domingo, 19 de febrero de 2017

LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA, ALEXIS DE TOCQUEVILLE


Después de estas últimas elecciones en Estados Unidos y su resultado, decidí volver al año 1830 y embarcar rumbo a América con esos dos jóvenes amigos de poco más de 25 años, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont que decidieron ver cómo se organizaba la democracia al otro lado del Atlántico y, abandonando la magistratura en París, decidieron vivir una aventura que los llevó en unos tiempos complejos, violentos y convulsos a una nación que soñaba con ser el país de la libertad.  Si hay un solo país en el mundo donde se pueda esperar apreciar en su justo valor el dogma de la soberanía del pueblo, estudiarlo en su aplicación a los asuntos de la sociedad y juzgar sus ventajas y sus peligros, ese país es con seguridad América.

Así que me fui a esa biblioteca escondida, con más de 40.000 volúmenes, que regenta un viejo coronel, que bien pudiera apellidarse Buendía, pero se apellida Ibáñez; y, de entre esas estanterías que huelen a libro sin abrir, localicé el volumen que buscaba, La Democracia en América de Alexis de Tocqueville. Le dije que pensaba sacarlo, pero que necesitaba más tiempo que ese mes de préstamo que la biblioteca me ofrecía; a lo que me contestó: "No te preocupes, ese libro nunca lo saca nadie; así que no tendremos a ningún lector impaciente esperando a que tú acabes, quédatelo el tiempo que quieras".

Ese mismo día comencé a leer el volumen de Tocqueville, impreso por ediciones Guadarrama en 1969 y traducido por Marcelo Arroia-Goitia: Durante los temas nuevos que, durante mi estancia en los Estados Unidos, llamaron mi atención, ninguno atrajo más vivamente mis miradas que la igualdad de las condiciones. Descubrí sin esfuerzo la influencia que ejerce este primer hecho sobre la marcha de la sociedad.

No es mal comienzo para un libro, porque la igualdad es un concepto tan fácilmente vendible que todo el mundo lo acata como una necesidad, incluso esa aristocracia del siglo XIX lo hace suyo temiendo que esas revoluciones que llamaban a su puerta no batieran los goznes tras los que ellos se refugiaban.

El problema radica en que ninguno de los individuos de cualquier sociedad, aunque se le llene la boca de ello, quiere ser igual al otro, ¿tendrá algo que ver el alma humana?; si todos tenemos el mismo derecho al voto, la misma igualdad ante la ley, los mismos derechos ante el Estado, habrá que buscar un motivo por el que los individuos puedan sentirse diferentes o mejores a los demás. En esas naciones en los que la libertad campa como principio, el motivo de diferenciación que se buscará desaforadamente será el del dinero y el bienestar material; quien tenga más dinero y sea más rico formará parte de esa nueva aristocracia que es creada en los países libres. Parece, por tanto, que será difícil avanzar hacia una sociedad completamente igualitaria en libertad.

Montesquieu lo resume de una manera muy gráfica en una célebre frase: "No es difícil ser feliz, eso se logra con facilidad. El problema radica en que queremos ser más felices que los demás, y eso es imposible porque en apariencia siempre vemos a los demás más felices de lo que en realidad son".

Aunque, claro, para Tocqueville el peor sistemas de todos los posibles es aquel en que hay una igualdad absoluta, pero no hay libertad. Las sociedades embarcadas en el endiosamiento de este sistema político igualitario en el siglo XX demostraron de una manera práctica y demasiado dolorosa este axioma escrito en 1831.

Las voluntades de la democracia son cambiantes; sus agentes, groseros; sus leyes, imperfectas: lo concedo. Pero si fuera verdad que pronto no pudiera existir ningún régimen intermedio entre el imperio de la democracia y el yugo de uno solo, ¿no deberíamos más bien tender hacia el uno que someternos voluntariamente al otro? Y si hubiera que llegar, en fin, a una completa igualdad, ¿no valdría más dejarse nivelar por la libertad que por un déspota?

Se ha elegido, pues, como el mejor, este camino liberal en un sistema en el que la omnipotencia de la mayoría siempre aumenta la inestabilidad legislativa y administrativa que es natural a las democracias, donde su salud no puede medirse por acudir a votar una vez cada cuatro años; y en el que predomina la acción siempre creciente del despotismo de la mayoría, a la que en los Estados Unidos, se le debe atribuir, sobre todo, el pequeño número de hombres notables que hoy aparecen en el escenario político. Sabiendo que corresponde a la esencia misma de los gobiernos democráticos que el imperio de la mayoría sea absoluto; ya que fuera de la mayoría, en las democracias no hay nada que resista.

