domingo, 16 de julio de 2017

SUFRIENDO LOS MELINDRES DE BELISA, CON LOPE DE VEGA



Aunque a los telegramas azules se los haya comido la modernidad de la fibra óptica, y ya nadie guarde junto a amarillas fotografías un papel rugoso azul que lleva pegado un cuadradillo blanco con las notas del telegrafista, con un consumo de signos mucho menor que los ciento cuarenta caracteres que permite el tweeter; afortunadamente, esta imparable modernidad técnica no ha terminado con esas cartas mataselladas que un funcionario de correos deja en tu buzón que, ahíto de publicidad y propaganda, respira con hondura y satisfacción cuando recibe, de higos a brevas, una carta con olor y sabor de carta.

Y el martes, recibí una bella carta, "Santo Dios", me dije, "Correos existe", todavía las máquinas no han podido con él, no lo han destruido; y el futuro, siempre en manos de jóvenes talentos, no ha sido capaz de vencer a esos antiguos correos que, desafiando a la fortuna y a los tiempos, atravesando fuertes y fronteras, llegaban donde nadie llega: al corazón de las personas; a veces, de la luz; a veces, de las tinieblas. No me equivoqué cuando supuse que esa carta sólo podría ser obra de un viejo profesor, al notar al tacto que había un pequeño volumen acompañándola dentro del sobre matasellado en Toledo. Al abrirla me alegró ver que el profesor de Literatura de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Castilla-La Mancha, Francisco Crosas, Kiko, se había encargado de la edición, prólogo y notas, en un pequeño volumen, de la comedia de Lope de Vega, Los Melindres de Belisa; y que recordando, nuestras lecturas durante los muchos años que viví en Toledo sirviendo a mi señor Garcilaso, me la había hecho llegar a lomos de un viejo correo con una cartera de cuero llena de telegramas azules y sobres satinados.


Así que, por mor de la carta de un viejo amigo, no he tenido más remedio que acudir, como si fuera una tarde de fiesta, al teatro de corral a divertirme y a aprender, que del Rey abajo, todos, de una comedia de enredo donde el amor, siempre ayudado por una belleza física, exagerada a la atracción, convierte  los deseos en pasión y las pasiones en enredo: Ya mis melindres cesaron, ya mi arrogancia paró, y el Cielo me castigó; eso sí, para que los espectadores no tengan ninguna tendencia a desmandarse, siempre dentro de prohibiciones absolutas de clase: ¡Un esclavo adoro!, prenda que a mi madre trujo un alguacil; ¡Dios se lo demande! Yo quise guardarme diligencias hice, pero poco valen en estas prisiones. Belisa, que a causa de la pasión, pierde todos sus melindres con los hombres; Lisarda, su madre viuda, también cae a los pies del esclavo Pedro.; y, cómo no, Flora, la sirvienta de la casa  también bebe los vientos por él.

Pero ninguna de las tres sabe todo lo que sabe el espectador y que da tanta fuerza a la comedia de enredo: que Felisardo no es un esclavo, sino un caballero y que está casado con la dama Celia, que tiene que hacerse pasar por esclava morisca para ayudar a Felisardo: Tú esclavo y yo esclava; que si de mi honor recelas, ofensa tuya es locura, y para mi honor la ofensa. la desdicha que nos sigue nos confirma por esclavos. ¿Cómo? Que hoy nos ponen los clavos. Pero,  ¿que puede haber que obligue a tal desatino? Y el espectador, dice: los celos, Zara o Celia, los celos.

Para seguir con el enredo Don Juan, el hijo de Lisarda y noble de la casa, pierde la cabeza por la esclava Zara, Celia disfrazada de morisca y de belleza sin igual: Casarme tengo con ella; que si antes era tan bella, ahora herrada lo es más. No es cristiana, no podrás. Podré dar pena a Lisarda. Y si no, robo la esclava. Tú has sido mozo y sabes que amor puede, en tierna edad, hacer estas locuras.

Todos quieren casarse con los esclavos, de ahí el enredo que Lope maneja con mano maestra, sobre todo en una escena que tiene lugar cuando se van las luces de la casa, durante la noche, y todos los protagonistas hablan entre ellos, sin adivinar que los está oyendo la persona equivocada, pero el espectador lo sabe, con la vergüenza de cada uno al sentir que ha abierto su corazón a su enemigo. Oh, noche, madre de errores, que a la persona equivocada dije amores.

Todos quieren casarse con los esclavos pero ninguno puede, porque las clases sociales en tiempos de Lope eran más estancas que una cámara de descompresión, así la sufría parte de la sociedad; (igual ahora tampoco han cambiado tanto las cosas). Pero adivinen, quién es la única persona, aunque con remordimientos, que puede casarse con un esclavo; efectivamente, ¡la viuda!, que decide ponerse el mundo por montera y casarse con el joven y bello esclavo, ya que tiene medios económicos para ello y una edad que no le da mucho margen, sin saber lo que el espectador sabe: Ya no soy madre mimosa, ya no lloro ni me acabo; aunque fuese de un esclavo será más honesta cosa. Quiero, pues que moza soy, tener quien mire por mí. Hacienda tengo. Es ansí. Es la hacienda la que da la libertad a la mujer, ya se dio cuenta Lope hace más de 400 años.

Menuda boda se prepara. Lean, lean Los Melindres de Belisa.

