por qué no tienes cuidado?». Pero ella misma jamás tocaba a sus hijos. Al día siguiente le ponían a Jacques unas alpargatas y los zapatos iban al remendón. Los recuperaba dos o tres días después florecidos de clavos nuevos, y tenía que aprender otra vez a mantener el equilibrio sobre las suelas resbaladizas e inestables.

Mi padre siempre me recomendó que jugara al fútbol para divertirme que "lo primero es formarte como persona, se pueden hacer a la vez: regates y leer; a distintas horas, eso sí", me enseñó con pocas explicaciones que el futuro normalmente no tiene forma redonda y que, cuando la tiene, es fácil que se den la mano el infierno y la gloria:

El jugador corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.
Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.
Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.
En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:
—Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
—¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un
músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.

Siempre jugué para divertirme y, rara vez soñé más de lo que la razón me indicaba, me imagino que uno de los motivos era que yo siempre pensé que tendría un destino literario a lo Emily Dickinson. Y así ha sido, siempre dentro de mis modestas limitaciones.

Me alegro de haber dedicado muchas horas de mi vida a correr detrás de una pelota, sólo por divertirme, de manera serena para no correr el riesgo de viajar del placer al deber cuando todavía eres un niño. Me alegro de haber jugado un partido amistoso contra el Xerez cuando tenía dieciseis años y haber marcado de penalty un gol a un portero de primera división, Recio. Me alegro de haber jugado un partido en tercera división siendo juvenil. Me alegro de que un seleccionador me dijera en Cádiz que me llamaría para la selección juvenil a jugar el campeonato de Andalucía, me conformé con esas palabras. Me alegro de haber jugado un fútbol de otro tiempo cuando un entrenador de un equipo rival al término del partido se me acercó para felicitarme por cómo había jugado (has hecho un gran partido, gracias); pero de lo que más me alegro es por los amigos que hice y que nunca hubiera conocido de otra manera, porque en un campo de fútbol nadie te pregunta dónde trabaja tu madre, (aunque de vez en cuando se acuerden de ella)

Vi a Galeano en una Feria del Libro de Madrid hace unos años, y pensé, horrorizado ante los volúmenes que se estaban convirtiendo en superventas mientras el viejo maestro andaba sonriendo a quienes por allí pasaban, que la historia de la literatura es la historia del fútbol o del cine, el mercado se los está comiendo a los tres.

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado
carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

Por suerte, en la literatura, de vez en cuando, también aparece algún descarado que nos enseña que literatura y libros, que cada vez viven en mundos más separados, pueden juntarse en un regate imposible, un toque mágico que deja un balón que viene de las nubes, muerto en el suelo, o gambeteando a los mercachifles que se dedican a sacar dolares del arte.


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