Y, de pronto, descubrimos una realidad imparable del poder de la mayoría sobre el pensamiento, una mayoría que impone un pensamiento único políticamente correcto y marca con la exclusión a aquel que se salga de él, la mayoría manda hasta en el pensamiento: Pero el pensamiento es un poder invisible y casi inaprensible que se burla de todas las tiranías, escribe Tocqueville en 1831, en nuestros días los soberanos más absolutos de Europa no podrían impedir a ciertos pensamientos hostiles a su autoridad, el circular sordamente dentro de sus Estados, e incluso en el interior de sus cortes. No ocurre lo mismo en América: en tanto que la mayoría se mantiene dudosa, se habla; pero en cuanto se ha pronunciado irrevocablemente, todo el mundo se calla.

Desde luego hay gente que ve el futuro sólo viajando a América en un barco de vela, Tocqueville era uno de ellos, y en su libro nos cuenta cómo las democracias tenderán a un individualismo desaforado que es el más visible de los rasgos democráticos, con familias cada vez más pequeñas y menos integrados en la sociedad, con un interés excesivo en el bienestar material, donde las personas son simple comercio, y cuyo único afán es el dinero, y en el que la tiranía de lo políticamente correcto tapará las bocas de los hombres libres.

Después de las últimas elecciones en Estados Unidos volví a leer a Tocqueville y no me ha dejado, como siempre, indiferente. Vuelvo a pensar que está tan vivo como en 1831; aunque yo que lo leo desde que alguien me lo recomendó, pues nunca descubrí por mí mismo un buen libro y a esos recomendadores se lo debo todo, sé que uno aprende a leer para poder no creerse nada de lo que lee. Por eso yo lo recomiendo como lectura en bachiller; ¡Ah, perdón!, que ya no se estudia ni filosofía ni a los clásicos en el instituto. No querrán ciudadanos, querrán súbditos; menos mal que ahora la guerra no nos impondrá a los tiranos, sino que los elegiremos nosotros mismos una vez cada cuatro años con la omnipotencia de la mayoría; sabiendo que la masa del pueblo puede ser seducida por su ignorancia o por sus pasiones.

domingo, 12 de febrero de 2017

EN LAS AFUERAS, CON LUIS GOYTISOLO, DONDE LAS CUENTAS NUNCA SALEN

No hay nadie que no haya vivido en las afueras; porque las afueras no es un lugar físico al que una persona sea arrastrada, por su voluntad o forzada; sino el lugar en el que vive su espíritu, aprisionado en esa botella que cada alma va puliendo y dando forma a lo largo de la vida. Las afueras, aunque parezca lo contrario, no distingue clases, no distingue género, no distingue edades, y son implacables con el corazón de las personas porque proceden del interior mismo de ellas.

Calumnia, sí, esta es la palabra. Calumnia. Por eso digo que la cosa tiene gracia. Porque con tal de poder calumniarme, no ha dudado en suprimir una de las cosas que más quería. ahora bien, esto sólo tiene un defecto: necesita convencerte de que he sido yo quien lo ha hecho y de que luego lo he negado. ¿Y cómo convencerte si no tiene pruebas? Pues impresionándote, fingiendo un dolor lo bastante intenso como para conmoverte. El pequeño Bernardo, huérfano de padres tras un accidente de tráfico, es arrastrado desde esa casa burguesa a las afueras por sus abuelos que, aunque nadie lo sepa, ya llevaban tiempo viviendo en ellas mientras se molían uno a otro, echándose en cara cualquier vicisitud de sus vidas por nimia que pudiera parecer en un monólogo interior cuyo único inocente y doloroso receptor es el niño. —Sí, Bernardo, me angustia pensar en todo esto. Y la angustia y el sufrimiento y el trabajo acortan la vida. Y tengo un carácter más agrio, más amargado por todas aquellas cosas en las que él no quiere pensar, que no quiere recordar. En las afueras, Augusto y Magdalena jamás hablan uno con otro, es un borboteo interior de cada uno que sufre el niño; no les basta a ellos con vivir en las afueras, sino que sus palabras salen de su boca a los oídos del niño. ¿Para qué? Pues para el gratuito sufrimiento, que es asequible a todos en ese lugar llamado las afueras.