Pero, bueno, Lope, en el corral no se atreve a que su aprender deleitando, lleve a la revolución; por eso los esclavos serán un principal caballero y una distinguida dama disfrazados, y no esclavos de verdad, por si acaso alguna boda sale bien, no crea la plebe que puede casarse con un noble, así como así. Que el enredo está bien siempre que agrade del Rey abajo a todos.

Gracias, Kiko, por llevarme otra vez con Lope en esta edición de RIALP. Echo de menos nuestras conversaciones por Toledo. Las anotaciones del libro, como siempre, esclarecedoras.






domingo, 2 de julio de 2017

VOLTAIRE, EL CÁNDIDO, Y EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES

Andar por París con François-Marie Aròuet significa meterse en líos. Pero, ¡cómo renunciar a ellos si la recompensa es llegar a conocer a un filósofo de la talla de Pangloss y a un literato llamado Martín, que había estado escribiendo a destajo por encargo de los libreros de Ámsterdam, tarea que le pareció la más a propósito para aburrir a un cristiano y hacerle apetecer la muerte!

François-Marie me llevó por el barrio latino, donde me pagó un menú de pobre; sinceramente yo esperaba algo más, pero como todo el mundo sabe, los nobles no se prodigan mucho en la opulencia ajena; y aunque algunos lleven sangre revolucionaria en las venas nunca pierden sus instintos ni ante la avaricia ni ante la lujuria.

Primero apareció Pangloss con la cara y el cuerpo arrebatados por esa enfermedad innombrable que recorre todos los caminos, desde las míseras pensiones de París hasta los más fabulosos castillos de Alemania, como el de Thunder-tentrounckh.

Tras una rápida presentación inicial, Pangloss comenzó a hablar como si debiera las palabras: no hay efecto sin causa, y este mundo es el mejor de los mundos posibles. Las cosas no pueden ser de otro modo que son, porque habiendo sido todo formado para un fin todo es y existe necesariamente para un fin mejor.

En ese momento una vichisuá caliente que desprendía su benefactor aroma por todo el restaurante le hizo esbozar una sonrisa y afirmar con fuerza: ¿Ves?, éste es el mejor de los mundos posibles.

"Pero, señor Pangloss", le interrumpí; "acaso no ha tenido bastante con cuanto les ha ocurrido a usted, a su señor Cándido, a la señorita Cunegunda y a toda la familia del castillo de Thunder-tentrounckh. La señorita Cunegunda fue mil veces violada en el ataque, luego lacerada con un cuchillo, después sometida a esclavitud en manos de dos viejos lascivos; y ahora vaya usted a saber cómo andará sufriendo su carne. El señor Cándido fue expulsado del castillo, sometido a violencia por los búlgaros con latigazos infinitos, al robo y al escarnio por todo aquél, juez, comerciante o soldado, con el que se cruzaba en su camino, y a la desolación más lastimera; y usted mismo, primero fue atacado por esa enfermedad que a oscuras le transmitió la joven esclava Paulita, perdió un ojo, luego fue malamente ahorcado en Lisboa, para más tarde ser atado a un remo en galeras y sometido a la más cruel de las esclavitudes. ¿Tanto dolor en el mejor de los mundos posibles?" 

¡Cómo no ha de ser!, respondió Pangloss, sin admitir objeciones a su sabiduría, y bien que pueden coexistir libertad y determinación en este mundo. 

En ese momento entró el literato Martín que esbozó una sonrisa al ver a Pangloss, a quien imaginaba viviendo el mejor de los mundos posibles mientras era cosido a latigazos, metido en un caldero a fuego lento de los indios orejones, a punto de ahogarse en un naufragio o de morir en el terremoto de Lisboa.

"Vaya, señor Pangloss", dijo, "lo imaginaba disfrutando del mejor de los mundos posibles en el que cualquier daño es causa para un fin mejor. Del refranero popular convendría borrar con un tizón ardiendo, sobre la boca de quien los pronuncia, esos dos refranes que sólo buscan apaciguar al dañado y serenar las respuestas: No hay mal que por bien no venga o cuando una puerta se cierra una ventana se abre. Ningún mal trae un bien, ni ninguna puerta trae ninguna ventana; un mal es un mal y una puerta es una puerta, señor Pangloss. Yo no he visto ciudad ninguna que no desee la ruina de otra ciudad inmediata, ni familia que no quiera ver el exterminio de otra familia. En todas partes los débiles maldicen a los poderosos y gimen a sus pies, en todas partes los poderosos tratan a los débiles como rebaños de carneros, de quienes venden la lana y la carne. En una palabra, señor mío, tanto he visto, tantos trabajos han pasado por mí, que con su buena licencia de usted yo soy maniqueo."

Con Pangloss y Martín en la misma mesa la noche se prometía larga, con idas y venidas entre mundos perfectos y mundos horribles.

Cuando cayó entera la noche, Jorge, después de echarme en cara que estaba hablando solo, se durmió entre dos sillas. Yo, que llevaba en un bolsillo una traducción del Cándido de Voltaire hecha por Leandro Fernández de Moratín, la saqué y comencé a leer; y viendo a Jorge, que parecía tan dichoso, dormir en París sobre dos sillas en un bar del barrio latino, me dio por pensar que, seguramente, no vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero sí en un mundo en el que son capaces de producirse las mejores y las peores formas de existencia, la mayor felicidad y la peor desventura, el mayor gozo y el peor dolor; probé un sorbo de ron, miré a Jorge y pensé que, al fin y al cabo, Leibtniz y Voltaire pudieran los dos tener razón.