Los dos Víctor, victoriosos en la guerra, también tienen una posición desahogada, pero nada hace pensar que la posición y la vida tienen por qué coincidir. El primero de ellos vuelve a su finca desde Barcelona, regresa a las afueras, donde alguna vez fue feliz, —aquí pescaba renacuajos—, cuando se creía un igual a los aparceros, que se quedan todo el trabajo y lo único que entregan son las cosechas; pero las afueras, obedientes a esa ley que ayudada por el tiempo todo lo quema, raudas devuelven a los ricos y a los pobres a una infelicidad a la medida de cada uno. Y como no podía salir de casa ni bajar al pueblo, se pasaba la mayor parte del día metido en la cocina, mirando al fuego. Acaba de recibir una carta escrita por su mujer en la que viene escrita una sola palabra: "no".

No sé si las afueras pueden vivir en una novela o no. La unidad de lugar es tan relativa como ese sitio en el que no sólo viven los vencidos y los pobres; sino que ahora empiezan a llegar los burgueses y los ricos. Reconozco a Tonio, en lomos de la modernidad, en varios capítulos; y a Víctor, el vencedor vencido, y a Ciriaco, el legionario que ayudó a ganar al guerra y, ahora, tísico, malvive saltando de un capítulo a otro como limpiabotas; y a Augusto y Magdalena, con brillo por fuera pero negros por dentro; y a Domingo y Amelia, víctimas de esa vejez dividida entre la ciudad y el campo; y a Dineta y a su padre Mingo Cabot, anclado en ese pasado que arrastra un caballo medio muerto y una reja, incapaz de subirse en el tractor de la modernidad.

En las afueras nos pintan tal como somos, incapaces de ser felices cualquiera que sea nuestra condición; sabiendo que por mucho que la vida nos enseñe en este mundo las cuentas nunca salen, y quien diga lo contrario o miente o vive de la hipocresía. «¿De qué le serviría saber tantas cosas? Por mucho que una sepa de números, aquí las cuentas nunca salen»





domingo, 5 de febrero de 2017

ILUMINACIONES EN LA SOMBRA, ALEJANDRO SAWA



Un bohemio es aquél que nunca vende su pluma a nadie. Un bohemio es aquel que ama la literatura sobre todas las cosas. Un bohemio es aquel que no moverá un solo dedo si no lo hace en nombre del arte. Un bohemio es aquél que es dueño de su voz, de su silencio y de su hambre. Un bohemio es aquél que es irreconciliable con el éxito, porque el éxito siempre es sobornado por el poder. Un bohemio es aquél que se sale del canon por estética o por rebeldía. Un bohemio es el único sano que sabe que vive en una sociedad de leprosos en la que la villanía es el estado social de la gente. Un bohemio nunca debe ser confundido con alguien lleno de greñas que se cree más libre que nadie porque malvive por los cafés y los fumaderos de opio rindiendo cuenta sólo a su estupidez. Un bohemio nunca debe ser confundido con un golfemio. Un bohemio sabe que el honor se asienta en las almas y no en los labios. Un bohemio es aquél que es capaz de quedarse ciego de tanto mirar al sol. Un bohemio es... Alejandro Sawa. Darío, ministro plenipotenciario de Nicaragua en España, lo sabe.

Siempre que veo a Valle-Inclán en Recoletos, camino del café Gijón, le pregunto por Sawa. A Sawa lo conocí cuando llegué a Madrid y andaba inquieto por la vida literaria. Era entonces una población grande y viciosa. Madrid simpatiza con todos los aventureros, a la sola condición de que sean valientes y no se dejen dominar por escrúpulos de vergüenza. Madrid es la capital de España y la gran población predilecta de la canalla.

Esa tarde me extrañó que don Ramón fuera con prisas.

— Acompáñame— me dijo —vas a ver a Sawa. Es tu última oportunidad. Se está muriendo ciego, loco, solo y pobre, muy pobre, en una covacha de la calle Conde Duque. Donde el Cuartel de Caballería. ¿vienes?

Ir a Madrid, vivir en Madrid. Madrid, cisterna, antro, sima que mientras más devoras más sientes aumentarse tu apetito.

— Claro que voy— le contesté — nunca desaprovecho una oportunidad para visitar en la tierra el infierno. Lo aprendí de Sawa; el vicio y la virtud son inmortales. La pasión también. Por eso de toda eternidad el hombre ama y odia; tiene igualmente apercibidos la dentellada y el beso. Ese beso que le dio Víctor Hugo al hombre que más cerca estuvo de Verlaine, aparte de Rimbaud. —¿Darío lo sabe?

— Lo han matado. A Sawa lo han matado, entre todos lo han matado, dice Valle para sí, mientras enfilamos la calle Conde Duque.

Sawa no ha encontrado editor para sus Iluminaciones, tampoco lo consiguió Rimbaud para las suyas y acabó traficando con armas y con personas en Abisinia. Notad que todos los críticos son miopes y usan antiparras. Acercándose demasiado a la nariz, por deficiencia del órgano visual, las páginas del libro que tienen entre las manos, ven los defectos tipográficos, las cualidades de la estampación, los poros y los granos del papel, no el alma del escritor, que ha necesidad, siempre, de los grandes horizontes para ser vista en su justa perspectiva.

Cuando entramos en el número 7 de la calle Conde Duque se olía la miseria, He vendido mis muebles y sólo me he reservado los más precisos, pero tengo flores. He sustituido el confort por la gala, y, si bien es cierto que no tengo apenas mesa donde escribir, poseo en cambio una maceta de claveles que trascienden a Gloria, y en lugar de mi artístico secrétaire de palo de rosa tengo una hortensia, que me consuela de muchas pérdidas crueles de la vida. ¿Darío lo sabe?

Nada más entrar en la habitación, Valle ha imaginado la figura sombría de Max Estrella sobre el camastro desvencijado, y se ha puesto a llorar por el muerto, por él y por todos los pobres poetas. En la misma calle ha decidido escribirle unas letras a Darío para que éste les ayude a publicar el libro enterrado de Sawa, Iluminaciones en la Sombra. Y en una pequella cuartilla escribe: he llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos los intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en El Liberal, le volvieron loco durante los últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso.

Darío prologará el libro, algo le empujaría su corazón o la noche, pero todavía le queda una eternidad para poder cancelar la infame deuda que contrajo con su amigo Alejandro Sawa, La deuda de amistad. ¿Lo sabe Darío, príncipe de los poetas?

Nada más salir del velatorio y viendo que el centro cultural Conde Duque permanecía abierto decidí entrar. Valle siguió su camino. Dentro me esperaba una tertulia de principios de siglo, llena de vates y escritores que convocaba Ramón Gómez de la Serna. A Alejandro Sawa no se le esperaba; alto, elegante, con la apariencia que entrega la limpia pobreza, acompañado por sus dos perros, mientras grita:  Los hombres del Poder no se contentan con disponer a su antojo de nuestra bolsa, de nuestro hogar, de nuestra libertad y de nuestra vida. Porque son accionistas de esa fábrica de poder que se llama la Gaceta (nuestro BOE de hoy en día), creen serlo también, ¡ insensatos!, de esa otra cosa tan distinta que se llama la gloria. Y firman credenciales de inmortalidad, como si se tratara de expedientes de un negociado cualquiera de Gobernación ó Hacienda. Pero no cuentan con el porvenir ni con la Historia. Con el porvenir, que levantará picotas sobre muchos pedestales contemporáneos; con la Historia, que condenará los mismos rasgos glorificados por mármoles y bronces, a la eternidad del ridículo o de la infamia.  

Bueno, sabiendo que la muerte es el olvido y que Sawa ha llegado antes, me entretengo bebiendo con dos personas que tengo en alta estima en el amplio patio del Centro Cultural Conde Duque, mientras recuerdo los versos que Manuel Machado dedica a Alejandro Sawa en el prólogo de Iluminaciones en la Sombra:

Jamás hombre más nacido
para el placer, fue al dolor
más derecho.

Jamás ninguno ha caído
con facha de vencedor
tan deshecho.

Y es que él se daba a perder
como muchos a ganar.

Y su vida,
por la falta de querer
y sobra de regalar
fue perdida.

Es el morir y olvidar
mejor que amar y vivir.
Y más mérito el dejar
que el conseguir.